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LA SOLEDAD DEL PORTERO



La verdad es que se te queda cara de tonto cuando, después de una magnífica actuación tuya, tu equipo no sólo pierde, sino que es humillado.

Las crónicas serán injustas contigo porque no reflejarán lo bien que lo has hecho sino la lamentable imagen que habéis dado en conjunto. De todas formas, ya estás acostumbrado. Tu trabajo es oscuro, poco lucido y carente de reconocimiento. Las estrellas deslumbran más que los obreros, que es lo que eres tú.

Un obrero… pero un obrero especialista. No todo el mundo vale para tu puesto. Hay que tener las suficientes dosis de frialdad, oportunismo y por qué no, locura para intentar atrapar balones que vienen envenenados hacia tu portería. A veces te sientes como un reo frente a un pelotón de fusilamiento. ¡¡Pim, pam, pum!! Los artilleros disparan sin descanso pero tú, de forma milagrosa, consigues salir milagrosamente intacto de ese asedio. Definitivamente, tienes Áurea de Santo.

Pero todos los Santos algunas veces van al cielo y en determinadas ocasiones, te quedas desprotegido y las líneas enemigas no tienen piedad cuando vislumbran ese resquicio de vulnerabilidad. Es en ese momento en el que todo tu trabajo previo se va al traste, donde las estiradas, los escorzos inverosímiles, las salidas suicidas y el jugarse el tipo no ha servido para nada. Te han encajado un gol.

Tras unos instantes de rabia contenida, te muerdes la lengua y te auto-convences que eso no va a volver a ocurrir. Que aunque tu meta no quede a cero, tú ya no vas a recibir más goles. Que ese gol te va a motivar más para conseguir una actuación casi-perfecta. Pero aquí es donde te das cuenta que, para bien o para mal, tú juegas en un equipo y tu equipo está aturdido. Eso y que tú rival se ha espoleado con el gol, hace que el asedio a tu portería sea aún más agobiante. Te sacas despejes de la chistera y demuestras tener reflejos de gato. Nada de esto sirve. Tanto va el cántaro a la fuente, que se termina rompiendo.

Segundo gol. Después de respirar hondo, empieza a recorrer por tu cuerpo un cierto halo de resignación. Por más que hagas, te van a seguir metiendo goles. Tan sólo es un instante de debilidad. Acto seguido, arengas a los tuyos y les dices que aquello no es imposible, que aún hay tiempo. No hay que rendirse.

La soledad de la portería te da mucha perspectiva de cómo se está desarrollando el juego y te hace reflexionar. Pero no te permite pulsar el estado de ánimo de tus compañeros. Y estos están sobrepasados, no son capaces de poner freno a tanto ataque. Así que tus palabras de ánimo no sirven de ayuda para achicar el agua que ha aparecido en vuestro buque. El barco tiene pinta de irse a pique.

Tras unos momentos de calma chicha, el buque enemigo vuelve a lanzar cañonazos hacia tu portería. Y tu equipo, ¿qué hace? Plegar velas. El miedo es libre y nadie es capaz de dar una voz de mando. Antes que te hayas podido dar cuenta, ya ha comenzado el abordaje y recoges el balón del fondo de las mallas. Ha llegado el tercero.

Este mazazo ha sido muy duro. Te quedas unos instantes en tumbado en el suelo sin muchas ganas de levantarte. Ese gol te ha dejado k.o., no eres capaz de reaccionar. Empiezas a pensar que seguir jugando no tiene mucho sentido porque lo único que vas a conseguir es recoger más balones en el fondo de la red. Si tú estás así, ¡cómo estarán tus compañeros!

Igual que si estuvieras soñando, tu mente se desconecta de la realidad y empieza a dar vueltas a pensamientos que poco tienen que ver con el partido que estás disputando. Estás presente en cuerpo pero no en mente. Aún te queda un poco de orgullo y regresas a la realidad para cumplir como profesional y, aunque ya sepas que el partido lo tienes perdido, por lo menos acabar dignamente el encuentro. Tú lo has entendido así, pero alguno de tus compañeros ha bajado los brazos y no ofrecen resistencia. Y sin resistencia, ¿qué ocurre? Pues que el balón se introduce por cuarta vez en tu meta.

No puedes por menos que sonreir. Es una sonrisa sarcástica donde se entremezclan sentimientos de impotencia, amargura y pequeñas dosis de ira. Y esas pequeñas dosis estallan en forma de recriminaciones a tus compañeros. Se acabó la cordialidad, es el momento de los reproches, de buscar culpables y no soluciones. En definitiva, de intentar salvar tu actuación en medio de tanto desastre (que al menos no hablen mal de ti).

Afortunadamente, ese sentimiento individualista sólo te dura hasta el final del partido. Éste se acaba sin más goles y aquello te ha anestesiado y te ha abierto los ojos. Caes en la cuenta que, para bien o para mal, formas parte de un equipo y si ganáis, ganáis todos y si perdéis, perdéis todos. Además, el fútbol siempre da una segunda oportunidad. Algún día saldréis de donde habéis sido humillados, con la cabeza muy alta. Esa es la grandeza de un equipo.

2 comentarios:

Hola!
Gracias por dejar una huella en mi blog, siempre es un placer llegar a sitios nuevos como este.

Nos leemos.
Mua!

Ahhhhhh, este sí que iba por los seis goles jajaja