SlideShow

Join The Community

Premium WordPress Themes

Search

CONDENADOS A NO OLVIDARSE


Toda mi existencia pensando que el cuerpo de uno a uno le pertenece, y que la vida de cada uno, es eso, de cada uno… y resulta que no es así. Hay hechos que demuestran lo contrario y las vidas de unos y de otros se entrelazan creándose nexos de difícil separación.

Por más que hayas querido olvidar, pasar página, plantearte un futuro sin rémoras del pasado, hay determinados episodios que están ahí para no irse nunca. Puedes poner toda la tierra de por medio, romper las cadenas que, como los asesinos, siempre acabas volviendo a la escena del crimen.

Uno entendería ese retorno cuando el recuerdo que prevalece es bueno, cuando los momentos felices contrarrestan a las malas experiencias, cuando aún queda una llama que no ha sido extinguida. Pero seguir atado a algo que te produce daño, ¿qué sentido tiene? Probablemente ninguno, pero seguramente es algo inexorable en esta vida: no olvidas lo que te dejó mella.

A ciencia cierta desconozco a qué afecta exactamente, ¿al alma, al corazón, a la mente?; no lo sé, pero se introduce en tu cuerpo y pasa a ser parte de tu vida. Y lentamente te arrastra, poco a poco, silenciosamente, se va apoderando de ti; de tenerlo olvidado pasas a cederle un lugar preferente en tu vida. Ingenuamente lo vas aceptando porque piensas que las cosas igual no son como antes, que el tiempo que ha mediado ha servido para madurar y que todo el mundo tiene derecho a una segunda oportunidad. Por eso las cosas no son como antes, se va con mucho recelo por si todo se va al traste. El ir paso a paso, sin prisas, sin cometer errores anteriores, hace que te esperances y que esta vez sí, la cosa pueda funcionar.

¿Qué ocurre con toda la vida que te habías creado para olvidar el pasado? Pues sin olvidarla, la dejas de lado porque a fin de cuentas esa vida la has cimentado para olvidar el pasado, esas nuevas relaciones están en fase de maduración y te acabas de dar cuenta que es mejor lo malo conocido que lo bueno por conocer, sobre todo si “ese malo” tiene posibilidades de volverse bueno.

Los pasos que vas dando cada vez son mayores y tu vida va pareciéndose a la de antes, con nuevas circunstancias pero esencialmente igual. Y tanto se parece a tu vida anterior, que el motivo por el que todo se rompió vuelve a resurgir. Por muchas ganas de cambio que se tenga, el movimiento se demuestra andando, y si no ponéis nada de vuestra parte por cambiar, si todo se queda en palabras y no en hechos, estamos en las mismas y si aquello se rompió, ten por seguro que se volverá a romper.

¿Y ahora qué? Ruptura, vuelta a empezar y el firme convencimiento que aunque te vayas a los confines del mundo, nunca lo vas a olvidar, porque está marcado a fuego en tu cuerpo como si fueras una res, como si le pertenecieses, como si estuvierais condenados a no olvidaros. Ese será tu sino.

DUELE


A veces el dolor no es visible a simple vista pero no por ello no deja de ser más amargo. El dolor que se instala en tu interior es el más difícil de mitigar, el más arduo de olvidar.

En la vida surgen cosas inesperadas, todo cambia en fracciones de segundo. Se pasa de la sonrisa al llanto, del día a la noche, de la felicidad más grande a la tristeza más profunda.

El hombre es un animal que por naturaleza necesita relacionarse. De sus relaciones se derivan gestos, actitudes y actos que a veces tienen consecuencias sobre otros seres humanos, aunque el gesto, actitud o acto no haya sido premeditado. Ese es el dolor más inexplicable, el que te causa alguien sin saber que te lo está causando.

En una relación entre dos personas, un tercero es multitud, es un elemento que intercede en esos momentos de complicidad, de intimidad, de entendimiento y de cariño que pueden llegar a producirse. Pero a veces, ese tercero es el que se lleva el gato al agua.

Después de estar toda la noche escuchándole, entendiéndole, intercambiando opiniones, cuando ves que se va de la mano de otro, la cara que se te queda es de tonto más que tonto. Un extraño, un conocido de esa noche, uno que no sabrá de dónde ha salido ella, a dónde va, cuáles son sus miedos, sus preocupaciones, sus ilusiones. A él no le importa nada de eso, tan sólo le importa ELLA, en el sentido más estricto y simple de la palabra. A fin de cuentas es un éxito más, otro trofeo más a engrosar las muchas noches de gloria. ¿Por qué le va a importar lo que ella piense, si mañana la va a olvidar? Mejor así, sin complicaciones, como mucho aprenderse su nombre, para qué profundizar más si lo que a él le importa de ella es su fachada, no le interesa lo que alberga en su interior.

