SlideShow

Join The Community

Premium WordPress Themes

Search

CUANDO UNA CAMARERA TE ENTRA POR LOS OJOS…Y POR SUS LABIOS



Nunca lo hubiera pensado de él, de otro sí, pero no de él. Pero una camarera es un ente con muchos recursos que puede dejar tocado al más recto de los hombres. Esta es la historia.

Te reúnes con tus amigos después de mucho tiempo sin estar juntos. Es momento de contaros cómo os va, qué andáis haciendo y qué expectativas de futuro tenéis. Es una noche reservada para ellos, una reunión de hombres porque se va a hablar de temas masculinos; por ello, os habéis preocupado que ninguna hembra interceda en vuestras conversaciones.

Tus amigos, cada vez que hablas, te escuchan con atención porque como orador, no tienes precio. Parece que sube el pan cuando hablas, obnubilas a la concurrencia. De todos los temas hablas, porque de todos sabes algo, escuchas porque sabes escuchar y defiendes ideas porque realmente crees en ellas. Podría decirse que eres un tipo ejemplar, intachable y recto.

¿Qué o quién puede hacerte desviar del camino recto? Bien lo sabes tú: una mujer. Qué inteligente fuiste al planear una reunión con tus amigos sin mujeres por medio, sabías que te podrían dar problemas. Pero no existe plan perfecto y todos tienen sus aristas. Y cuando entras en un bar, sabes que detrás de la barra te está esperando una camarera.

Al principio, entre el tumulto de gente y dado que es un bar conocido por ti, no tienes miedo de lo que pueda ocurrirte porque ya conoces a las camareras y ninguna te hace tilín (a un amigo tuyo sí, pero a ti no). En ese momento, te frotas las manos. Todo ha salido a pedir de boca, primero en un bar regentado por un calvo y ahora en otro con camareras con poco morbo. Como tu sentido de la responsabilidad te acompaña hasta en tus noches de fiesta, te encargas de pedir las consumiciones a tus colegas. Ni les preguntas qué van a tomar, porque de sobra sabes lo que beben.

El bar está apestado y te abres paso entre la gente, no si antes rodear a aquel grupito de forasteras que todos los fines de semana te las encuentras y que parecen sacadas de un concurso de belleza de la Casa de los Horrores (Ver “La Salida del Armario”). El camino se te hace interminable, entre otras cosas porque vas parándote a hablar con conocidos que te vas encontrando. Parece que la barra nunca llega. Pero llega.

Buscas a la camarera que le mola a tu amigo, no solo porque ella tan solo verte sabe lo que consumís sino, sobre todo, porque os invita a la segunda copa. No la ves y decides llamar al típico camarero cachas que todo bar que se precie ha de tener. Pero el tío está más preocupado de enseñar sus bíceps a la concurrencia femenina que en atender la barra. Te planteas irte y volver más tarde, hasta que una dulce voz femenina te hace recapacitar:

-¿Qué vas a tomar?

Giras la cabeza con actitud indiferente para ver quién te está llamando y ¡zas!, se produce un cortocircuito en tu mente. Se apagó la luz en tu cerebro. La única luz que te ilumina en ese momento es la que irradian los ojos negros de ELLA. Te quedas sin palabras, sólo salen balbuceos de tus labios. ¡¡Sus labios!! Grandes, voluptuosos y naturales, sellan una amplia boca con una dentadura perfectamente alineada.

No te recuperas del shock, has olvidado por completo las consumiciones que querían tus amigos. Uno de ellos aparece por allí, te echa un capote y pide por ti. Te recrimina lo mucho que has tardado para luego olvidarte de lo que ibas a pedir. Tú te justificas diciendo:

-Pero, ¿has visto cómo está?

Tu amigo observa a la susodicha y no ve nada que le llame extraordinariamente la atención, salvo las braguitas de color llamativo que sobresalen de su vaquero. Se conoce que era el fin de semana del Domund y la muchacha estaba pidiendo un donativo.

No volviste a ser el mismo. Tus amigos conversaban pero tú no participabas en la tertulia y si lo hacías, era sólo para insistir en el tema: pero, ¿habéis visto cómo está? Aguantaste toda la noche sin volver a la barra, pero sin dejar de echar vistazos hacia ella. Poco a poco el shock se te fue pasando y a última hora de la noche, cuando el bar se estaba despejando, te armaste de valor y diste la cara. Sin venir a cuento, sin copa de por medio, interrumpiéndola en su trabajo, presentaste tus credenciales. La chica, que seguro que lidia con situaciones similares todas las noches, no mostraba demasiado interés por tus preguntas ya que sus respuestas eran más bien escuetas. Tú, que sigues en una nube, simplemente con que te conteste, aunque sea con monosílabos, te vas creciendo y crees que la tienes en el bote.

La cordura poco a poco estaba volviendo a ti y te diste cuenta que con sólo palabras, no ibas a llegar a ningún puerto. Como era la hora de cierre y la chica ya estaba recogiendo el bar, te ofreciste a cargar las cajas de botellas retornables que ella había comenzado a apilar. Lo que empezó siendo una ayuda terminó siendo un encasquetamiento, pues la susodicha no volvió a llevar caja alguna.

