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5 años


El primer día que llegaste una pertinaz lluvia te recibió. Eso podría ser el presagio de una mala experiencia. Pronto te olvidaste de ella y empezaste a quedarte obnubilado con la grandeza y majestuosidad de lo que ibas viendo por la ventanilla del taxi que te llevaba a tu destino.

En esa ciudad todo parecía que se hacía a lo grande, que siempre había espacio para la desmesura y que desde luego, la paz y el sosiego eran cosas que se presumían desaparecidas. En un principio tenías claro que tu estancia allí era temporal, un breve paréntesis para volver en un plazo razonable de tiempo a tus orígenes. Y marcaste una línea infranqueable entre las 2 ciudades: en una trabajabas y en la otra vivías.

Si en algo se distinguen los seres humanos con respecto a las demás especies, es en su alta capacidad para adaptarse al Medio que les rodea. Poco a poco, casi sin enterarte, eso fue lo que te fue pasando. La hostilidad y desconfianza con la que recibiste esa ciudad fue tornándose en curiosidad e interés por conocerla. De hecho, empezabas a comprobar la diferencia de ritmos entre las 2 ciudades. En una, había un ritmo rápido, frenético en búsqueda de un progreso constante. En la otra, un ritmo cadencioso, lento, sin apenas avances, como si el tiempo se hubiera detenido allí hace tiempo.

Ver que otras personas comparten tus mismas experiencias, te da un plus de confianza y comprobar que no eras el único “emigrante” en la capital provocó que tu confianza aumentara y que tus provincianos miedos desaparecieran. Aprendiste no sólo a trabajar allí sino también a vivir allí.

Otra característica de los humanos es la de relacionarse. Es muy poco probable que se puedan adaptar al Medio sino tienden puentes hacia los demás, si no comparten experiencias y no aprenden de ellas. Su aprendizaje se basa en imitar gestos y costumbres que han visto hacer desde pequeños. Así que, casi sin proponértelo empezaste a relacionarte y se empezaron a crear en torno a ti círculos de confianza. Círculos que se convirtieron en cadenas que no se podían forzar y que te iban a acompañar el resto de tu vida, aunque pusieses tierra de por medio.

Por todo ello y con la perspectiva que da un lustro, aunque no quieras reconocerlo has cambiado. En lo esencial, en tu forma de ser, no tanto. En tu forma de enfrentarte a la vida, sí. Has aprendido que ésta no es un camino de rosas precisamente, que todos los días hay que hacer un ejercicio de supervivencia, que nadie te va a regalar nada y que a veces, aún haciendo lo correcto, no se consiguen los frutos. Esta ciudad te puede dar y quitar todo. Está en uno el tener la suficiente fuerza de voluntad para seguir adelante y no rendirse ante tiempos duros como los de ahora. ¿Lo de volver a casa? No es importante. No has de ponerte límites ahora que te has convertido en un ciudadano de Mundo.

UN AÑO MÁS O UN AÑO MENOS


Una vez más arrancadas todas las hojas del calendario, llega la fecha indicada. El momento de realizar balance, analizar de dónde se viene y pararse a pensar a dónde se va.

Puede que, con la perspectiva del tiempo, se piense que los primeros años no son relevantes, pero el ser humano es competitivo por naturaleza y siempre se está planteando retos para poderlos superar. El primer reto en la vida es poder andar y comunicarse. Este es tan sólo el principio de todo un proceso que culmina con la independencia personal. Y es en la culminación de este primer proceso cuando todo chirría.

Porque ahí surge la gran pregunta. ¿De verdad el ser humano llega a ser independiente? Hay dudas al respecto. Desde nuestro punto de vista, lo que se crea a ciertas edades es otro tipo de inter-dependencias, no tan centradas en el ámbito familiar (este lazo nunca se rompe) pero sí igual de férreas. Y a determinadas edades, la línea que separa una dependencia de otra está muy difusa.

Quizá por las circunstancias que nos tocó vivir, donde conseguir ser independiente económicamente cuesta “sangre, sudor y lágrimas”, los vínculos familiares se estiran como un chicle y se solapan con los no familiares. Y claro, como el ser humano a parte de evolutivo es un ser acomodaticio, piensa que comportarse como el “rey de la casa” será su sino hasta el final de sus días. Pero quizás no ha parado a pensar que su familia lo que quiere es echarle con “cajas destempladas”.

Total, que se puede uno encontrar a una edad ya madura sin haber si quiera comenzado ningún proyecto vital, sin empezar a andar el camino para dejar rúbrica de su existencia, sin tener responsabilidades sobre otras personas y lo que es peor, viendo que muchos te adelantan por la derecha y se pierden en el horizonte sin esperarte.

Es ahí donde entra el vértigo y, a modo de luz al final del túnel, repasas tu existencia hasta ese momento y te formulas la famosa frase: “Mis padres a mi edad ya…” Respiras hondo hasta que se te pase la taquicardia y concluyes que esto es un proceso donde todo fluye y donde cada cosa llegará en su (lejano) momento. O eso esperas.

EN LOS TERCIOS DE FLANDES (y VII): El silencio frío


Entrar en una habitación vacía, desprovista de muebles y tan sólo decorada por sus cuatro paredes, no es algo que se realice habitualmente. Pero aquella no era una habitación cualquiera. No creo que ni siquiera el abrigo de los muebles le hubiese conferido el rango de habitación de un hogar. Aquello no era un hogar, parecía una cárcel.

Daba la impresión que la gente que habitó allí estuvo enterrada en vida. Moviéndose en la oscuridad como cucarachas porque temían ser descubiertos. Desplazándose sigilosamente como serpientes porque cualquier ruido podría delatarlos. Aquello era lo más parecido a vivir con una angustia constante.

La única decoración la componían los recortes de revistas de cine, aquel arte que les permitía vivir las vidas que jamás vivirían. Aquellas fotos eran una válvula de escape, un pequeño halo de esperanza sobre el futuro que podría llegar. Aquello era lo único que hacía no perder la cordura a la inquilina de esa habitación.

Y luego estaban los sueños. Inherentes a cualquier ser humano, desbordantes en cualquier adolescente. El sueño de ser escritora y transmitir sus sentimientos. Al menos sus captores le habían dejado intacto este sueño. Aquello era lo único que nos queda hoy de ella.

