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BERLINALE(II). El Hombre de la bata blanca


Una de las cosas que más llama la atención cuando se viaja al extranjero es entrar a un urinario público. La figura de la señora esperando la propina en la puerta de entrada no se posee en España. En un país dónde la persona que estafa al Estado (y por extensión al resto de ciudadanos) es considerado como un héroe, pagar por evacuar aguas menores (o mayores) no tiene sentido.

Por tanto, el español cuando viaja al extranjero y se topa con una señora y un cestillo a la puerta del WC, intenta esquivarla e ignorarla por todos los medios. Lo que ocurre es que estas recaudadoras se sitúan tan estratégicamente, que es casi imposible librarse de ellas. Así que o pagas, o sales del servicio como un moroso bajo una lluvia de improperios lanzados por esa buena mujer.

Uno entiende que esta persona esté en cafeterías o restaurantes, pero nunca te la esperas encontrar en el vestíbulo de tu Hotel. ¿Por qué si ya has pagado por tu estancia? En ese momento sale a relucir el gen picaresco que todo español lleva dentro y comienza la operación “No más pagar por mear”.

Empiezas a darle vueltas a la cabeza intentando buscar el “garito tipo” en el que tengas la certeza que no vas a tener que desembolsar dinero. Como estás en un país extranjero y no dominas el entorno, intentas extrapolar a esa situación a España. Y pronto caes en la conclusión que, tanto en la Península Ibérica como en el extranjero, tan sólo hay un lugar donde no te van a pedir explicaciones por utilizar su retrete (más que nada porque ellos tampoco están en condiciones de darte muchas explicaciones sobre a lo que se dedican). Hablamos de los restaurantes de comida rápida.

Así que raudo y veloz te diriges hacia la puerta de los servicios y cuando la abres, una pequeña satisfacción recorre tu cuerpo: no hay señora a la vista. Esta alegría, como en la casa del pobre, dura poco porque de pronto te topas con un hombre con una bata blanca y, dado que en este tipo de sitios mucha inversión en I+D no hay (tienen ya todo inventado), pronto deduces que en ese WC no hay doncella, sino doncel, esperando su propina.

En un principio y no exento de tensión (las batas blancas siempre infunden un poco de respeto), intentas ignorar al individuo e ir a lo tuyo. Pero no hay que subestimar a este tipo de criaturas, dado que pueden tener sembrado de minas el camino hacia el retrete. Y antes que hayas conseguido darle esquinazo, te tropiezas con la primera trampa. Esa es la razón por la cual te encuentras entre 2 puertas donde ninguna de ellas delimita cuál la entrada para damas y cuál es para caballeros.

Hay muchas personas, sobre todo mujeres, a los que este tipo de detalles no les importa y entran sin ningún tipo de reparo aunque esa no sea su puerta. Pero si en ti no reside esa osadía, no te queda otra que comerte tu orgullo y preguntarle al amigo de la prenda blanca. Éste, acostumbrado a que constantemente le hagan misma pregunta (como si él no hubiera fomentado la confusión), te resuelve la duda en menos que canta un gallo.

Esa situación te genera inquietud y hace que no evacúes con la tranquilidad exigida. Pero tu gen picaresco resiste y aún sigues pensando en cómo salir de allí sin pagar un céntimo. Iluso de ti. Aún quedan más trampas en el trayecto. La siguiente es saber cómo secarte las manos. Descartada la opción del papel, por no encontrar ningún rollo o similar, tan sólo queda la alternativa del secador, alternativa que tiene su intríngulis: ¿cómo funciona un secador sin sensor y sin botón? Tranquilo, antes que hayas tenido que ir a preguntar al buen hombre, él ya se ha acercado a tu sitio y ha hecho funcionar el aparato (no se sabe muy bien cómo).

En ese momento intentas alargar al máximo el período de secado de manos, aún con el riesgo de poder quemarte la yema de los dedos, asomándote constantemente a la puerta intentando buscar algún instante de relajación o distracción del individuo del cestillo. Pero éste, como los buenos toreros, espera el envite apenas moviéndose en el espacio que le concede una baldosa.

Además hay otro problema: todo hijo de vecino que entra, paga. En ese momento tu gen picaresco se evapora y emerge el de la vergüenza torera. Así que te rascas el bolsillo, echas mano de los pocos céntimos que te quedan y los depositas en el cestillo del hombre de la bata blanca. Todo sea por la Fundación y el payaso de esa cadena de restaurantes al que por cierto, nunca le has visto inaugurar ningún colegio. Pero esa es otra historia.

3 comentarios:

Ni te imaginas lo que me molesta esta constumbre... creo recordar que fue en el aeropuerto de Frankfurt donde, para más inri, había tornos para acceder a los urinarios! No entiendo que en restaurantes u hoteles, donde pagas un servicio, tengas que entregar esta "propina".

En fin, constumbres extranjeras... al final te toca acostumbrarte o "escabullirte" ;)

Es que ni para hacer tus cosas más íntimas se puede dejar de pasar por caja, aunque de todas formas, tal y como está el país, igual se rescata el urinario público y un par de funciURInarios por turnos para dar cobertura, nos ponemos a la altura de las costumbres extranjeras (asunto que nos dará crédito internacional) y se generan unos cuantos puestos de trabajo de los que se tendrá sospecha del político por haber colocado familiares/amiguetes. ¿Por qué no se nos habrá ocurrido antes?

Yo prefiero cuando te exigen un dinero exacto por ir al baño, como en Amsterdam, aunque sea un robo. Curiosamente cuando fui a Alemania a visitar a una conocida de Munich ella decía que no es que pagara en todos sitios. Pero claro, aunque alemana estudiaba castellano, quizás no es el perfecto ejemplo de alemana cuadriculada jajaja