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EN LOS TERCIOS DE FLANDES (V): The Red Light District


Es lo más característico, el lugar que cualquiera que haya visitado la ciudad te recomienda ir, el sitio que la hace diferente a otras ciudades y que, junto a los Coffee Shops, le distingue como la población donde la libertad individual alcanza su máxima expresión. Efectivamente, estamos hablando del Barrio Rojo.

Casi nos topamos con él sin darnos cuenta. Emplazado al lado de la catedral vieja y junto a un canal que lo divide en 2 partes, se encuentra la mayor concentración de mirones del Mundo. Pues eso era básicamente lo que nos encontramos allí: multitud de transeúntes (bastantes españoles), muchos de ellos bocabiertos, ante unos escaparates comerciales en los que las rebajas y las prendas brillaban por su ausencia.

El sitio es curioso y cualquier cosa que se diga es poco, dado que no supera a la visita “in situ”. Es curioso porque, a priori, no rompe la estética de los barrios de la ciudad. Las casas son similares, el entorno, rodeado de puentes, es idéntico a otros puntos de la ciudad y los escaparates podrían pasar perfectamente por locales comerciales. Bueno, realmente lo son, sólo que no estamos acostumbrados a ver este tipo de comercio tan bien gestionado.

Las cosas como son. Mientras en otras ciudades las zonas de prostitución suelen ser sórdidas y conflictivas, allí tenías cierta sensación de seguridad. Además, las señoritas tenían muy bien aprendida una de las mayores máximas empresariales: “para tener éxito en tu negocio, has de vender una buena imagen”. Y aunque reiterativa, porque todas llevaban la misma indumentaria (sujetador y tanga de encaje) y ninguna innovaba, la imagen no podía ser más pulcra. El habitáculo (porque no se puede denominar de otra manera) donde trabajaban se componía, en la mayoría de los casos, de una cama, lavabo y un enorme rollo de papel, a parte de la imprescindible cortina, necesaria cuando la señorita trabajaba. Todo ello alicatado, como si fuera un cuarto de baño, para conferir al asunto cierto aire aséptico.

La primera sensación cuando te adentras en esas callejuelas cada vez más estrechas, es de incredulidad. Estás entre escandalizado y encantado por lo que estás viendo y la primera reacción que transmite tu cuerpo, sin saber muy bien por qué, es la de reírte. Te entra una risa tonta, aunque lo que allí se negocia no es ninguna tontuna. Y ya se sabe, de la sonrisa al llanto, hay un paso.

De pronto, en una calle donde, literalmente, solo cabe una persona, tu sonrisa se vuelve gélida y tu cara termina transmitiendo un gesto de pavor cuando una puerta de los escaparates se abre y una suave mano sale de ella invitándote a entrar. Tú, que ya habías cogido confianza y te movías como pez en el agua en el barrio, pegas un respingo hacia el otro lado pero claro, en el otro lado te encuentras más de lo mismo. Así que teniendo la sensación de ser una bola en un pinball, tu mente se nubla, un sudor frío recorre tu cuerpo y empiezas a pensar que no sales vivo de esa calle, en el sentido sexual de la palabra. Pero de pronto, te das cuenta que no dejas de ser un pobre inocente y que esas señoritas y señoras (porque más de una había), están trabajando, no hacen su servicio gratis y que, salvo que pagues como mínimo 50 € (allí había un auténtico oligopolio, dado que pactaban los precios) no te va a pasar nada.

Por estas y otras cosas, a Holanda se le considera un país adelantado. Una de las cosas que más les caracteriza es el papel igualitario de la mujer y el rol colaborativo de los hombres con las tareas domésticas. Una donde más destacan, es la de ir a buscar a los niños a la guardería. No me extraña, nosotros también lo haríamos si la guardería estuviese entre medias de 2 escaparates con gentiles mujeres en paños menores.

2 comentarios:

Pues la verdad es que no estaría nada mal hacer un viajecito a Holanda, nada mal...

La verdad es que lo vi hace poco y me pareció un poco triste, porque por muy legal que fuera en las esquinas se seguían viendo los típicos chulos que a mi la verdad me sigue causando tristeza...