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CORAZONES ROTOS


Nos conocimos por mera conveniencia, en un momento que yo te necesitaba y tú, que siempre has estado dispuesta a conocer gente, me atrajiste. Lo nuestro, desde un principio, fue mera formalidad. Yo me mostré reacio en un primer momento y no quise exponer más; tú tampoco insististe mucho y nunca me pediste un esfuerzo suplementario. Fueron tantos años con otra que, aunque no lo quisiese ver, no podía olvidarme de ella. He de reconocerlo, me caló tan hondo que aunque tú posees innumerables encantos, yo no supe o no quise disfrutarlos. No sabía lo que me perdía.

Poco a poco fui venciendo mis miedos y empecé a sopesar que estar contigo no era tan mala idea (aunque aún añorase a la otra). Comencé a aplicar el sentido común y asumí que no debía de gastar fuerzas en recuperar lo que ya no iba tener y ya que a ti te tenía, iba a aprovechar esa baza. Cada vez fui pasando más tiempo contigo y vi que eras diferente a la idea que había preestablecido en mi cabeza. Descubrí placeres nuevos, disfruté experiencias que nunca había vivido y sentí como ya no me acordaba que sentía. En definitiva, me di cuenta que durante un tiempo se me había olvidado vivir y que contigo otra vida era posible.

Es verdad que entre-semana tu ritmo me desquicia, me agota y me deprime, pero estoy empezando a acostumbrarme y, aunque sea en pequeñas dosis, aún en esos días descubro ocultos encantos bajo tu manto. Pero los fines de semana te transformas de tal manera, que parece mentira que seas tú la que me hagas sufrir tanto. Y es cuando te disfruto, te siento y saboreo contigo hasta el último sorbo de la noche. Y descubro una personalidad abierta, desbordante, libre y multicultural, que me tiene absorto y obnubilado deseando pasar más tiempo contigo.

Al final he terminado reconociendo que, aunque ponga tierra de por medio, ya no te podré olvidar. También, como la otra, me has calado hondo; en este caso fue una lluvia fina que me fue mojando sin remisión y cuando me di cuenta ya estaba empapado hasta el tuétano.

El otro día cuando te engalanaste y una vez más te diste a conocer ante el mundo, reconozco que estaba orgulloso de ti. Me sentía muy identificado contigo y deseaba fervientemente que disfrutases de tu (nuestro) gran día. Por eso, cuando todas nuestras ilusiones quedaron hechas añicos al estallar la algarabía brasileña, sentí mucho dolor por ti. Un dolor que llegué a sentir como mío. Ese día me caí en la cuenta que me había convertido en un madrileño más.

1 comentarios:

Siendo sinceros ese día no sentí absolutamente nada. De madrileño creo que tengo ahora un poco de laísmo que me intento quitar(si alguna vez me lo notas avisa), no es que odie la ciudad, simplemente no es mi ciudad.