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JUSTICIA POÉTICA


La incomprensión es un sentimiento inseparable a la condición humana. A veces ni la más sesuda lógica puede explicar determinados acontecimientos y puedes llegar a considerarte un reo sin haber perpetrado ningún crimen.

La vida te puede llevar a situarte en el peor momento en el sitio menos indicado, sin haber iniciado el camino por ningún camino pedregoso ni haberte dejado atrapar por una ola traicionera.

Es como ir a juicio sin haber cometido ningún delito y para más inri, ser declarado culpable. En estas ocasiones, conviene no acudir a la lógica pues las cosas ocurren porque sí y no siempre de manera racional. En esas situaciones injustas conviene tener la cabeza fría y mucha paciencia, pues es el paso del tiempo el que terminará juzgándote y si eres inocente, absolviéndote. Sólo necesitas creer en la Justicia, en la Justicia Poética.

Ya se encargará esta Justicia de juzgar a aquellos que hacen de la imposición sobre los demás su forma de vida, de los profesionales del cinismo que promulgan en público una cosa y luego terminan haciendo lo contrario, los amantes de lo profesional a los que en la hora de la verdad les pierden las formas, los que creen que ser agresivos es un punto a favor y que tender puentes a los demás es un sinónimo de debilidad y a los que entienden que hacer méritos es dejar cadáveres por el camino sin recordar que esos muertos se les pueden volver en su contra.

Y si no, si la Justicia se hace la remolona y se comporta de modo perezoso y aletargado, hay un único momento en el que todos somos iguales, los ricos y los pobres, los buenos y los malos. Ese día tendrán que rendir cuentas al hombre de la guadaña y éste no tendrá tantas contemplaciones.

Sólo los que tienen fe creen en la victoria


Pocos podrían imaginar que aquel niño nacido en el modesto barrio madrileño de Colonia Marconi iba a llegar a cotas tan altas. Por fortuna, él era uno de los pocos que sí lo imaginaba. Desde pequeño estaba acostumbrado a superar obstáculos, por tanto la palabra imposible no formaba parte de su vocabulario. Prueba de ello es que persistió en su sueño a pesar que, por decisión del presidente de su club, se quedara sin equipo. Esa ilusión continúo aunque para ello tuviera que enrolarse en las filas de su eterno rival, con el consiguiente disgusto de su padre, atlético hasta la médula.

Y aquel sueño se materializó un 29 de Octubre de 1994 cuando, con 17 años, debutó en la 1ª División de Fútbol. El entrenador, preocupado por la reacción de un joven inexperto, esperaba encontrarse con un muchacho retraído y atenazado por el gran foco mediático que se le venía encima, pero la realidad fue bien distinta. Tenía dudas sobre alinearle de inicio o no y decidió comunicárselo en privado, para así analizar su reacción. Él simplemente le contestó: "Si quieres ganar ponme y si no, no lo hagas". Otros podrían haberse rendido ante un debut tan frustrante (su equipo perdió y él falló incontables ocasiones de gol), pero su afán de superación, su ambición y su carácter ganador, las 3 características que mejor le definen, le ayudaron a forjar la figura que es hoy.

Nunca ha sido un portento físico, de hecho puede que la Naturaleza le obsequiara con todo lo que sobró en Maternidad el día de su nacimiento excepto en una cosa, en lo que no se ve: la inteligencia, el carácter y la astucia. Es desde el cerebro donde esa chapuza se convierte en portento.

Tampoco es un futbolista que, por su forma de jugar, se quede fácilmente en las retinas de un aficionado. Se necesitan varias revisiones de su juego para llegar a ser un ferviente seguidor suyo. De estilo exacto y preciso como un reloj suizo, sin adornos porque su estética es la de la simplicidad, siempre será recordado como un jugador de equipo dado que es ahí donde se hace grande e importante.

Su número preferido, el 7. Su nombre, Raúl González Blanco.