Da igual, tú eras feliz. Después de las cajas vino lo de barrer. ¡¡Cómo te metiste en el papel de barrendero!! Tú barre, que te barre y ella hablando con sus amigos. Dejaste el bar como los chorros del oro y cuando te quisiste dar cuenta, el dueño te dio las llaves para que cerraras. Ambos estabais encantados de la vida. Él porque había encontrado a un empleado a coste cero. Tú porque te ibas a casa en una nube, sin reconocer la realidad, convencido que habías impresionado a aquella camarera, la cual ni siquiera se despidió porque le esperaba su novio fuera. Pobre infeliz.

LA SOLEDAD DEL PORTERO



La verdad es que se te queda cara de tonto cuando, después de una magnífica actuación tuya, tu equipo no sólo pierde, sino que es humillado.

Las crónicas serán injustas contigo porque no reflejarán lo bien que lo has hecho sino la lamentable imagen que habéis dado en conjunto. De todas formas, ya estás acostumbrado. Tu trabajo es oscuro, poco lucido y carente de reconocimiento. Las estrellas deslumbran más que los obreros, que es lo que eres tú.

Un obrero… pero un obrero especialista. No todo el mundo vale para tu puesto. Hay que tener las suficientes dosis de frialdad, oportunismo y por qué no, locura para intentar atrapar balones que vienen envenenados hacia tu portería. A veces te sientes como un reo frente a un pelotón de fusilamiento. ¡¡Pim, pam, pum!! Los artilleros disparan sin descanso pero tú, de forma milagrosa, consigues salir milagrosamente intacto de ese asedio. Definitivamente, tienes Áurea de Santo.

Pero todos los Santos algunas veces van al cielo y en determinadas ocasiones, te quedas desprotegido y las líneas enemigas no tienen piedad cuando vislumbran ese resquicio de vulnerabilidad. Es en ese momento en el que todo tu trabajo previo se va al traste, donde las estiradas, los escorzos inverosímiles, las salidas suicidas y el jugarse el tipo no ha servido para nada. Te han encajado un gol.

Tras unos instantes de rabia contenida, te muerdes la lengua y te auto-convences que eso no va a volver a ocurrir. Que aunque tu meta no quede a cero, tú ya no vas a recibir más goles. Que ese gol te va a motivar más para conseguir una actuación casi-perfecta. Pero aquí es donde te das cuenta que, para bien o para mal, tú juegas en un equipo y tu equipo está aturdido. Eso y que tú rival se ha espoleado con el gol, hace que el asedio a tu portería sea aún más agobiante. Te sacas despejes de la chistera y demuestras tener reflejos de gato. Nada de esto sirve. Tanto va el cántaro a la fuente, que se termina rompiendo.

Segundo gol. Después de respirar hondo, empieza a recorrer por tu cuerpo un cierto halo de resignación. Por más que hagas, te van a seguir metiendo goles. Tan sólo es un instante de debilidad. Acto seguido, arengas a los tuyos y les dices que aquello no es imposible, que aún hay tiempo. No hay que rendirse.

La soledad de la portería te da mucha perspectiva de cómo se está desarrollando el juego y te hace reflexionar. Pero no te permite pulsar el estado de ánimo de tus compañeros. Y estos están sobrepasados, no son capaces de poner freno a tanto ataque. Así que tus palabras de ánimo no sirven de ayuda para achicar el agua que ha aparecido en vuestro buque. El barco tiene pinta de irse a pique.

Tras unos momentos de calma chicha, el buque enemigo vuelve a lanzar cañonazos hacia tu portería. Y tu equipo, ¿qué hace? Plegar velas. El miedo es libre y nadie es capaz de dar una voz de mando. Antes que te hayas podido dar cuenta, ya ha comenzado el abordaje y recoges el balón del fondo de las mallas. Ha llegado el tercero.

Este mazazo ha sido muy duro. Te quedas unos instantes en tumbado en el suelo sin muchas ganas de levantarte. Ese gol te ha dejado k.o., no eres capaz de reaccionar. Empiezas a pensar que seguir jugando no tiene mucho sentido porque lo único que vas a conseguir es recoger más balones en el fondo de la red. Si tú estás así, ¡cómo estarán tus compañeros!

Igual que si estuvieras soñando, tu mente se desconecta de la realidad y empieza a dar vueltas a pensamientos que poco tienen que ver con el partido que estás disputando. Estás presente en cuerpo pero no en mente. Aún te queda un poco de orgullo y regresas a la realidad para cumplir como profesional y, aunque ya sepas que el partido lo tienes perdido, por lo menos acabar dignamente el encuentro. Tú lo has entendido así, pero alguno de tus compañeros ha bajado los brazos y no ofrecen resistencia. Y sin resistencia, ¿qué ocurre? Pues que el balón se introduce por cuarta vez en tu meta.

No puedes por menos que sonreir. Es una sonrisa sarcástica donde se entremezclan sentimientos de impotencia, amargura y pequeñas dosis de ira. Y esas pequeñas dosis estallan en forma de recriminaciones a tus compañeros. Se acabó la cordialidad, es el momento de los reproches, de buscar culpables y no soluciones. En definitiva, de intentar salvar tu actuación en medio de tanto desastre (que al menos no hablen mal de ti).

Afortunadamente, ese sentimiento individualista sólo te dura hasta el final del partido. Éste se acaba sin más goles y aquello te ha anestesiado y te ha abierto los ojos. Caes en la cuenta que, para bien o para mal, formas parte de un equipo y si ganáis, ganáis todos y si perdéis, perdéis todos. Además, el fútbol siempre da una segunda oportunidad. Algún día saldréis de donde habéis sido humillados, con la cabeza muy alta. Esa es la grandeza de un equipo.