Pero a veces los sueños nos despiertan abruptamente, convirtiéndose en pesadillas. Tanto esfuerzo para nada. Justo en el momento en el que tocaban con la yema de los dedos su liberación.

Esa habitación transmitía frío, mucho frío que, unido al sepulcral silencio que allí reinaba, hacía que por momentos se sintiera angustia. Angustia por lo que allí aconteció hace 60 años. Aquella era la habitación de Anna Frank.

EN LOS TERCIOS DE FLANDES (VI): El papel verde no sirve para liar porros


No sólo de sexo vive el hombre, ni sólo de sexo se alimenta la oferta de ocio de Amsterdam. También están los Coffee Shops. Curioso nombre el de estos garitos, (porque no dejan de ser unos antros) donde lo que menos te sirven es cualquier variedad de café.

Y no será por carta, pues suelen tener 2, una para refrescos y zumos y la otra…la otra no sabríamos cómo definirla porque, aunque aparecía chocolate, éste no era el que nos daban nuestras madres a la hora de la merienda.

Si uno esperaba encontrarse en esos garitos la típica taberna española donde también se fuma a cascoporro (la faria es uno de nuestros elementos diferenciales), estaba muy equivocado. El antro, por norma general, era pequeño, oscuro y silencioso. Estaba ambientado con música suave para no alterar los elevados pensamientos que allí se tenían, concentración a la que también contribuía el mobiliario trufado de cojines y sillones varios.

Uno puede tener la sensación de sentirse en parte estafado en un coffee-shop. Primero, no es una tienda de café. Segundo, no es un bar para hablar con amigos. Y tercero, la carta de los chocolates varios no es que fuera precisamente barata. De hecho, mucha gente optaba por traerse la mercancía de casa.

Como ese ambiente no nos terminaba de convencer, optamos por visitar algo que conocemos bien en nuestra tierra: las terrazas. Con respecto a este tema, estamos muy equivocados en relación a nuestra supremacía. Los holandeses, a pesar de su mal tiempo, nos ganan por goleada. Aunque la forma de servir en ellas no es la misma.

Después de un día agotador, cansado y sediento, decides sentarte en una terraza para descansar. Pocas cosas pueden estar mejor que estar sentado en la calle con una consumición en la mano y ver la vida pasar. Pero no era precisamente la vida lo que pasaba. Lo que pasaba era el tiempo sin que viniera un camarero.

Al principio lo puedes achacar a que tuviese mucho jaleo. Luego, a que no te haya visto. Finalmente, y tras una ardua investigación, concluyes que allí no hay camarero pero sin embargo si hay consumiciones en las mesas de las demás personas. Curioso. Como curioso es el papel verde que hay en la mesa con el que jugueteas pensando que es un flyer.

Así que, dado que la actitud contemplativa nos dio resultado anteriormente (ver “Qué fácil es colarse en el Tranvía”), nos dedicamos a ver qué hacía el resto de la gente. A parte de observar como todo el mundo estaba completamente enganchado a las Blackberries (¿las regalarán en Holanda?), comprobamos que el folio verde, que tanto habíamos arrugado, tenía un papel principal en el desenlace de aquel acto. El tema era bien sencillo. Se cogía el papel, se apuntaba lo que se quería beber y se llevaba a la barra del bar. Allí, el camarero te lo servía y tú te lo llevabas a tu mesa. Por lo que se ve el camarero era un reo atrapado en su propia celda; en este caso, la barra del bar.

Menos mal que al caer la noche, comprobamos que el funcionamiento de los bares de copas es universal en cualquier parte del mundo. Aplicando 3 sencillos actos (alzamiento de dedo índice, petición de la consumición y abono de la misma) estás más que servido. Además, constatas una vez más la gran labor socializadora que tiene el alcohol, dado que terminas confraternizando con el camarero. Pero la parte mala del alcohol es que bajas la guardia, coges demasiadas confianzas y una amistad tan idílica como la que tenías con el camarero se hace añicos en el momento en el que le mencionas el gol de Iniesta a Holanda.

EN LOS TERCIOS DE FLANDES (V): The Red Light District


Es lo más característico, el lugar que cualquiera que haya visitado la ciudad te recomienda ir, el sitio que la hace diferente a otras ciudades y que, junto a los Coffee Shops, le distingue como la población donde la libertad individual alcanza su máxima expresión. Efectivamente, estamos hablando del Barrio Rojo.

Casi nos topamos con él sin darnos cuenta. Emplazado al lado de la catedral vieja y junto a un canal que lo divide en 2 partes, se encuentra la mayor concentración de mirones del Mundo. Pues eso era básicamente lo que nos encontramos allí: multitud de transeúntes (bastantes españoles), muchos de ellos bocabiertos, ante unos escaparates comerciales en los que las rebajas y las prendas brillaban por su ausencia.

El sitio es curioso y cualquier cosa que se diga es poco, dado que no supera a la visita “in situ”. Es curioso porque, a priori, no rompe la estética de los barrios de la ciudad. Las casas son similares, el entorno, rodeado de puentes, es idéntico a otros puntos de la ciudad y los escaparates podrían pasar perfectamente por locales comerciales. Bueno, realmente lo son, sólo que no estamos acostumbrados a ver este tipo de comercio tan bien gestionado.

Las cosas como son. Mientras en otras ciudades las zonas de prostitución suelen ser sórdidas y conflictivas, allí tenías cierta sensación de seguridad. Además, las señoritas tenían muy bien aprendida una de las mayores máximas empresariales: “para tener éxito en tu negocio, has de vender una buena imagen”. Y aunque reiterativa, porque todas llevaban la misma indumentaria (sujetador y tanga de encaje) y ninguna innovaba, la imagen no podía ser más pulcra. El habitáculo (porque no se puede denominar de otra manera) donde trabajaban se componía, en la mayoría de los casos, de una cama, lavabo y un enorme rollo de papel, a parte de la imprescindible cortina, necesaria cuando la señorita trabajaba. Todo ello alicatado, como si fuera un cuarto de baño, para conferir al asunto cierto aire aséptico.

