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Y FUERON FELICES…

…y comieron perdices. Los cuentos clásicos con pareja por medio suelen terminar con esa frase. Pero seamos serios, nadie se ha alegrado por comer perdices en una boda (si es que las ha llegado a comer) ni todo en la vida termina felizmente.

No siempre lo que se proyecta es lo que realmente está ocurriendo. Una buena actuación puede disipar dudas temporalmente pero al final la realidad es caprichosa y no cabe interpretación alguna que solvente una mala película.

Una de las cosas que se desarrolla más con los años, a parte de la experiencia, es el escepticismo. La vida no puede ser perfecta porque el ser humano no lo es. Las relaciones personales no pueden ser idílicas porque la raza humana es egoísta por naturaleza. Por eso quizá sea cierta aquella definición del amor que lo define como en hacer lo que a tu pareja más le gusta y a ti más te fastidia.

Por tanto, ¿hemos de creernos demostraciones de amor eterno y de perfección absoluta? No en la mayoría de los casos. Quizá detrás de esas muestras y exposiciones públicas de amor se encuentre una necesidad de reafirmación de esa relación más allá del ámbito de la propia pareja. Como si ellos mismos no estuvieran seguros de su relación fuera a funcionar y necesitaran que su entorno la confirmase. Es decir, se intenta ocultar inseguridad bajo la premisa que todo va fenomenal.

También puede ocurrir que esas demostraciones sean realmente verdaderas, que el amor produzca tal nivel de felicidad que ésta ya no tenga espacio en tu propio cuerpo y necesite expandirse. Pero no hay estallido de felicidad que dure eternamente y el vivir intensamente tantas experiencias en tan poco tiempo tiene un duro enemigo: el desgaste. Si una relación la interpretas como una carrera de velocidad ésta se verá abocada tarde o temprano a un fracaso. Hay que plantearla como una carrera de fondo. No se puede jugar con todas las cartas marcadas, no se pueden compartir tantas experiencias en tan poco tiempo porque al final se acaba rompiendo el factor sorpresa y esto acaba desembocando en la más absoluta de las monotonías.

También puede ocurrir que en tu fuero interno reconozcas que el comenzar esa relación haya sido un error y por no tener valentía suficiente para romperla, intentes autoengañarte expresando una felicidad ficticia creyendo que la situación pueda revertirse. Verse atrapado en semejante laberinto es una tarea inútil habida cuenta que si la cabeza y el corazón no están alineados, nada podrá unirlos en la misma senda.


La felicidad eterna no existe. Cuanto antes lo asimilemos, antes sobrellevaremos los futuros desengaños. Si estamos seguros de lo que proyectamos, más fácil solventaremos las dificultades y más reforzadas saldrán las relaciones. Disfrutemos de ellas pero seamos conscientes que habrá altibajos. Cuidemos las relaciones, no pensemos que por ir todo rodado al principio todo está hecho. Pongamos soluciones a los problemas. Pero sobre todo, no tomemos decisiones por desesperación, porque creamos que ya no tenemos más alternativas. Siempre se tienen, sólo hay que saber buscarlas y luchar hasta la extenuación por ellas.