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EN LOS TERCIOS DE FLANDES (II): ¡Qué fácil es colarse en el Tranvía!


“Si no puedes con ellos, únete”.”Allá donde fueres, haz lo que vieres”. Esa es la actitud que uno debe de adoptar cuando se visita otro país. No hay que aferrarse a las costumbres patrias y hay que ir adaptándose poco a poco a los usos del nuevo país. Después de la tensión que pasamos cuando una horda de bicicletas casi nos atropella, decidimos que el mejor medio de transporte para desplazarse sería el tranvía.

Antes de montar en un medio de transporte al que no estás acostumbrado, deberían darte una guía de usuario para así no tener que adoptar la “postura del mono”. Es decir, repetir los gestos de otros hasta interiorizarlos como propios. Lo mejor que se puede hacer para irse familiarizando, es buscar similitudes con algo que ya conoces. Un tranvía es como un Metro…pero sin tornos. Y es ahí donde radica el problema. ¿Por dónde hay que pasar el billete?

Lo importante para salir airoso del trance es buscar una parada donde haya gente e imitar lo que hagan. Aunque lo primero que te deberían decir, es que la parada es un área donde aproximadamente estacionará el tranvía pero no donde exactamente se abrirán las puertas. Así, se te queda cara de bobo cuando ves como el tranvía pasa por delante de tus narices y no para. Por tanto, para poderte montar te toca echar una pequeña carrera. Y claro, si unimos este imprevisto a tu desconocimiento del medio, el resultado es intentar meterte a toda costa, sin saber si estás entrando por la puerta correcta.

Como las ovejas, sin preguntarte si eso tiene lógica, subes por donde ves entrar a una persona y salir a cientos. Aquello parece una carrera de obstáculos dado que tú, que quieres entrar, has de sortear a la multitud de gente que quiere salir. Además, aparte de los inconvenientes propios de los empujones, se une otro problema: una vez montado, has de salvar una cancela que se abre en sentido contrario al que tú has entrado. Lógico por otra parte si tiene impresa una señal de prohibido. No hay dudas, te acabas de colar pues esa no era la puerta de entrada sino la de salida

Ahora toca buscar el torno para no quedar delante de tanta gente como un gorrón. Y la tarea no es fácil porque, jugando al juego de similitudes con el Metro, allí no hay agujero alguno donde introducir el billete. Además, con el calentón que te has llevado al intentar entrar, se te olvidó observar qué hacía la gente al entrar y ver donde metían el billete. Entonces lo divisaste. De pronto tuviste la certeza que el resto del viaje te tocaría hacerlo a pie. Ahí estaba, en mitad del tranvía, dentro de una pequeña taquilla, el juez escrutador al que no se le pasa ningún detalle: el revisor.

Comienzas a preparar tu confesión intentándote presentar como un pobre turista que no entiende cómo va el invento. Esperas clemencia de él y no tener que pagar un suplemento por tu pequeña tropelía. Pero en vez de clemencia, lo que percibes en la mirada del revisor es indiferencia así que, tras unos momentos de duda, le echas cara al asunto y te vas al fondo del vagón como “quien no quiere la cosa”

Desde allí, terminas cultivando el noble arte de la contemplación, acabas dándote cuenta de cómo funciona el asunto. El tranvía tiene 4 puertas: 2 de entrada y 2 de salida. En las de entrada te encuentras de frente o bien al conductor (si entras por el principio del vagón) o bien al taquillero-revisor (si entras hacia la mitad del vagón). Entre medias de estas 2 puertas, se encuentran las puertas de salida que, como hemos comentado antes, tienen una cancela que se abre de dentro hacia fuera para evitar que algún energúmeno (hay gente para todo) se cuele. Los billetes no se introducen en ningún agujero sino que se pasan por un lector magnético situado en los asideros de las puertas de entrada y de salida dado que, también cuando se sale hay que pasar el billete (la verdad es que no sé muy bien porqué).

Una vez explicado todo el mecanismo una cosa queda clara: Nos colamos. Y nos podríamos haber colado tantas veces como hubiéramos querido, pues allí la gente se fía de la buena fe de los pasajeros que la verdad, todo sea dicho, pasaban religiosamente el billete por el lector. Entonces te revolotea una pregunta en tu mente: ¿Cuánto hubiera tardado en quebrar una empresa de transporte público en España si se fía de la buena fe de los pasajeros?

2 comentarios:

Por desgracia, tal confianza en los viajeros aquí no tendría sentido. Eso dice mucho de nuestra sociedad, ¿verdad? Un saludo ;)

Pues yo que estaba acostumbrado al metro de Bilbao en el que pasas la tarjeta al entrar y al salir lo que me resultaba extraño del metro de Madrid es no tener que pasarla al salir. No sé como irá allí el tranvía pero puede tener sentido pasarla al salir si hay diferentes zonas o para trasbordos o simplemente para tener una información estadistica completa que ayude a regular mejor el tráfico de la gente.

De todas formas yo que soy raro no puedo colarme en ningún medio de transporte en ningún lugar del mundo, me da cargo de conciencia.

Y sí, esa empresa quebraría desafortunadamente en España.