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¡¡QUÉ CENA DE EMPRESA!!


Tenía cena de la empresa en un sitio tan exquisito, tan exquisito, que su nivel de exquisitez no valía para lo que había en el centro y por eso estaba ubicado a las afueras, concretamente en la Casa de Campo.

Después de la impresión que te causa ver al salir del Metro a un transexual en vivo y en directo (en mi vida lo había visto), me dispuse a dirigirme a donde se celebraba el evento. En medio de la nada se erigía un pequeño castillo con alfombra roja y con velas iluminando el camino hacia la puerta de entrada. Sin duda estaba en un sitio importante, por tanto yo me podía considerar un tipo importante.

Entramos y eso enseguida se convirtió en un lugar de desenfreno. De desenfreno alimenticio las 2 primeras horas, donde uno se cansó de tomar el típico canapé que nunca falla ( el jamón serrano y el lomo ibérico son, hoy por hoy, una apuesta ganadora), pequeñas delicias, mezclas de dulce y salado, y pinchos con muy buena presencia, que no se sabía lo que era y mejor no saberlo, pues cuando uno se enteró, se le revolvieron las tripas ( ¡¡comí codorniz!!); y de desenfreno alcohólico pues, ágarrate que vienen curvas, había 4 HORAS DE BARRA LIBRE.

Eso empezó a desvariar de una manera increible al mismo ritmo que desvariaba el pincha mezclando a Bisbal con U2 o los Beatles y cortando a la mitad todas y cada una de las canciones. Cuatro horas de barra libre se pasan rapidísimo y aún me quedaron ganas de otras tantas más pues no pude hablar con quien quise o me hubiera gustado.

Total, que todo estaba planeado para la vuelta. Un autobús a las 2, otro a las 3 y otro a las 4. Bien, a las 4 menos 10 allí estábamos como unas 200 personas y el último autobús sólo tenía 54 plazas. ¿Cundió el pánico? ¡¡Qué va!! Allí quedamos ese número de personas y el autobús se fue medio vacío. ¿Solución que nos propusieron? Buhometro en la estación de Metro de Lago.

Búhometro que nunca llegó a pasar, al igual que los taxis que llamamos.Total unas 20 personas tiradas en medio de la nada rodeados por un lago y por una carretera oscura de no menos oscuro destino.

Después que tuvieran la gentileza de abrirnos el recinto del Metro, nos disponíamos a esperar a que pasara el tren por allí hasta que nos dimos cuenta que estar una hora en una estación del Metro era tiempo perdido, así que deshicimos el camino andado y nos adentramos en la M-30, ya sabes, esa pseudo carretera donde cruzar es como una gimkana y donde mis relucientes zapatos se tornaron marrones por el polvo.

Nos dispusimos a parar los taxis que por allí atravesaban pero no nos hacían mucho caso, así nos lanzamos a la aventura del Búhometro, y ¡aleluya! pasó uno que hacía el trayecto de la línea circular del metro. Todo iba muy bien, por fín disfrutamos de un momento de tranquilidad. Pero poco duró la alegría en la casa del pobre, pues el recorrido no nos sonaba ni por asomo. Nos picó la curiosidad y le preguntamos al conductor, el cual no dijo que el billete se nos acababa en la Estación de Atocha y que eso eran lentejas, si quieres las comes y si no las dejas.

6 de la mañana, hora y media después de salir de la fiesta, nos metimos en la estación. Y cansado de caminar y de dar vueltas como un tonto, todavía tuvimos que hacer un transbordo en Sol. En fín, a pesar de todo estuvo bien y de no ocurrirme estas visicitudes, esta historia que te he contado no hubiera existido.

1 comentarios:

Yo siempre pienso que mis cenas de empresa son aburridas, no recuerdo nada en especial que pueda mencionar de ellas, o sea que sientete afortunado.