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UNA HORA MENOS EN CANARIAS (y VI): El Sentido Comercial de la vida.


Querido diario:

Esto se acaba y la prueba de ello es que el poco tiempo que nos queda lo vamos a dedicar a las compras. Ese proceso que se repite viaje tras viaje y que consiste en llenar la maleta de recuerdos típicos, sin orden ni concierto, y de regalos que no sabes si les va a gustar a sus destinatarios. Con el riesgo añadido que, en caso de defecto o de gustos, no vas a poder devolverlos. ¿Te regalan unas piedras del Teide y no te gustan? Pues te aguantas. Por cierto, un inciso. ¿Por qué no te dejan coger piedras en el Teide, supuestamente para no esquilmar el terrero, y luego los autóctonos te venden piedras a granel?

Trevor ha preferido ir por libre y se marchó a por una cámara de fotos. Esta isla es el paraíso digital. Los bazares electrónicos crecen como setas y en todos hay ofertas. Manejas tantos productos y tantos precios en la cabeza, que al final, de tan mareado que estás, decides no comprar nada. Pero Trevor no es de esos. Él ha ido a comprar una cámara de fotos y volverá con una cámara de fotos. Nuestra sorpresa fue cuando le vimos aparecer cargado de paquetes.

Trajo la cámara, por supuesto pero también trajo bajo el brazo, una minicadena, un descodificador de TDT, una maquinilla de afeitar, una radio…En fin, medio bazar. Y en su cara se reflejaba una enorme satisfacción lo que significaba que el vendedor había hecho muy bien su trabajo: había creado necesidades a Trevor.

Visto semejante tocomocho, nos picó la curiosidad y decidimos darnos una vuelta e inspeccionar la tienda donde Trevor había dejado temblando su tarjeta. La verdad es que habíamos visto tiendas mejores, más curradas en cuanto a diseño y escaparate. Lo más característico de la tienda era el pequeño batiburrillo de productos que había, dado que junto a consolas te podrías encontrar camisetas, deliberadamente falsas, de equipos de fútbol. En estas que una voz nos preguntó en qué podía ayudarnos. Su presencia física era impecable. Tez morena, cabellos plateados y gafas impolutas, como impolutas y bien planchadas estaban la camisa y el pantalón que llevaba el primo canario de Apu, el dueño del Badulake de Springfield. Al contestarle que tan sólo estábamos echando un vistazo, su falsa sonrisa de complacencia se borró y se dio media vuelta. Sin duda, no éramos su objetivo.

Trevor continuaba ensimismado con los artilugios que había comprado. Al preguntarle el porqué de la compra de tantas cosas, él sólo pronunciaba una palabra: Descuento. Esta palabra, junto con la palabra Gratis (ver El Teorema de las Camareras) es otra de las palabras fetiche de los españoles. Es oírla y ponerse nuestros 5 sentidos a trabajar. Y aunque nosotros no éramos conscientes de ello, somos débiles (españoles además) y en ese preciso instante se había creado en nuestro interior la necesidad de comprar.

Decidimos volver al lugar de los hechos. Apu, al vernos no nos hizo mucho caso. No éramos su cliente tipo. Trevor, que se había entretenido mirando el escaparate, entró después. Y justo cuando entraba, la situación cambió por completo. Fue como si por el hilo musical se escuchara a Liza Minelli cantando “Money, Money” y como si en vez de pupilas negras, Apu tuviera símbolos de $ en sus ojos. En ese momento, llamó a un mancebo para que despachara a los clientes que él estaba atendiendo, saltó el mostrador, pasó de largo de nosotros y se encaminó hacia Trevor.

¡¡Qué saludo tan efusivo!! Parecían 2 amigos íntimos. Apu preguntó a Trevor si todo lo comprado le funcionaba bien (eso es cuidar al cliente), Trevor afirmó y seguidamente el hindú le preguntó qué le traía por ahí. En el momento que nuestro amigo le dijo éramos nosotros y no él quien venía a comprar, Apu se volvió hacia donde estábamos y nos trató tan bien o mejor de lo que trató a Trevor (qué falso, si ayer ni nos conocías, mamón) Una vez más volvió a tirar de mancebo para que éste atendiera nuestras súplicas. Y juro que sólo íbamos a por algo concreto, pero sin embargo terminamos saliendo de la tienda con más de una cosa. Había caído en sus redes y sin darnos cuenta nos había creado una necesidad. Y a punto estuvo Trevor de caer, menos mal que se despertó a tiempo del influjo del hindú. Yo creo que, si le dejamos, hubiera sido capaz de vendernos a su hijo, el cual se pasó todo el tiempo jugando con una pelota dentro de la tienda. Por cierto, advertencia para los que visiten esa tienda u otras similar. Probad los artilugios antes de iros no siendo que volváis a la Península con un despertador que no funciona.

El tema es que no hay que fijarse en los precios. Pueden estar marcados con una cantidad, pero luego el precio es otro. A nosotros se nos aplicó el Descuento Trevor. ¿Que en qué consiste? Ni idea. Porque no se seguía ninguna regla matemática, ni ningún porcentaje, simplemente la cantidad que se le pasase por la cabeza al vendedor. Así, radios de 20 € se quedaban en 10 € ó despertadores de 55 € acababan valiendo 10 €. Con esa técnica era imposible regatear.

El cansancio había hecho mella en nosotros y esa última noche fue la más relajada de todas. La intención de Trevor hubiera sido la de despedirse de esa camarera que tanto había centrado sus pensamientos, pero al final no tuvo fuerzas suficientes como para aguantar hasta altas horas de la madrugada el cierre del bar en el que ella trabajaba. Al menos él espera que le recuerde en sus pensamientos. De todas formas Trevor, no te preocupes porque como allí nos hemos sentido en la gloria (buen clima, ausencia de estrés y gente muy agradable), es casi seguro que volveremos…y triunfaremos.

1 comentarios:

Otra vez los comerciales y sus artimañas... Lo mejor que podiais haber hecho es conseguir un buen amigo en canarias que os invitase a su casa para una próxima ocasión, es la mejor manera de viajar.