La primera sensación cuando te adentras en esas callejuelas cada vez más estrechas, es de incredulidad. Estás entre escandalizado y encantado por lo que estás viendo y la primera reacción que transmite tu cuerpo, sin saber muy bien por qué, es la de reírte. Te entra una risa tonta, aunque lo que allí se negocia no es ninguna tontuna. Y ya se sabe, de la sonrisa al llanto, hay un paso.

De pronto, en una calle donde, literalmente, solo cabe una persona, tu sonrisa se vuelve gélida y tu cara termina transmitiendo un gesto de pavor cuando una puerta de los escaparates se abre y una suave mano sale de ella invitándote a entrar. Tú, que ya habías cogido confianza y te movías como pez en el agua en el barrio, pegas un respingo hacia el otro lado pero claro, en el otro lado te encuentras más de lo mismo. Así que teniendo la sensación de ser una bola en un pinball, tu mente se nubla, un sudor frío recorre tu cuerpo y empiezas a pensar que no sales vivo de esa calle, en el sentido sexual de la palabra. Pero de pronto, te das cuenta que no dejas de ser un pobre inocente y que esas señoritas y señoras (porque más de una había), están trabajando, no hacen su servicio gratis y que, salvo que pagues como mínimo 50 € (allí había un auténtico oligopolio, dado que pactaban los precios) no te va a pasar nada.

Por estas y otras cosas, a Holanda se le considera un país adelantado. Una de las cosas que más les caracteriza es el papel igualitario de la mujer y el rol colaborativo de los hombres con las tareas domésticas. Una donde más destacan, es la de ir a buscar a los niños a la guardería. No me extraña, nosotros también lo haríamos si la guardería estuviese entre medias de 2 escaparates con gentiles mujeres en paños menores.

EN LOS TERCIOS DE FLANDES (IV): Tornillo infinito, otro nivelo


Amsterdam es la ciudad de los Museos. Das una patada y salen un montón de debajo de las piedras. Están los clásicos de toda la vida, los que se dedican a un arte centrado bien en la vida de un pintor (Van Gogh) o bien en una escuela pictórica (RijksMuseum). Pero una vez visitados estos, el abanico que se abre es de lo más heterogéneo.

Los hay dedicados a artículos de lujo cuyo comercio es más que sospechoso (Museo del Diamante), a aquella compañía que nunca te abandona en los momentos en los que el ánimo está bajo (Museo Heineken y Museo de los cócteles), a las casas de pintores que no pudieron pagar la hipoteca (Rendbrant, un hombre de nuestro tiempo), a la lucha de un pueblo frente a la locura nazi a pesar que su reina, Guillermina, “tomara las de Villadiego” (Museo de la Resistencia), al mayor aporte que haya hecho jamás España al I+D Mundial (Museo de la Tortura o de la Inquisición) y por supuesto, estando en Holanda, no podían faltar los museos dedicado a la Marihuana y a la Prostitución, de la que hablaremos en otra ocasión.

A pesar de ser de temáticas muy diversas, en la mayoría había un denominador común. La gente que custodiaba esos museos eran personas de la Tercera Edad. Una de dos, o pertenecían a una Fundación y prestaban gratuitamente sus servicios o, y esta es la opción más en boga estos días, directamente en Holanda se han “fumado” (nunca mejor dicho) las pensiones y allí trabajas hasta el día del Juicio Final. Y la verdad, viendo lo mayores que eran algunos, no parecía tan descabellada esa idea.

Estas personas cumplían muy bien su trabajo, eran educados, exquisitos en el trato y casi siempre te atendían con una sonrisa. Pero si eres ladrón y te gusta el arte, en esa ciudad te podías “poner las botas” dado que no había mamparas, ni cordones de seguridad para proteger los cuadros. Estos estaban situados a media altura con lo cual no eran difíciles de descolgar y vamos, aun no siendo Usain Bolt, en una carrera a estos pobres moradores le sacas fácilmente varios cuerpos de ventaja.

En fin, en estas disertaciones estábamos cuando decidimos ir a visitar algo típico de ese país: un molino. En principio, ninguna novedad respecto a lo que habíamos visto antes: era gente mayor la que lo gestionaba. Pero hubo una pequeña novedad. Pese a que les comentamos que entendíamos (a un nivel macarrónico, eso sí) el inglés, las agradables señoras de recepción insistían que esperásemos que había un guía que sabía castellano. Visto cómo nos fue con ese guía, hubiéramos entendido más si las explicaciones hubieran sido en inglés.

Allí apareció nuestro hombre, un chaparrito de pelo castaño ensortijado y gafas tipo años 80. El muy agradable hombre nos tendió efusivamente la mano y comenzó a guiarnos por el molino. Le perdonamos que, a excepción de Madrid, no conociera más ubicaciones de España pero pronto comprendimos el porqué. Los conocimientos de castellano del buen hombre se limitaban a 15 días que había pasado en la capital de España.

Así que aquello fue lo más parecido a las conversaciones que mantenían nuestros antepasados cuando conocían a un extranjero. Es decir, aumentando el tono de voz, gesticulando mucho y trufando los diálogos con palabras en italiano. Básicamente, el molino se componía de un “tornillo infinito que yira y yira” (palabras textuales) y cuya función consiste en drenar agua para que los diferentes niveles de los canales no inundaran territorios habitados. El molino tenía 3 alturas (o “nivelos” para nuestro buen hombre) que fuimos visitando con la compañía del guía el cual, cada vez que su explicación terminaba, pronunciaba la socorrida frase: “Otro nivelo”. Y cada vez que subíamos “otro nivelo”, teníamos la sensación de encaminarnos hacia una emboscada dado que la escalera se volvía cada vez más empinada (la última la subimos a 4 patas) y el habitáculo más estrecho.

Instalados en el punto más alto del molino, y una vez que nos habíamos tragado un documental sobre Rendbrant, ese gran mito de Ámsterdam cuyo padre fue molinero, llegó el momento de hacer algo de patria, porque teníamos la sensación que ese hombre se creía que no sabíamos lo que era un molino. Así que, intentando venderle las bondades de nuestro país, le dijimos que en España teníamos muchos molinos, sobre todo en la Mancha, donde vivió “Don Quijote”. ¡Para qué queríamos más! En ese momento, nuestro “Bisbal holandés” poseído por una especie de locura transitoria, no paró de exclamar: “¡Oh, Don Quixote!, luchaba contra molinos”. Y allí lo dejamos, loando a Alonso Quijada, mientras nosotros bajábamos sigilosamente, “nivelo a nivelo” buscando la salida.