¿Y ella? Ella no puede ser así, no debe de ser así. ¿Por qué se comporta como él? ¿Acaso piensa de una manera y actúa de otra? Ella no es así, no era como las otras, ella era de otra manera. Pero se fue con él, después de estar toda la noche contigo, se fue con un extraño. Desconoces por qué actuó como actuó, a lo mejor toda la noche estuvo de farol, a lo mejor nunca fue sincera contigo, a lo mejor construyó un personaje para llamar tu atención. A lo mejor…

La vida es imprevisible y nos va poniendo pruebas a lo largo del camino, todas se superan, de todas se aprende algo pero algunas duelen. Y ésta duele. Un dolor que penetra en tu interior, un dolor que es como un aire frío que te recorre inexorablemente tu cuerpo. Y te atrapa, vaya si te atrapa. Te deja inmóvil, sin recursos, sin capacidad de reacción.

Con el tiempo el dolor es menos profundo, se mitiga, casi desaparece, pero la herida vuelve a sangrar cuando la vuelves a ver. Analizas los abrazos, los gestos, las palabras, los besos y piensas si son sinceros o son parte de una estrategia para sentirse querida, porque todos necesitamos sentirnos queridos y a veces buscas fuera lo que ya tienes dentro aunque no te estés dando cuenta.

CON LO FÁCIL QUE HUBIERA SIDO COMER EN UN MC DONALD´S


Como era costumbre habitual aquel día iba a comer de tupper. Era la opción menos mala porque los Sándwiches de las máquinas de vending no es que me ofrezcan mucha confianza; es comida industrializada, hecha sin alma para un tropel de gente que casi le da igual comer que no comer. Al menos con el tupper recordaba la comida casera que siempre había comido.

Pero aquella mañana recibí una llamada para invitarme a comer. Lo primero que se me vino a la cabeza era el típico Bar-Restaurante de Menú Económico. Mi sorpresa fue al comprobar que el restaurante era el de un hotel de 5 estrellas. De haberlo sabido me hubiera puesto mis mejores galas. De todas formas, allá que fuimos.

Lo primero que me sorprendió es que un restaurante de tan alto standing no tuviera una entrada con solera. Entramos por una puerta corriente y moliente y nos dispusimos a bajar por la escalera que nos conducía hacia el comedor. El camino fue un poco desolador, mucha escalera, mucho pasillo pero allí no había nadie… ¡hasta que por arte de magia apareció una chica! Era la encargada del guardarropa. En eso encontré la primera diferencia con respecto a un Mc Donald´s, donde por no haber no hay ni perchas. Mientras le dábamos a la tímida chica nuestros abrigos, apareció un hombrito mayor que se alegró al vernos. Es más, parecía que nos conociera de toda la vida (¿qué tal?, ¿cómo les va?). Yo pensé que conocía a alguno de los comensales pero, ¡qué va! , el hombre tenía desprendía tanta efusividad y alegría porque mentalmente iba calculando el hachazo que nos iba a meter en la factura. Se estaba frotando las manos.

Pasamos al enorme salón de tres alturas con dirección inconexa. No sabíamos para dónde tirar. Menos mal que nuestro “nuevo amigo” nos encontró ubicación. Éramos amigos pero se conoce que no tanto, porque nos pusieron al lado de la puerta de la cocina y camuflados entre plantas, cuando en el salón semi-vacío había mesas mucho más tranquilas y reservadas.

Antes si quiera que tuviésemos entre nuestras manos la carta del menú, nos ofrecieron un aperitivo. A saber, cervezas, refrescos, patatas fritas y aceitunas. Para el hambre que teníamos, no venía nada mal un piskolabis. Con todas las veces que había ido a sus Restaurantes, Ronald nunca tuvo esos detalles conmigo. Tras una animada y relajada charla, eso sí, sin hablar de temas profesionales por si había algún topo, llegó el momento de pedir la carta.

Lo que iba a ser trivial y sencillo, una ensalada, un filete con patatas fritas y un postre, se complica en cuanto empiezas a leer y no sabes si lo que estás leyendo está escrito en castellano, en francés o esperanto. Empiezas a pasar páginas del menú porque tienes la esperanza que en la siguiente hoja te escribirán en cristiano. Pero nada. En ese momento, te aflojas el nudo de la corbata, respiras hondo y piensas, ¿qué pasaría si me pidiese un filete y unas patatas fritas? Lo piensas durante un buen rato, pero al final lo descartas. Hay que estar a la altura del sitio y si hay que apechugar, se apechuga.

