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5 años


El primer día que llegaste una pertinaz lluvia te recibió. Eso podría ser el presagio de una mala experiencia. Pronto te olvidaste de ella y empezaste a quedarte obnubilado con la grandeza y majestuosidad de lo que ibas viendo por la ventanilla del taxi que te llevaba a tu destino.

En esa ciudad todo parecía que se hacía a lo grande, que siempre había espacio para la desmesura y que desde luego, la paz y el sosiego eran cosas que se presumían desaparecidas. En un principio tenías claro que tu estancia allí era temporal, un breve paréntesis para volver en un plazo razonable de tiempo a tus orígenes. Y marcaste una línea infranqueable entre las 2 ciudades: en una trabajabas y en la otra vivías.

Si en algo se distinguen los seres humanos con respecto a las demás especies, es en su alta capacidad para adaptarse al Medio que les rodea. Poco a poco, casi sin enterarte, eso fue lo que te fue pasando. La hostilidad y desconfianza con la que recibiste esa ciudad fue tornándose en curiosidad e interés por conocerla. De hecho, empezabas a comprobar la diferencia de ritmos entre las 2 ciudades. En una, había un ritmo rápido, frenético en búsqueda de un progreso constante. En la otra, un ritmo cadencioso, lento, sin apenas avances, como si el tiempo se hubiera detenido allí hace tiempo.

Ver que otras personas comparten tus mismas experiencias, te da un plus de confianza y comprobar que no eras el único “emigrante” en la capital provocó que tu confianza aumentara y que tus provincianos miedos desaparecieran. Aprendiste no sólo a trabajar allí sino también a vivir allí.

Otra característica de los humanos es la de relacionarse. Es muy poco probable que se puedan adaptar al Medio sino tienden puentes hacia los demás, si no comparten experiencias y no aprenden de ellas. Su aprendizaje se basa en imitar gestos y costumbres que han visto hacer desde pequeños. Así que, casi sin proponértelo empezaste a relacionarte y se empezaron a crear en torno a ti círculos de confianza. Círculos que se convirtieron en cadenas que no se podían forzar y que te iban a acompañar el resto de tu vida, aunque pusieses tierra de por medio.

Por todo ello y con la perspectiva que da un lustro, aunque no quieras reconocerlo has cambiado. En lo esencial, en tu forma de ser, no tanto. En tu forma de enfrentarte a la vida, sí. Has aprendido que ésta no es un camino de rosas precisamente, que todos los días hay que hacer un ejercicio de supervivencia, que nadie te va a regalar nada y que a veces, aún haciendo lo correcto, no se consiguen los frutos. Esta ciudad te puede dar y quitar todo. Está en uno el tener la suficiente fuerza de voluntad para seguir adelante y no rendirse ante tiempos duros como los de ahora. ¿Lo de volver a casa? No es importante. No has de ponerte límites ahora que te has convertido en un ciudadano de Mundo.