Fuera del molino nos dimos cuenta que menos mal que no le mentamos al Capitán Alatriste, consumado rebanador de sesos holandeses, que si no, nuestro Sancho Panza holandés, nos pone a girar infinitamente en las aspas del Molino.

EN LOS TERCIOS DE FLANDES (III): Orgullosos de ser tus amigos


La Historia tiende algunas veces a repetirse, aunque uno no quiera. Si el año pasado en nuestro viaje a Canarias nos topamos con la “Semana Tentación” (Ver “La Marca Blanca”), este año hemos doblado la apuesta y, ni cortos ni perezosos, desembarcamos en Holanda en plena celebración del Orgullo Gay.

Por supuesto que respetamos esa opción sexual (aunque no la compartamos), pero no fue ese el motivo de nuestro viaje. Ahora sí, en honor a la verdad, en aquellos puntos donde había celebración, la gente se lo estaba pasando en grande.

Ante este tipo de situaciones en las que te encuentras un poco desplazado, tiendes a buscar lugares comunes y algo o alguien que te proteja. Y qué mejor protección que la de un policía, el guardián de la ley, el encargado de restablecer el orden y…lo más sorprendente, de repartir colgantes rosas conmemorativos de esa celebración.

Hubo que frotarse varias veces los ojos para percatarse que lo que estábamos viendo era real: los policías eran los encargados del merchandising en esa “bacanal rosa”. El orden, que no el decoro, era un ejercicio de autogestión de los participantes. Y en honor a la verdad, los gays y las lesbianas, dentro de su pluma, supieron comportarse.

La duda que nos quedó es si estos agentes del orden se representaban a sí mismos (porque fueran de esa opción sexual) o representaban a todo el cuerpo. La duda se disipó al día siguiente, el día en el que se celebró el desfile. A diferencia de aquí, donde el desfile lo hacen como si fueran unas reinas es decir, en carroza, allí, aprovechando la multitud de canales que pueblan Amsterdam, el desfile se hace en barcazas.

La verdad es que no vimos nada que no hayamos visto antes. Se conoce que los gustos son universales porque ver a un grupo de gente bigotuda con cuero y látigo está más “visto que el tebeo” en ese tipo de celebraciones. Pero la “Politie” nos volvió a sorprender. Allá, a lo lejos, se veía una barcaza de grandes proporciones, apestada de gente y emitiendo un ensordecedor ruido a modo de discoteca andante. Una vez más, tuvimos que frotarnos los ojos al ver pasar ante nuestras narices la barcaza que representaba a la Policía. Llegado a ese punto, por fin comprendías porqué no habías visto a ningún agente durante el recorrido: estaban todos en esa barca.

Dos preguntas nos rondaron la cabeza. ¿Quién se ocupa del orden en esa ciudad? Porque la Policía desde luego, no. Y, ¿habrá que ser gay o lesbiana para ingresar en el Cuerpo? Tan sólo había que ver que nadie llevaba casco cuando montaba en moto (o en bici) y que las “pirulas” conduciendo eran el “pan nuestro de cada día” para darnos cuenta que los policías eran los Relaciones Públicas de la ciudad.

EN LOS TERCIOS DE FLANDES (II): ¡Qué fácil es colarse en el Tranvía!


“Si no puedes con ellos, únete”.”Allá donde fueres, haz lo que vieres”. Esa es la actitud que uno debe de adoptar cuando se visita otro país. No hay que aferrarse a las costumbres patrias y hay que ir adaptándose poco a poco a los usos del nuevo país. Después de la tensión que pasamos cuando una horda de bicicletas casi nos atropella, decidimos que el mejor medio de transporte para desplazarse sería el tranvía.

Antes de montar en un medio de transporte al que no estás acostumbrado, deberían darte una guía de usuario para así no tener que adoptar la “postura del mono”. Es decir, repetir los gestos de otros hasta interiorizarlos como propios. Lo mejor que se puede hacer para irse familiarizando, es buscar similitudes con algo que ya conoces. Un tranvía es como un Metro…pero sin tornos. Y es ahí donde radica el problema. ¿Por dónde hay que pasar el billete?

Lo importante para salir airoso del trance es buscar una parada donde haya gente e imitar lo que hagan. Aunque lo primero que te deberían decir, es que la parada es un área donde aproximadamente estacionará el tranvía pero no donde exactamente se abrirán las puertas. Así, se te queda cara de bobo cuando ves como el tranvía pasa por delante de tus narices y no para. Por tanto, para poderte montar te toca echar una pequeña carrera. Y claro, si unimos este imprevisto a tu desconocimiento del medio, el resultado es intentar meterte a toda costa, sin saber si estás entrando por la puerta correcta.

Como las ovejas, sin preguntarte si eso tiene lógica, subes por donde ves entrar a una persona y salir a cientos. Aquello parece una carrera de obstáculos dado que tú, que quieres entrar, has de sortear a la multitud de gente que quiere salir. Además, aparte de los inconvenientes propios de los empujones, se une otro problema: una vez montado, has de salvar una cancela que se abre en sentido contrario al que tú has entrado. Lógico por otra parte si tiene impresa una señal de prohibido. No hay dudas, te acabas de colar pues esa no era la puerta de entrada sino la de salida

Ahora toca buscar el torno para no quedar delante de tanta gente como un gorrón. Y la tarea no es fácil porque, jugando al juego de similitudes con el Metro, allí no hay agujero alguno donde introducir el billete. Además, con el calentón que te has llevado al intentar entrar, se te olvidó observar qué hacía la gente al entrar y ver donde metían el billete. Entonces lo divisaste. De pronto tuviste la certeza que el resto del viaje te tocaría hacerlo a pie. Ahí estaba, en mitad del tranvía, dentro de una pequeña taquilla, el juez escrutador al que no se le pasa ningún detalle: el revisor.