Hay un refrán que dice que allá donde fueres, haz lo que vieres. Y a partir de ese momento, opté por esa táctica. Observé a los demás y tampoco les veía muy decididos. O una de dos, o tenían dudas sobre qué elegir o tenían la misma idea que yo de lo que allí se cocinaba. Con el paso de los minutos me fui dando cuenta que, salvo el comensal que ya había estado en ese Restaurante, los demás estábamos muy perdidos. Al final, hubo uno que hizo lo más inteligente que se puede hacer en esos casos: preguntar al experto qué nos recomendaría. Dado que estábamos en un restaurante especializado arroces, y él sugirió arroz, pues arroz pedimos, no si antes probar para empezar una serie de entrantes.

Primer match-ball solventado. Ahora quedaba lo de la bebida. Yo lo tenía claro: agua. Pero parece que el camarero no, es como si le molestara que no pidiéramos vino. Tal fue la insistencia, que al final pedimos vino, aunque sólo fuera por quitarnos a ese pesado de encima. Pero si de comida entiendo poco, de vinos menos. Una vez más utilizamos el comodín del público y pedimos recomendación al experto. El tío o se tiró un farol o de verdad era un entendido porque le tocó hacer de sumiller. El camarero le echó un poco de tinto en la copa, éste lo removió un poco, lo olió, lo miró a trasluz y finalmente, bebió un sorbo relamiéndose después. Por último, dio su visto bueno al camarero (que como para no dárselo, pues con el careto que tenía era capaz de estamparte la botella en la cabeza si le decías que te trajese un DON SIMÓN) Yo, que la única preocupación que tengo cuando voy al Mc Donalds es saber si han rellenado con hielo hasta arriba el vaso de Coca-Cola, aquello me pareció de gente de nivel.

Y llegaron los entrantes. Entradillos diría yo, porque era apenas ocupaban el centro del plato. ¿Para qué ponen un plato tan grande si sólo nos echan una cucharada? En esos momentos me arrepentí de una decisión que había tomado antes. Cuando nos pusieron los aperitivos, decidí reservarme no siendo que luego no tuviera hambre, como muchas veces me había pasado en el Mc Donalds, que te atiborras de patatas, aritos o nuggets y luego no te comes la hamburguesa. Fue un poco triste como nos repartíamos los guisantes con jamón; más menos contábamos los guisantes que tocaban por barba y cuando nos los llevábamos a la boca, intentábamos saborearlos lo máximo posible.

Como las penas con vino, son menos penas, decidí beber un poco para olvidarlas pero hete tú aquí que la botella había desaparecido. ¿Tanto habíamos pimplado? Se conoce que sí. ¿Habría derecho a pedir otra botella? No siendo que se nos saliera del presupuesto, decliné el pedir otra y directamente me decanté por el agua pero… ¡sorpresa!, tampoco había agua. El jamón había causado estragos y nos había dejado sedientos. Así que me vi obligado a apurar las cuatro gotas que había en mi copa, cuando detrás de mí apareció un guardaespaldas. ¿De dónde había salido ese camarero? Me giré y ví como detrás de nosotros teníamos de forma perenne un camarero con una cubitera donde estaban depositadas nuestras botellas de vino y de agua. Era como un bombero, acudía al rescate cada vez que tenías sed. Muy mal me tuvo que ver, porque abrió una botella de agua expresamente para mí. Lo que más me sorprendió fue ver la técnica de rellenado de la copa. Reconozco que me sobresalté un poco pues el hombre, en un visto y no visto, puso la botella de agua en posición enteramente vertical sobre el vaso. Yo pensé, dónde va este loco que va a derramar todo, pero resulta que era un virtuoso de la botella pues no derramó ni una gota, ni siquiera en el sacudido final. Curiosa técnica.

Todavía no he hablado del platito que tenía a mi izquierda. Ya daba por hecho que iba a tener varias cucharas y tenedores en la mesa, pero ¿ese plato? Ese plato estaba allí sin oficio ni beneficio, así que decidí darle uso. Como me había pimplado a aceitunas, puse los huesos en el plato, cosa que por cierto no hizo el resto de la gente. El hecho que pidiéramos arroz me aclaró el problema sobre qué cubierto elegir. Las cucharas y los chuchillos, descartados, nos quedaríamos con la cucharilla para el postre y entre los tenedores, elegí el más largo pues en ese entrarían más granos de arroz. Y hablando de arroz, llegaron las paelleras.

