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EN LOS TERCIOS DE FLANDES (IV): Tornillo infinito, otro nivelo


Amsterdam es la ciudad de los Museos. Das una patada y salen un montón de debajo de las piedras. Están los clásicos de toda la vida, los que se dedican a un arte centrado bien en la vida de un pintor (Van Gogh) o bien en una escuela pictórica (RijksMuseum). Pero una vez visitados estos, el abanico que se abre es de lo más heterogéneo.

Los hay dedicados a artículos de lujo cuyo comercio es más que sospechoso (Museo del Diamante), a aquella compañía que nunca te abandona en los momentos en los que el ánimo está bajo (Museo Heineken y Museo de los cócteles), a las casas de pintores que no pudieron pagar la hipoteca (Rendbrant, un hombre de nuestro tiempo), a la lucha de un pueblo frente a la locura nazi a pesar que su reina, Guillermina, “tomara las de Villadiego” (Museo de la Resistencia), al mayor aporte que haya hecho jamás España al I+D Mundial (Museo de la Tortura o de la Inquisición) y por supuesto, estando en Holanda, no podían faltar los museos dedicado a la Marihuana y a la Prostitución, de la que hablaremos en otra ocasión.

A pesar de ser de temáticas muy diversas, en la mayoría había un denominador común. La gente que custodiaba esos museos eran personas de la Tercera Edad. Una de dos, o pertenecían a una Fundación y prestaban gratuitamente sus servicios o, y esta es la opción más en boga estos días, directamente en Holanda se han “fumado” (nunca mejor dicho) las pensiones y allí trabajas hasta el día del Juicio Final. Y la verdad, viendo lo mayores que eran algunos, no parecía tan descabellada esa idea.

Estas personas cumplían muy bien su trabajo, eran educados, exquisitos en el trato y casi siempre te atendían con una sonrisa. Pero si eres ladrón y te gusta el arte, en esa ciudad te podías “poner las botas” dado que no había mamparas, ni cordones de seguridad para proteger los cuadros. Estos estaban situados a media altura con lo cual no eran difíciles de descolgar y vamos, aun no siendo Usain Bolt, en una carrera a estos pobres moradores le sacas fácilmente varios cuerpos de ventaja.

En fin, en estas disertaciones estábamos cuando decidimos ir a visitar algo típico de ese país: un molino. En principio, ninguna novedad respecto a lo que habíamos visto antes: era gente mayor la que lo gestionaba. Pero hubo una pequeña novedad. Pese a que les comentamos que entendíamos (a un nivel macarrónico, eso sí) el inglés, las agradables señoras de recepción insistían que esperásemos que había un guía que sabía castellano. Visto cómo nos fue con ese guía, hubiéramos entendido más si las explicaciones hubieran sido en inglés.

Allí apareció nuestro hombre, un chaparrito de pelo castaño ensortijado y gafas tipo años 80. El muy agradable hombre nos tendió efusivamente la mano y comenzó a guiarnos por el molino. Le perdonamos que, a excepción de Madrid, no conociera más ubicaciones de España pero pronto comprendimos el porqué. Los conocimientos de castellano del buen hombre se limitaban a 15 días que había pasado en la capital de España.

Así que aquello fue lo más parecido a las conversaciones que mantenían nuestros antepasados cuando conocían a un extranjero. Es decir, aumentando el tono de voz, gesticulando mucho y trufando los diálogos con palabras en italiano. Básicamente, el molino se componía de un “tornillo infinito que yira y yira” (palabras textuales) y cuya función consiste en drenar agua para que los diferentes niveles de los canales no inundaran territorios habitados. El molino tenía 3 alturas (o “nivelos” para nuestro buen hombre) que fuimos visitando con la compañía del guía el cual, cada vez que su explicación terminaba, pronunciaba la socorrida frase: “Otro nivelo”. Y cada vez que subíamos “otro nivelo”, teníamos la sensación de encaminarnos hacia una emboscada dado que la escalera se volvía cada vez más empinada (la última la subimos a 4 patas) y el habitáculo más estrecho.

Instalados en el punto más alto del molino, y una vez que nos habíamos tragado un documental sobre Rendbrant, ese gran mito de Ámsterdam cuyo padre fue molinero, llegó el momento de hacer algo de patria, porque teníamos la sensación que ese hombre se creía que no sabíamos lo que era un molino. Así que, intentando venderle las bondades de nuestro país, le dijimos que en España teníamos muchos molinos, sobre todo en la Mancha, donde vivió “Don Quijote”. ¡Para qué queríamos más! En ese momento, nuestro “Bisbal holandés” poseído por una especie de locura transitoria, no paró de exclamar: “¡Oh, Don Quixote!, luchaba contra molinos”. Y allí lo dejamos, loando a Alonso Quijada, mientras nosotros bajábamos sigilosamente, “nivelo a nivelo” buscando la salida.

Fuera del molino nos dimos cuenta que menos mal que no le mentamos al Capitán Alatriste, consumado rebanador de sesos holandeses, que si no, nuestro Sancho Panza holandés, nos pone a girar infinitamente en las aspas del Molino.

2 comentarios:

Pues no hablaba tan mal el castellano, habrá muchos españoles que lo hablen peor.

Ya quisiera yo aprender ese holandés por haber pasado 15 días en Holanda!! tiene mucho mérito!!
Una vez conocí a una rusa que había pasado un mes en España y hablaba español perfectamente. Yo creo que nunca me ha impresionado tanto algo, con la dificultad que tenemos aquí para los idiomas...