Comienzas a preparar tu confesión intentándote presentar como un pobre turista que no entiende cómo va el invento. Esperas clemencia de él y no tener que pagar un suplemento por tu pequeña tropelía. Pero en vez de clemencia, lo que percibes en la mirada del revisor es indiferencia así que, tras unos momentos de duda, le echas cara al asunto y te vas al fondo del vagón como “quien no quiere la cosa”

Desde allí, terminas cultivando el noble arte de la contemplación, acabas dándote cuenta de cómo funciona el asunto. El tranvía tiene 4 puertas: 2 de entrada y 2 de salida. En las de entrada te encuentras de frente o bien al conductor (si entras por el principio del vagón) o bien al taquillero-revisor (si entras hacia la mitad del vagón). Entre medias de estas 2 puertas, se encuentran las puertas de salida que, como hemos comentado antes, tienen una cancela que se abre de dentro hacia fuera para evitar que algún energúmeno (hay gente para todo) se cuele. Los billetes no se introducen en ningún agujero sino que se pasan por un lector magnético situado en los asideros de las puertas de entrada y de salida dado que, también cuando se sale hay que pasar el billete (la verdad es que no sé muy bien porqué).

Una vez explicado todo el mecanismo una cosa queda clara: Nos colamos. Y nos podríamos haber colado tantas veces como hubiéramos querido, pues allí la gente se fía de la buena fe de los pasajeros que la verdad, todo sea dicho, pasaban religiosamente el billete por el lector. Entonces te revolotea una pregunta en tu mente: ¿Cuánto hubiera tardado en quebrar una empresa de transporte público en España si se fía de la buena fe de los pasajeros?

EN LOS TERCIOS DE FLANDES (I): Las bicicletas no sólo son para el verano


Cuando aterrizas enseguida te das cuenta que aquello es diferente. Que allí se respira aire limpio y puro no sólo porque llueve mucho (dimos fe de ello) si no porque el parque automovilístico es sensiblemente inferior al que estamos acostumbrados. Pero eso no quita que tu nivel de inseguridad al cruzar una calzada se reduzca, sino que más bien se multiplica por 2.

Tienes que adaptarte y cambiar el chip. Ahora, cuando cruzas, no tienes que fijarte sólo en los coches (la verdad, no circulan muchos), sino en los tranvías y sobre todo, en las bicicletas. Y quien piense que una bicicleta respeta más a un peatón que lo que podría hacerlo un coche, está muy equivocado. La primera toma de contacto con ese entorno es hostil.

Recién bajado del autocar que te ha traído del aeropuerto, tu gen español sale a relucir y con tus maletas a cuesta, tan sólo te faltan las gallinas para emular a Paco Martínez Soria en “La ciudad no es para mí”. El autobús te deja en una mediana y eso es como estar en una isla en medio del Océano, que no sabes muy bien cómo escapar de ahí. Si das un paso al frente, te topas con el asfalto. Hasta ahí bien, porque eso es igual que España. Tan sólo tienes que fijarte que el semáforo se ponga en verde para cruzar. Pero cruzas y ves también que hay un raíl y tienes que estar avispado para darte cuenta que la regulación de los semáforos de los coches es distinta a la de los tranvías. Entonces te empiezas a hacer un lío. ¿Paso o no paso? ¿El tranvía parará porque el semáforo de los coches esté en rojo? ¿Por qué el semáforo de los tranvías es diferente? ¿Por qué se enciende una luz blanca, con forma semi-esvástica, en vez de la luz verde de toda la vida?

Demasiadas preguntas sin respuestas, demasiados razonamientos para una mente que en esos momentos está en “modo vacaciones”. Así que te das media vuelta, y te vas por el otro lado que parece que hay menos tráfico. De hecho, parece una acera. Una acera roja donde la maleta se desliza suavemente. ¡Estos holandeses sí que saben de aceras! Lo malo es cuando oyes un timbre de fondo. Al principio es lejano y no resulta estridente pero llega un momento en el que el sonido se percibe más cerca. Aquello se convierte en el caos. Y tienes que jugártela, pues no es sólo una bicicleta la que viene tras de ti, sino una manada de ellas…y por los 2 lados. En ese momento, tienes que decidir: o la maleta o tú.

Ante esa tesitura te encuentras, cuando compruebas que los holandeses tienen una gran pericia sobre 2 ruedas y te esquivan sin despeinarse. Sales corriendo de la acera roja para no pasar más sustos y al llegar a la acera convencional, un alivio recorre tu cuerpo. Pero el alivio es momentáneo, dado que allí con el tema de las bicicletas no conviene relajarse porque de pronto, por arte de magia, puede aparecer un carril rojo sobre la acera, tú no haberte dado cuenta y vuelta a empezar.

Es curioso observar como la bicicleta allí es, con diferencia, el medio de transporte más utilizado. Da igual que haga sol o que llueva. Incluso en esas circunstancias, algunos demuestran que son unos artistas porque con una mano sostienen el manillar y con la otra un paraguas sin resentirse en ningún momento el control sobre el vehículo. En su haber habría que decirles que, si tantas precauciones toman para no mojarse, no estaría de más que también las tomaran para su propia integridad física, dado que allí nadie lleva ni casco, ni prenda reflectante. Parece que esta gente tiene pinta de ser muy anárquica.

Quinceañeras de hace 50 años


Sin entrar en las razones por las cuáles un grupo de 13 treintañeros acaba entrando en una sala de fiesta para separad@s, viud@s y tercera edad en general, hay que reconocer que un sitio así da mucho juego.

Lo primero que llama la atención es el espacio. Desde luego esta gente no se mueve en tugurios ni está acostumbrada a empujones y pisotones cada vez que alguien quiere entrar o salir del bar. Aquí todo es espacioso con una decoración, todo hay que decirlo, un poco kitsch, porque forrar de terciopelo las barandillas de la barra puede que se llevara hace 30 años pero no ahora.

Otro tema a tener en cuenta es el ritmo endiablado que allí se sigue. No hay tregua. El Dj pincha sin pausa una canción marchosa tras otra, si entendemos como marchosa el merengue, la bachata o el flamenco más calorro. Y la gente, como si le hubieran dado cuerda, no para, no se toma ni un descanso para refrigerarse.

Evidentemente, el escenario y el público impresionan. Se está en un territorio hostil que no se domina y por tanto, se opta por la táctica de permanecer juntos y no separarse de la manada, por mucho que haya algún que otro fanfarrón que incite a la aventura en aquella complicada selva. Hay que reconocer que el miedo es libre.