Y llegaron como una exhalación. No sé si quemarían las asas, pero los camareros llegaron a nuestra mesa a toda pastilla. Y hubo un momento que me dio un vuelco al corazón. Aquel insensato giró la paellera y la puso en vertical delante de mis narices, y empezó a lucirla como reclamo para ver si era de nuestro gusto. Me recordó a esa típica escena cuando uno va a una peluquería, le cortan el pelo y le pasan un espejo por detrás para ver cómo ha quedado la nuca y alrededores. Con tal que no tentara más la suerte, le dijimos que sí, que estaba muy buena, qué por favor que dejara de hacer equilibrismos con el arroz. Una cosa sí pareció quedarme claro, entre los ingredientes del arroz debía de estar el pegamento IMEDIO.

Si teníamos subalternos para servirnos la bebida, no iba a ser menos en el caso de la comida. Dispusieron una pequeña mesita alrededor de la nuestra y empezaron a apartar. Eran unos auténticos artistas porque consiguieron despedazar el bogavante de una de las paellas, sin tocarlo con las manos sólo con cuchillos y tenedores. Estos dos camareros como puntilleros de la plaza de las Ventas no tendrían precio. Todo lo rácanos que fueron con los entrantes, lo fueron de generosos con el arroz. ¡¡Menudo copete me pusieron!! A duras penas me acabé el arroz con bogavante y el arroz negro. Que empachado me quedé.

De mis largas veladas en el restaurante de la M amarilla una cosa aprendí. Después de empacharte con una Hamburguesa (o mejor dicho, de todas las guarrerías que le acompañan), no hay nada mejor para rebajar esa sensación que un Sundee. Como no me dio la impresión que allí tuvieran M&M´s, volvimos a hojear el Menú para ver que había de postre. Me alegró saber que allí era todo legible aunque un poco disparatado. ¿A quién se le ocurre mezclar tocino de cielo con helado de leche y boletus a las finas hierbas? Sin duda al pastelero, que debía de ser un fumeta de mucho cuidado. Por descarte, elegí la combinación menos rimbombante. Craso error. Tenía que haber elegido lo que fuera, pero que fuera blando, que no fuera helado porque intentar trinchar algo que está helado-congelado con una cucharilla, creedme, es muy complicado. Es como jugar al escondite, como jugar al perro y al gato. Tú pinchas y el postre se te desliza y se escapa. Vas a buscarlo y él se te vuelve a escapar. Te parapetas con una servilleta para intentar salvar la corbata en caso que el “postre asesino” quiera atacarte directamente. Por orgullo, consigues hincarle el diente aunque éste último salga perjudicado. ¡¡Qué descarga eléctrica!! Ni con el FRESQUITO lo había pasado peor. Y justo en ese momento a un curioso no se le ocurre otra cosa que saber qué tal está tu postre. Tú que estás haciendo auténticos equilibrios pasándote el trozo de postre de un carrillo a otro para intentar mitigar el frío, no te queda otra opción que hacer un mortal hacia delante y contestar abruptamente algo parecido a: “Brruenoor”, mientras te retuerces por dentro por las descargas que están recibiendo tus encías. Cuando terminas con ese tormento, buscas un vaso de agua para enjuagar un poco la boca. Pero tu amigo el guardaespaldas ya había hecho “mutis por el foro”. A falta de agua, buenos son los chupitos de las casa pero da la casualidad que esa casa era muy chic y muy fashion y de chupitos nada. Hubo que conformarse con el café de toda la vida.

Nuestro hombrecito feliz volvió a hacer acto de presencia. El amigo estaba en su momento, todos los parabienes que nos había dedicado a lo largo de la comida podrían tornarse en improperios si no le abonábamos la consumición. ¡Maldito parné!, este hombre solo valoraba la amistad por el dinero. Sobre la mesa dejó la bandeja con la factura, pero de primeras no hubo ningún valiente que se animara a cogerla. Yo no lo iba a hacer porque yo no había cursado la invitación y de haberlo hecho, los hubiera invitado a un Happy Meal que, a parte de la comida te llevas un muñequín. Tras unos momentos de tensión, la persona que había invitado a todos cogió la bandeja, echo un vistazo al ticket y le cambió la cara. Tragó saliva y se desaflojó el nudo de la corbata. Sí, amigos, el hachazo tuvo que ser de campeonato. En menuda hora se le ocurrió invitarnos. No le quedó más remedio que tirar de tarjeta. Es más, estuvo dubitativo entre elegir una u otra (seguro que en una de ellas no tenía fondos suficientes).

En fin, que pagamos, la chica del guardarropa nos devolvió los abrigos y el amiguete nuestro nos preguntó que esperaba volvernos a ver por allí, que esa era nuestra casa. Qué jodío, después de haberle pagado era colega de toda la vida. Tranquilo que volveremos, cuando regales coronas de cartón, muñecos, se pueda comer con las manos, pongas Ketchup sobre la mesa y todo ello no me cueste más de lo que cuesta un billete gris.