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Quinceañeras de hace 50 años


Sin entrar en las razones por las cuáles un grupo de 13 treintañeros acaba entrando en una sala de fiesta para separad@s, viud@s y tercera edad en general, hay que reconocer que un sitio así da mucho juego.

Lo primero que llama la atención es el espacio. Desde luego esta gente no se mueve en tugurios ni está acostumbrada a empujones y pisotones cada vez que alguien quiere entrar o salir del bar. Aquí todo es espacioso con una decoración, todo hay que decirlo, un poco kitsch, porque forrar de terciopelo las barandillas de la barra puede que se llevara hace 30 años pero no ahora.

Otro tema a tener en cuenta es el ritmo endiablado que allí se sigue. No hay tregua. El Dj pincha sin pausa una canción marchosa tras otra, si entendemos como marchosa el merengue, la bachata o el flamenco más calorro. Y la gente, como si le hubieran dado cuerda, no para, no se toma ni un descanso para refrigerarse.

Evidentemente, el escenario y el público impresionan. Se está en un territorio hostil que no se domina y por tanto, se opta por la táctica de permanecer juntos y no separarse de la manada, por mucho que haya algún que otro fanfarrón que incite a la aventura en aquella complicada selva. Hay que reconocer que el miedo es libre.

En esa situación, lo único que se puede hacer es observar el percal y sacar 2 conclusiones: que allí habita una fauna de lo más variopinta y que la experiencia es un grado. Si creíamos que lo sabíamos todo sobre las artes amatorias, estábamos muy equivocados. Vamos a analizar a algunos especímenes que allí uno se puede encontrar:

El picaflor: Elemento fácilmente identificable porque cambia de partenaire como quien cambia de chaqueta. No tiene orden ni criterio y porque no decirlo, ni escrúpulos. Le da igual 8 que 80; él ha ido a lo que ha ido y hasta que no lo consiga no va a parar. Podría ser el exponente de esa máxima que dice: “No hay mujer fea, sino copas de menos”. También podría valerle ésta otra: “Cualquier bicicleta es buena para dar una vuelta”. A lo que íbamos, este tipo posee un ritmo endiablado que no le hace desfallecer y tampoco se anda con miramientos. Si percibe cierto decaimiento en la atención que le está prestando una mujer, no pasa nada, se busca a otra. Eso sí, se despide con su sonrisa perenne no siendo que tenga que volver a torear en esa plaza.

El galante: Este espécimen, sea invierno o verano, no olvida la americana. Para él no es sólo una prenda de vestir, sino que se convierte en arma indispensable para cazar a su presa. Para ello necesita 2 cosas: estar muy pendiente de su objetivo y tener nociones básicas de toreo de salón. Para que la hembra no pase frío, este protohombre está siempre presto y dispuesto a ofrecer su americana. Si por el contrario, el ambiente está muy caldeado, utilizará su arma a modo de capote de torero. Lo malo es que en esa plaza de toros hay mucho toro manso y no se lanzan tan fácilmente al engaño.

El aparentemente modoso: Entre tanto caballo desbocado, este tipo de especie destaca por guardar, aparentemente, las formas. Es lo que podríamos llamar el típico caballero. Con educación se dirige a la dama que quiere conquistar, le pide la mano y la saca a bailar. Este hombre maneja muy bien los tiempos y no sale a la pista de baile en cualquier momento sino cuando comienzan las canciones “agarradas”. Como es un galán, en un principio guarda las distancias y se deja guiar. Pero a los hombres les pierde lo que les pierde y pasado un tiempo, afloran sus instintos más primarios y la mano que recorre la espalda de la dama va bajando lentamente. Ella al principio no se da cuenta, pues él lo hace con disimulo, pero cuando la mano llega a línea de flotación saltan todas las alarmas y la dama, por respeto al caballero, en vez de darle un tortazo vuelve a poner tierra de por medio y le amonesta con el dedo índice. El modoso parece entender el mensaje pero debe de tener memoria selectiva dado que pasado un tiempo, vuelve a la carga. Misma reacción de la mujer. Y así, la escena se repite continuamente hasta que la canción termina.

Al ver todo este tipo de actuaciones, el grupo de treintañeros es consciente que allí no tiene mucho que hacer y que aún les faltan canas para torear en esa plaza. Así que deciden marcharse del local, no sin antes les recorra por su cuerpo un sudor frío sólo por el mero hecho de pensar que algún día se comportarán idéntica manera a estos especímenes.

3 comentarios:

Es dificil no entrar a valorar las razones de entrar en un local así, es como ir a una discoteca infantil, cada edad tiene su lugar.

¡Curioso experimento ver estos locales de mayores! Me recuerda al otro día, que entré en un karaoke con unos compañeros de curro. Se me quedó grabada esa gente que estaba allí dándolo todo: un heavy cantaba Camilo Sesto (Jesucristo Superstar para más datos), a gorgorito de falsete y con la rodilla hincada en el suelo. Hay lugares donde sientes que existen realidades paralelas a la tuya... ;)

¿tú crees que acabaremos cuando nos salgan canas ahí? jajajajajaja
según lo descrito...da un pelín de repelus ¿no? ¡madre mía!

Un muá :)