En esa situación, lo único que se puede hacer es observar el percal y sacar 2 conclusiones: que allí habita una fauna de lo más variopinta y que la experiencia es un grado. Si creíamos que lo sabíamos todo sobre las artes amatorias, estábamos muy equivocados. Vamos a analizar a algunos especímenes que allí uno se puede encontrar:

El picaflor: Elemento fácilmente identificable porque cambia de partenaire como quien cambia de chaqueta. No tiene orden ni criterio y porque no decirlo, ni escrúpulos. Le da igual 8 que 80; él ha ido a lo que ha ido y hasta que no lo consiga no va a parar. Podría ser el exponente de esa máxima que dice: “No hay mujer fea, sino copas de menos”. También podría valerle ésta otra: “Cualquier bicicleta es buena para dar una vuelta”. A lo que íbamos, este tipo posee un ritmo endiablado que no le hace desfallecer y tampoco se anda con miramientos. Si percibe cierto decaimiento en la atención que le está prestando una mujer, no pasa nada, se busca a otra. Eso sí, se despide con su sonrisa perenne no siendo que tenga que volver a torear en esa plaza.

El galante: Este espécimen, sea invierno o verano, no olvida la americana. Para él no es sólo una prenda de vestir, sino que se convierte en arma indispensable para cazar a su presa. Para ello necesita 2 cosas: estar muy pendiente de su objetivo y tener nociones básicas de toreo de salón. Para que la hembra no pase frío, este protohombre está siempre presto y dispuesto a ofrecer su americana. Si por el contrario, el ambiente está muy caldeado, utilizará su arma a modo de capote de torero. Lo malo es que en esa plaza de toros hay mucho toro manso y no se lanzan tan fácilmente al engaño.

El aparentemente modoso: Entre tanto caballo desbocado, este tipo de especie destaca por guardar, aparentemente, las formas. Es lo que podríamos llamar el típico caballero. Con educación se dirige a la dama que quiere conquistar, le pide la mano y la saca a bailar. Este hombre maneja muy bien los tiempos y no sale a la pista de baile en cualquier momento sino cuando comienzan las canciones “agarradas”. Como es un galán, en un principio guarda las distancias y se deja guiar. Pero a los hombres les pierde lo que les pierde y pasado un tiempo, afloran sus instintos más primarios y la mano que recorre la espalda de la dama va bajando lentamente. Ella al principio no se da cuenta, pues él lo hace con disimulo, pero cuando la mano llega a línea de flotación saltan todas las alarmas y la dama, por respeto al caballero, en vez de darle un tortazo vuelve a poner tierra de por medio y le amonesta con el dedo índice. El modoso parece entender el mensaje pero debe de tener memoria selectiva dado que pasado un tiempo, vuelve a la carga. Misma reacción de la mujer. Y así, la escena se repite continuamente hasta que la canción termina.

Al ver todo este tipo de actuaciones, el grupo de treintañeros es consciente que allí no tiene mucho que hacer y que aún les faltan canas para torear en esa plaza. Así que deciden marcharse del local, no sin antes les recorra por su cuerpo un sudor frío sólo por el mero hecho de pensar que algún día se comportarán idéntica manera a estos especímenes.

JUSTICIA POÉTICA


La incomprensión es un sentimiento inseparable a la condición humana. A veces ni la más sesuda lógica puede explicar determinados acontecimientos y puedes llegar a considerarte un reo sin haber perpetrado ningún crimen.

La vida te puede llevar a situarte en el peor momento en el sitio menos indicado, sin haber iniciado el camino por ningún camino pedregoso ni haberte dejado atrapar por una ola traicionera.

Es como ir a juicio sin haber cometido ningún delito y para más inri, ser declarado culpable. En estas ocasiones, conviene no acudir a la lógica pues las cosas ocurren porque sí y no siempre de manera racional. En esas situaciones injustas conviene tener la cabeza fría y mucha paciencia, pues es el paso del tiempo el que terminará juzgándote y si eres inocente, absolviéndote. Sólo necesitas creer en la Justicia, en la Justicia Poética.

Ya se encargará esta Justicia de juzgar a aquellos que hacen de la imposición sobre los demás su forma de vida, de los profesionales del cinismo que promulgan en público una cosa y luego terminan haciendo lo contrario, los amantes de lo profesional a los que en la hora de la verdad les pierden las formas, los que creen que ser agresivos es un punto a favor y que tender puentes a los demás es un sinónimo de debilidad y a los que entienden que hacer méritos es dejar cadáveres por el camino sin recordar que esos muertos se les pueden volver en su contra.

Y si no, si la Justicia se hace la remolona y se comporta de modo perezoso y aletargado, hay un único momento en el que todos somos iguales, los ricos y los pobres, los buenos y los malos. Ese día tendrán que rendir cuentas al hombre de la guadaña y éste no tendrá tantas contemplaciones.

Sólo los que tienen fe creen en la victoria


Pocos podrían imaginar que aquel niño nacido en el modesto barrio madrileño de Colonia Marconi iba a llegar a cotas tan altas. Por fortuna, él era uno de los pocos que sí lo imaginaba. Desde pequeño estaba acostumbrado a superar obstáculos, por tanto la palabra imposible no formaba parte de su vocabulario. Prueba de ello es que persistió en su sueño a pesar que, por decisión del presidente de su club, se quedara sin equipo. Esa ilusión continúo aunque para ello tuviera que enrolarse en las filas de su eterno rival, con el consiguiente disgusto de su padre, atlético hasta la médula.

Y aquel sueño se materializó un 29 de Octubre de 1994 cuando, con 17 años, debutó en la 1ª División de Fútbol. El entrenador, preocupado por la reacción de un joven inexperto, esperaba encontrarse con un muchacho retraído y atenazado por el gran foco mediático que se le venía encima, pero la realidad fue bien distinta. Tenía dudas sobre alinearle de inicio o no y decidió comunicárselo en privado, para así analizar su reacción. Él simplemente le contestó: "Si quieres ganar ponme y si no, no lo hagas". Otros podrían haberse rendido ante un debut tan frustrante (su equipo perdió y él falló incontables ocasiones de gol), pero su afán de superación, su ambición y su carácter ganador, las 3 características que mejor le definen, le ayudaron a forjar la figura que es hoy.

