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EN LOS TERCIOS DE FLANDES (VI): El papel verde no sirve para liar porros


No sólo de sexo vive el hombre, ni sólo de sexo se alimenta la oferta de ocio de Amsterdam. También están los Coffee Shops. Curioso nombre el de estos garitos, (porque no dejan de ser unos antros) donde lo que menos te sirven es cualquier variedad de café.

Y no será por carta, pues suelen tener 2, una para refrescos y zumos y la otra…la otra no sabríamos cómo definirla porque, aunque aparecía chocolate, éste no era el que nos daban nuestras madres a la hora de la merienda.

Si uno esperaba encontrarse en esos garitos la típica taberna española donde también se fuma a cascoporro (la faria es uno de nuestros elementos diferenciales), estaba muy equivocado. El antro, por norma general, era pequeño, oscuro y silencioso. Estaba ambientado con música suave para no alterar los elevados pensamientos que allí se tenían, concentración a la que también contribuía el mobiliario trufado de cojines y sillones varios.

Uno puede tener la sensación de sentirse en parte estafado en un coffee-shop. Primero, no es una tienda de café. Segundo, no es un bar para hablar con amigos. Y tercero, la carta de los chocolates varios no es que fuera precisamente barata. De hecho, mucha gente optaba por traerse la mercancía de casa.

Como ese ambiente no nos terminaba de convencer, optamos por visitar algo que conocemos bien en nuestra tierra: las terrazas. Con respecto a este tema, estamos muy equivocados en relación a nuestra supremacía. Los holandeses, a pesar de su mal tiempo, nos ganan por goleada. Aunque la forma de servir en ellas no es la misma.

Después de un día agotador, cansado y sediento, decides sentarte en una terraza para descansar. Pocas cosas pueden estar mejor que estar sentado en la calle con una consumición en la mano y ver la vida pasar. Pero no era precisamente la vida lo que pasaba. Lo que pasaba era el tiempo sin que viniera un camarero.

Al principio lo puedes achacar a que tuviese mucho jaleo. Luego, a que no te haya visto. Finalmente, y tras una ardua investigación, concluyes que allí no hay camarero pero sin embargo si hay consumiciones en las mesas de las demás personas. Curioso. Como curioso es el papel verde que hay en la mesa con el que jugueteas pensando que es un flyer.

Así que, dado que la actitud contemplativa nos dio resultado anteriormente (ver “Qué fácil es colarse en el Tranvía”), nos dedicamos a ver qué hacía el resto de la gente. A parte de observar como todo el mundo estaba completamente enganchado a las Blackberries (¿las regalarán en Holanda?), comprobamos que el folio verde, que tanto habíamos arrugado, tenía un papel principal en el desenlace de aquel acto. El tema era bien sencillo. Se cogía el papel, se apuntaba lo que se quería beber y se llevaba a la barra del bar. Allí, el camarero te lo servía y tú te lo llevabas a tu mesa. Por lo que se ve el camarero era un reo atrapado en su propia celda; en este caso, la barra del bar.

Menos mal que al caer la noche, comprobamos que el funcionamiento de los bares de copas es universal en cualquier parte del mundo. Aplicando 3 sencillos actos (alzamiento de dedo índice, petición de la consumición y abono de la misma) estás más que servido. Además, constatas una vez más la gran labor socializadora que tiene el alcohol, dado que terminas confraternizando con el camarero. Pero la parte mala del alcohol es que bajas la guardia, coges demasiadas confianzas y una amistad tan idílica como la que tenías con el camarero se hace añicos en el momento en el que le mencionas el gol de Iniesta a Holanda.

1 comentarios:

Yo no llegué a entrar a un coffee shop, simplemente el olor que salía de ellos me echaba para atrás y tampoco probamos las terracitas ni los bares de noche, es lo que tiene estar un día solamente en Amsterdam. Eso sí, a mi me llamó la atención que te cobren 50 centimos de euro por ir al lavabo, mucha libertad pero para ir al baño están reos del dinero.