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VIDAS ENTRECRUZADAS


Es curioso comprobar las vueltas que puede dar la vida. Cuando menos te lo esperas, en el momento más inoportuno y en lugar menos indicado, el pasado vuelve a ti.

Lo que pasa es que el paso del tiempo ha hecho mella y ya no es lo mismo de antes. Hace unos años ni siquiera te imaginabas que fueras a coincidir con ella y menos cuando habías puesto tierra de por medio. No sabías si seguía en el mismo sitio o también como tú había decidido irse en busca de un futuro mejor.

Pero esa duda pronto se disipó. Fugazmente la viste por la calle en la ciudad donde te habías ido a vivir. Es curioso que una urbe tan grande aún se produzca casualidades. ¿Cosas del destino? No lo sé, el hecho es que nuestros caminos tendían a entrecruzarse.

Saber que vivíais en la misma ciudad no quiere decir nada. Ese encuentro casual se produjo, pero probablemente no volvería a ocurrir jamás. Pero el círculo se acorta aún más. Viviendo en la ciudad con más empresas del país, la probabilidad que coincidieseis en la misma, ¿qué es? ¿De una entre un millón? Una vez más, el destino fue caprichoso e hizo que volvierais a coincidir; esta vez no en una calle sino en una oficina.

El cerco se iba acortando pero aún había margen. Os veíais pero trabajabais en departamentos distintos, si me apuras en extremos opuestos de la oficina. Aún así, coincidíais todos los días. Pensabas que eso ya no podía dar más de sí, que todo estaba siendo demasiada casualidad. ¡Qué equivocado estabas!

Faltó el paso de unos meses para que terminaras trabajando con ella. Por fin se habían roto todas las barreras, ya no había más círculos que acortar ni cercos que estrechar. Ella y tú, tú y ella, ya no había más distancia. Pero aún habría más sorpresas.

En todos los encuentros fortuitos, tanto en el pasado como ahora en el presente, siempre pensaste que ella guardaba un recuerdo de ti. No sé si por timidez o por sinceridad (me inclino más por esta segunda opción), ella te admitió que no te conocía, que no te ubicaba en definitiva, que no sabía de dónde habías salido. En ese momento se te pasó por la cabeza decirle, soy yo, aquél que cuando estudiábamos se hacía ilusiones pensando que algún día nuestros caminos se entrecruzarían, aquel que pensaba que como tú no había ninguna, aquel que un día se enamoró de ti y nunca se atrevió a decírtelo.

Qué duro es el paso del tiempo, porque a pesar de la decepción que supone que ella no se acordara de ti, tú no tuviste pena. Ya no sentías nada por ella, ya no era la chica de tu vida. En todo este tiempo o ella había cambiado o tú habías cambiado tanto, que ya no estabas enamorado. Precisamente ahora, que vuestras vidas se habían entrelazado como tanto habías anhelado en el pasado. A veces hay que estar en el sitio adecuado en el momento adecuado. Vuestro momento fue hace 10 años, no ahora.

PENSABA QUE TE CONOCÍA…


…pero qué equivocado estaba. Es increíble como una convivencia de tanto tiempo se borre de un plumazo. ¿Pero con quién he estado realmente viviendo? En vista de los acontecimientos, está claro que he vivido con un desconocido.

Todo este tiempo hemos estado jugando una partida de póker. No has enseñado tus cartas y has estado buscando la mano ganadora para dejar a tu contrincante literalmente “desplumado”. Tus buenas formas, tus buenas maneras escondían un objetivo implacable: tu propio beneficio. Y todo que no fuera eso, era inaceptable para ti.

Sabías que tarde o temprano ganarías la partida dado que tenías asegurado el comodín, o sea yo. Adaptarme a ti ha sido mi sino en este tiempo, no siendo que te incomodases y se rompiera la baraja. Pero la tenía que haber roto al principio y no prolongar esta partida para no quedarme, como me he quedado, sin capacidad de respuesta.

Y a pesar de todo, no me lo agradeces. Eso es lo que más me ha podido doler. Tus actos te definen como persona, pero los hechos son lo suficientemente objetivos como para que no sepas reconocerlos. Y sin embargo, tu alto concepto de ti mismo te hace no percibir tus errores ni los aciertos de los demás. Estás por encima del bien y del mal, en una nube de la que aún no te han bajado los que te rodean, porque ellos están tan equivocados como tú. No te ayudan riéndote tus gracias, jaleándote lo maravilloso que eres, no atreviéndose a cantarte las 40, no siendo que te molestes y les pongas una cruz. Al fin y al cabo es sencillo entenderte. Todo el que piense como tú está contigo, el que no, está contra ti.

La conciencia de cada uno ha de estar tranquila. No tiene que remorderte. Estoy convencido que a ti no te remuerde (a mí tampoco). Pero no te remuerde porque, allá desde lo alto de la nube en la que te encuentras, estás convencido que has hecho bien, porque al fin al cabo has hecho lo que has querido, que a fin de cuentas es lo que has buscado desde un principio.

Sin rencor, espero que te vaya bien. Cada uno ha de responder de sus actos y soy de esos que piensan que la vida nos pone a cada uno en el sitio que nos corresponde. Arrieros somos y en el camino nos encontraremos.

TENÍA TANTAS COSAS QUE CONTARTE


Hasta que no desaparece, no tienes conciencia de lo grande que era, de lo mucho que, sin darte cuenta, podría estar aportando a tu vida. No lo echas en falta hasta que falta. Y cuando falta…qué dura se hace su ausencia.

