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TU NOMBRE ENVENENA MIS SUEÑOS


Estaba convencido que esta vez por décima vez alcanzaría la gloria y que, tras varios años de travesía por el desierto, por fin tendría un gran éxito que paladear.

Había construido una coraza mental para que ninguna amenaza externa me desviara del objetivo y así auto-convencerme de la consecución del mismo. Notaba muy cerca el aliento y el apoyo de mis seguidores. Ahora más que nunca no les podía fallar. El reto era importante y la responsabilidad grande, pero me encontraba con fuerzas suficientes como para llevarlo a cabo.

Arrancaba hojas del calendario para desear que el gran duelo llegara cuanto antes. Estaba preparado. Los retos anteriores eran pequeñas batallas ganadas, pero a mí lo que me interesa es ganar la guerra. En esta ocasión estaba seguro que la ansiedad no iba a poder conmigo y que era capaz de oponer resistencia.

Y llegó el gran día. Todos los focos alumbrándome y el público expectante por comprobar si por fin había alcanzado la madurez. No sólo se trataba de ganar sino de cambiar la jerarquía y de inclinar la balanza hacia mi lado.

Por fin me encuentro frente a frente con mi enemigo. Mantengo la mirada firme; la misma mirada que espero conservar cuando todo termine. Esta vez me he prometido no abandonar el campo cabizbajo. Suena el pitido y el balón comienza a rodar.

La descarga de adrenalina en esos primeros minutos es difícil de explicar. Salgo como un depredador directo a la yugular de mi presa, intentándola asfixiar y paralizar. Ese planteamiento tiene una rápida recompensa: consigo hacer diana en tiempo record. Todo está surgiendo a pedir de boca…pero suena demasiado bonito como para tener un final feliz.

Pensar más con el corazón que con la cabeza a la larga no es bueno y, si el enemigo es de gran enjundia, más peligroso todavía. Al igual que los fríos psicópatas, mi enemigo ha sido capaz de sacudirse del susto del ataque inicial y poco a poco empieza a tender una trampa para caiga en su tela de araña. Y cuando me quiero dar cuenta, ya me encuentro atrapado dentro de ella con poco margen de maniobra.

Poco a poco me desdibujo, mi juego se diluye hasta tal punto que termino persiguiendo sombras imposibles de parar. Otra vez lo han vuelto a hacer. Cometo continuamente errores y lo que es peor, no tengo capacidad de respuesta. Me bloqueo mentalmente y, aunque por tradición y por respeto a la institución que represento nunca lo puedes hacer, indirectamente bajo los brazos. Finalmente me rindo y deseo que ese suplicio, ese muro (mental) infranqueable, ese bucle infinito que parece que no va a acabar nunca, se termine y se borre cuanto antes de mi mente.

Mis sueños han quedado gravemente dañados y mi futuro bastante comprometido. No lo reconoceré públicamente porque sería darle más ventaja a un enemigo, el cual me tiene bien tomada la medida. Tan sólo me queda confiar que esto es cíclico y que algún día tendrá que cambiar la tendencia. Mientras tanto, tan sólo me queda rezar a la Divina Providencia.

09/12


Hay fechas cuyo significado puede traspasar la de simple hito en el calendario. Por alguna razón difícil de explicar forman parte del imaginario personal de cada uno. No son necesariamente fechas de aniversarios o de celebraciones, pues esas ya se encarga tu entorno de recordártelas, son fechas que tienen un significado personal e intransferible. Un día que supuso un cambio y tras el cual, nada volvió a ser igual.

La trayectoria vital se define, en gran parte, por las decisiones que uno tome. Equivocadas o no, éstas trazan un camino, una senda por la que transitar, pararse o darse la vuelta.

A veces las decisiones se toman para huir hacia delante, para escapar de situaciones que te agobian o que sencillamente no te aportan nada. En esos casos, se corre más riesgo quedándote inmóvil que dando un paso al frente…aunque no sepas muy bien a lo que te puedas llegar a enfrentar.

El romper con el pasado y afrontar constantemente novedades te puede llegar a provocar en una primer momento cierta sensación de adrenalina y optimismo que hace que cualquier obstáculo al que te enfrentes lo solventes sin problemas. No hay ningún miedo a perder.

Pasados esos primeros momentos de ensimismamiento y felicidad, la situación tiende a estabilizarse. Finalmente se toma conciencia del entorno en el que se está y se empieza a vislumbrar que alternativas se tiene. Sin hacer un análisis profundo, comienzas a percibir en ese momento ciertos senderos oscuros en ese camino luminoso que te vendieron. Sin embargo, empleas un planteamiento práctico y no te agobias por el futuro: lo que tenga que ser, será.

Pero avanzas por el camino y los nubarrones cada vez están más cercanos. Se avecina tormenta y ya eres consciente que del chaparrón ya no te libra nadie. Ahora se trata de cubrirse lo mejor que puedas para no mojarte demasiado. Pero no sólo tú transitas por el camino y los cobijos escasean dado que hubo gente que fue previsora y se resguardó en cuanto vio el tiempo cambiar. Ahí te das cuenta que en este mundo no se puede vivir instalado en la comodidad.

En determinados momentos, la lluvia arrecia y es inmisericorde con todo el mundo sin hacer ningún tipo de distinción. La situación no es cómoda, te preguntas por qué te ha pasado esto a ti, qué pudiste hacer mal. Pero no se trata de eso, los infortunios no ocurren porque hayas hecho mal las cosas. El destino es caprichoso y no hace miramientos: si te toca, te tocó.

De los momentos difíciles siempre hay que extraer lecciones. Suelen ser momentos que te ayudan a aclarar la mente, a distinguir quién te puede ayudar y quién te ofrecía su ayuda por puro compromiso. En definitiva, desbrozas sentimientos y amistades. Pero sobre todo, te ayudan a tomar decisiones y afrontar cambios. Es curioso que, a modo de bucle, un ciclo comience y termine en la misma fecha. Ya lo dijimos antes: el destino es caprichoso.