Nunca ha sido un portento físico, de hecho puede que la Naturaleza le obsequiara con todo lo que sobró en Maternidad el día de su nacimiento excepto en una cosa, en lo que no se ve: la inteligencia, el carácter y la astucia. Es desde el cerebro donde esa chapuza se convierte en portento.

Tampoco es un futbolista que, por su forma de jugar, se quede fácilmente en las retinas de un aficionado. Se necesitan varias revisiones de su juego para llegar a ser un ferviente seguidor suyo. De estilo exacto y preciso como un reloj suizo, sin adornos porque su estética es la de la simplicidad, siempre será recordado como un jugador de equipo dado que es ahí donde se hace grande e importante.

Su número preferido, el 7. Su nombre, Raúl González Blanco.

La vida y los Mundiales (y III)


SUDÁFRICA 2010- A veces los sueños se cumplen

Por increíble que parezca, algunas veces los sueños más insospechados pueden hacerse realidad. Cuando te has pasado toda la vida viendo como otros se llevaban la gloria, como te achacaban la falta de experiencia y el no saberte manejar en situaciones complicadas, sentirte protagonista y alcanzar la gloria no tiene precio.

Al fin has alcanzado la madurez. Todo radica en eso. Has llegado a un punto en tu vida en el que empiezas a tener perspectiva. Sabes de dónde vienes pero sobre todo, crees saber a dónde vas. Aunque aún no lo tengas del todo claro, desde luego si sabes lo que no quieres. En definitiva, vas perfilando un estilo.

El hecho que por primera vez te sientas seguro, no implica que no te vayas a encontrar piedras en el camino. Siempre habrá alguien que te ponga a prueba y te examine constantemente. Unos lo harán por envidia, porque en el fondo quieren ser como tú pero se han dado cuenta que nunca lo podrán ser. Otros, porque llevan el gen competitivo en la sangre, te ven como adversario y no les gusta perder ni a las chapas. En ambos casos, plantea batalla. No te achantes y afronta los retos. Eso sí, hazlo siempre desde el respeto al rival y siendo muy consciente que no siempre se gana y que de las derrotas también se aprende…y mucho.

Porque si hace 4 años nos dicen que vamos a ganar un Mundial de Fútbol, seguramente nos tildarían de locos. Nosotros, acostumbrados a ver cómo otros finalmente se llevaban a la chica, de cómo el premio no siempre era para el que mejor había trabajado sino para el más le había lucido dicho trabajo. Pero algún resorte debió cambiar entonces porque ahora no es que dijéramos que íbamos a ganar sino que nos lo creíamos.

Y cuando se tiene convicción, fe ciega en algo, se está seguro de si mismo y encima tienes a mucha gente que te respalda, te vuelves imparable. E incluso las meteduras de pata las relativizas. La clave está en eso y en el esfuerzo porque el talento sin esfuerzo no sirve de nada. Cuando todas esas variables se mezclan, se consigue la combinación perfecta. Es en ese momento cuando el sueño se cumple y has de pellizcarte sin parar porque sigues sin poderte creer que Casillas esté levantando la Copa del Mundo.


La vida y los Mundiales (II)


FRANCIA 98-La escuela de la vida

Siempre te dijeron que entrar en la Universidad te daba un plus, te señalaba como alguien importante, diferente al resto. Vamos, que se notaba claramente quién había pasado por la Universidad y quién no. Teniendo en cuenta que uno nació en la época del “baby boom”, la masificación de las aulas y el poco compromiso de muchos de los profesores, instauró la idea que yo pasé por la Universidad pero ella no pasó por mí.

Es un poco lo que pasó con España en tierras galas. Que estuvo allí pero ni se la vio. Tan sólo recordamos el autogol de Zubizarreta (una vez más, Andoni en mis peores recuerdos).

De este Mundial se puede extraer la lección que, con compromiso, perseverancia y confianza en ti mismo, se puede llegar al objetivo final a pesar de los obstáculos que te puedas encontrar por el camino. Eso es lo que hizo Francia para ganar su Mundial. Eso es lo que hizo un servidor para conseguir su licenciatura.


COREA Y JAPÓN 2002-Segundas Oportunidades

La vida puede ser muy puñetera (que lo es) pero no deja de ofrecerte oportunidades para reengancharte al vagón si has perdido el tren. Si tu imagen ha quedado dañada con derrotas sorprendentes frente a rivales de medio pelo (como por ejemplo, Chipre) y te has enfrentado a situaciones incómodas que no habías vivido antes (como estudiar en verano), siempre habrá un momento en el que todo eso se borre y llegues sin mácula a un gran acontecimiento.

El bálsamo reparador al que se agarró la Selección española fue Austria, a la que le endosamos 9 goles para que se fueran “calentitos” a Viena. Al que se agarró uno fue la consecución de la Licenciatura. Parece mentira que uno sufra tanto, luche tanto y se lleve tantos berrinches para conseguir un mísero título en papel que, una vez obtenido nadie te va a preguntar cómo lo obtuviste. Lo importante es que lo tienes, y punto.

Una vez más llegamos a un Mundial con la vitola de candidatos, pero esta vez con argumentos más sólidos que otras veces. Aunque no sé si lo llevamos incorporado en el gen español que, cuando nos sentimos superiores, fallamos. Esta vez no fue entera culpa nuestra, sino de agentes externos (llamémoslos árbitros) que no se pueden controlar.

Finalizado este Mundial, extraes otra lección vital. No basta con ser muy bueno, tener convicciones y estar seguro de ti mismo, sino que también debes controlar el entorno que te rodea. En la medida que el ser humano vive en un entorno y relacionado con otros seres humanos, es imprescindible, para tener éxito en la vida, saber controlar dicho entorno y saberte relacionar con los demás. Si no, estás perdido.


ALEMANIA 2006-Viejos fantasmas

En este período entre Mundial y Mundial, uno ha pasado del protector manto de la Universidad a la jungla que supone el mercado laboral. Esto es como la cura de humildad a la que se sometió España, que pasó de ser favorita a clasificarse en la repesca.