A veces en las relaciones humanas se tejen interconexiones invisibles de las que no percibes nada hasta que desde uno de los extremos, la cuerda se rompe. Y hasta entonces puede que tú no percibas lo que te une a otra persona, que estés tan ciego que no te des cuenta que está ahí. Pero de repente, un triste acontecimiento te aclara tu visión borrosa que habías tenido hasta entonces. Y es ahí cuando te das cuenta de todo el tiempo que has perdido.

Porque siempre has pensado que esa otra parte de la cuerda siempre iba a estar ahí, que siempre te iba escuchar cuando lo necesitaras y lo mejor de todo, sin pedirte nada a cambio. Vamos, que era un cheque en blanco al portador. Cuando lo necesitases, siempre podrías echar mano de él.

Y mientras tu vida pasaba. Tu ímpetu te hacía salir de situaciones más o menos complicadas, tus ganas de vivir hacía que no te pusieras límites. Pero no todo se suple con ímpetu, juventud y ganas, tarde o temprano necesitarías de alguien que, gracias a su experiencia, te arrojara algo de luz en algunos claro-oscuros que te ibas encontrando por el camino. Y tú mientras, estabas tranquilo porque sabes que en esos momentos podrías acudir a tu “comodín”.

Por estas macabras casualidades que tiene la vida, no te pasa nada hasta que te pasa algo. Y te pasa todo de golpe y justo cuando eso ocurre, no tienes el otro extremo para sujetarte. Parece que caes por un precipicio sin tener ningún arnés con el que sujetarte. Siempre estuvo ahí, apenas lo utilizaste, pero cuando más necesitabas su consejo, él no estaba, se había ido para siempre. Demasiado pronto, pues tenía tantas cosas que contarte…

CUESTIÓN DE INICIATIVA



Me ha costado tiempo adivinarlo, pero al final he dado con ello. Mira que llevaba tiempo sospechándolo pero hasta hace poco no caí en el quid de la cuestión. Todo en la vida es cuestión de iniciativa. El éxito o el fracaso, la gloria o el destierro, la perdurabilidad o el olvido están intrínsecamente relacionados con el nivel de iniciativa que hayas mostrado para conseguirlo.

Los cementerios están llenos de valientes… y de gente con iniciativa, diría yo. Una persona con iniciativa es una persona valiente, que no vacila ante ningún problema y lo afronta de frente. Una persona sin iniciativa está a verlas venir, espera y al final el problema le aborda y no sabe cómo salir de él. Pero cuidado, en el término medio está la virtud.

Está muy bien ser un tipo decidido, una persona resolutiva, un “echado pa´lante” pero ¡ojo!, en este mundo no sólo convives tú, por suerte o por desgracia lo compartes con otras criaturas de Dios y éstas también tienen derecho a ser escuchadas. Quizás sean más paradas, más reflexivas, le cuesten más arrancar pero seguramente muchas de ellas tendrán algo importante que decir así que, si eres un tipo con iniciativa, no las arrolles pues probablemente estés enterrando buenas ideas. Modérate, término medio.

Hasta aquí, la teoría. Ahora viene la práctica y ahí ya el tema es más complicado. Conviene tener iniciativa o no, según las circunstancias. Las relaciones personales han cambiado un montón, y si las circunscribimos a las de chico y chica, ya ni te cuento.



Si retrocedemos al pasado, tenemos la idea (porque esa época no la hemos vivido) que en una relación entre un hombre y una mujer el que llevaba la iniciativa era él, dejando para ella un papel claramente sumiso. Afortunadamente, los factores culturales han cambiado y ellas se han incorporado al mundo en el que vivimos con plenos derechos, pues ahora tienen las mismas oportunidades académicas y casi las mismas (ya les queda menos para conseguirlo) en el ámbito laboral. Y en esa equiparación hemos salido perdiendo, pues se han puesto de manifiesto nuestras carencias. Los verdaderos sumisos somos nosotros y dado que somos más simples que el mecanismo de una peonza, ellas pueden hacer con nosotros lo que quieran. Ellas llevan la iniciativa.

Si antes eran los galanes, porque no se me ocurre mejor definición, los encargados del cortejo y agasajo de las bellas damas, las cuales se ruborizaban con tanto halago, ahora son ellas las que llevan la voz cantante, son las encargadas de decir con quién, cuándo, cómo y para qué empezar una relación. Ya puede emplear el hombre todas sus tácticas, (porque el galanteo, no nos engañemos, lo llevamos de serie y esa virtud no se pierde aunque pasen mil años) que como la señorita no quiera, todos esos intentos van a parecerse como jugar un partido en un frontón, donde la pared te devuelve todos los golpes. No podemos decir lo mismo de ellas que, para seguir con el símil tenístico, son poseedoras de golpes ganadores que hacen que resuelvan los partidos por la vía rápida (6-0 y 6-0).

Aún me sorprendo cuando nos reclaman más atención, cuando nos piden más iniciativa, cuando quieren más agasajos, ¿pero no se dan cuenta que tienen la sartén por el mango? ¿Acaso cuando actúan no son conscientes de sus actos? Aceptemos la realidad, las tornas han cambiado; aunque seamos toscos, simples e insensibles en realidad nos estamos afeminando. De la misma manera, aunque ellas parezcan dulces, tiernas y sensibles, son lobos con piel de cordero que cuando detectan a su presa son implacables a la hora de conseguir su pieza. Bienvenidas al mundo animal.