En los Mundiales como en el mercado laboral, conviene ir precavido, en un segundo plano, analizando las posibles alternativas para no equivocarse en los posteriores pasos a dar. Está claro que el que no arriesga, no gana pero tampoco es cuestión de ir de frente, dado que la empresa privada no es la Universidad. Los resultados han de conseguirse cada día, no en Febrero y en Junio y tu supervivencia no depende tan sólo de lo que hagas tú sino también lo que hagan los demás. Y en el mercado laboral, como en el fútbol, hasta el más tonto hace relojes.

Y no vale que tú pases a Octavos de final con una hoja de servicios limpia, porque para llegar a la Final dependes de lo que hagan los demás. Y si los demás son franceses, conviene andarse con cuidado aunque ellos hayan hecho peor las cosas que tú. Lo importante es el fin (llegar a la Final) y no los medios, por eso a veces el mercado laboral se convierte en una jungla.

Hay gente muy resabiada, que está de vuelta de todo y tú, que aún destilas la inocencia del recién licenciado, no eres rival para ese tipo de depredadores, tipo Henry, que no tuvo piedad de la joven y vitalista Selección española.

Parece que la vida no es tan bonita como nos la pintaba Butragueño en Quétaro, que necesitas curtirte y recibir palos, pues ese es el mejor aprendizaje pero que, aunque tenga un punto cruel, siempre acaba dándote una oportunidad por pequeña que sea. La cuestión es que la sepas aprovechar.

Continuará...

La vida y los Mundiales (I)



No sé si llamarlo fanatismo, locura, friquismo u otro calificativo que defina a una persona diferente, pero he llegado a una conclusión cuanto menos sorprendente. Me he dado cuenta que podría contar la vida según los diferentes Mundiales de Fútbol que uno ha visto:

MÉXICO 86-El Despertar

Por más que intento buscar en los lugares recónditos de mi mente, no consigo encontrar ningún recuerdo de Naranjito. Mis primeros recuerdos mundialistas se remontan a México 86.

Fue como despertar de golpe a la vida, como si el contador de la misma comenzara a cero en ese mismo instante. Los recuerdos anteriores, que se almacenaban borrosos en mi cerebro, se tornaron en nítidos a partir de entonces. Y la primera imagen que se guardó en la retina fue la de Butragueño señalando al cielo cuando celebraba uno de sus 4 goles a Dinamarca.

De golpe, todos despertamos. Los mayores, porque vislumbraban que por primera vez en mucho tiempo, nuestro país podía ser reconocido mundialmente y eso suponía un plus de autoestima en el tradicionalmente maltrecho orgullo español. Los pequeños, porque nos asombraba como un acontecimiento que se estaba produciendo a tantos kms de distancia pudiera tener tanta repercusión aquí. Empezabas a comprender que el Mundo estaba más interrelacionado de lo que creías y que todos nos necesitábamos si queríamos remar en el mismo barco, aunque este estuviera en ese momento atracado en México.

Y todas estas noticias llegaba a través de un aparato que empezaba a cobrar vital importancia, pues era el principal transmisor de ilusiones y el que te permitía evadirte de lo que ocurría a tu alrededor: el televisor. Con él y gracias a lo ocurrido en México, piensas que la vida es un infinito campo de sueños dispuesto a ser abonado.


ITALIA 90–No es tan bonito como lo pintan.

Tras el bucólico Mundial anterior tan sólo emborronado por una mala tarde de Zubizarreta parando penalties, llegó el evento que te enseñó que la vida tiene una cara oculta.

La selección acudió a Italia en el mismo estado en el que se encontraba uno mismo: confuso. La confusión venía porque uno se encontraba a medio camino entre ser un niño y ser un adolescente. Y cuando acudes con dudas a un evento de máximo nivel, cualquier mínimo detalle (un lanzamiento de falta de Stojkovic, por ejemplo) te puede mandar para casa.

La lección que aprendes es que en la vida hay que tener convicciones, estar seguro de algo y tener tus propias ideas. En definitiva, tener tu propia personalidad y ser reconocible por ello.

ESTADOS UNIDOS 94-La efervescencia

No sé si sería por el gol in-extremis de Hierro (tras una falta clara de Bakero al portero danés) que nos clasificó para este Mundial o por la adolescencia, que ya empezaba a llamar a nuestra puerta dispuesta a instalarse, la cuestión es que acudimos a este acontecimiento un poco acelerados.

Porque considerarnos favoritos cuando te has clasificado a última hora es algo precipitado y hasta cierto punto, exótico. Como exótico es ver partidos de fútbol a la 1 de la mañana (para luego empatar con Corea).

Pero así es la adolescencia, un período loco, donde no hay ni orden ni concierto. Todo surge sin más y tus sentimientos están a flor de piel, tan pronto estás alegre como estás llorando.

A pesar de todo, intentas buscar racionalidad a todo lo que ocurre a tu alrededor y cuando crees haberla encontrado, le rompen la nariz a Luis Enrique y se te desmorona todo. Piensas que la vida es un carrusel, que gira y gira sin control y que incluso haciendo las cosas con cabeza y sentido común, los resultados pueden que no lleguen. Toda una lección que nunca olvidarás.

Continuará...

LA DIGNIDAD DE LOS PERDEDORES


Siempre se tiene simpatía por los perdedores. Nos ponemos de su lado porque los vemos desvalidos y creemos que necesitan todo el apoyo del mundo para salir adelante. Esto lo vemos claramente en el cine. El argumento clásico de una película siempre gira en torno a 2 dicotomías: Buenos y malos – Héroes y perdedores. Por algún aspecto oculto de nuestro cerebro que se nos escapa del entendimiento, el malo y el perdedor siempre ejercen un mayor poder de atracción que los buenos y los héroes. Claramente es algo irracional porque supone ponernos en lo peor, en prepararnos para el sufrimiento cuando la otra vía nos asegura una gloria placentera. Pero el ser humano es así y no podemos evitarlo.

En el trasfondo de esto quizá se encuentre la dignidad. Quizá consideremos más digno el comportamiento de un perdedor y creamos que es indigno tener éxito y ser afortunado en esta vida. Tenemos inculcado que hemos venido a sufrir y que el que nos vayan bien las cosas es un preámbulo de la peor de nuestras desgracias. Así, cuando observamos a alguien al que le va todo de cara, inmediatamente pensamos en la suerte que tiene y con cierta envidia, deseamos que le vaya mal para que se convierta en un perdedor y se equipare al resto de los mortales.

¿Pero por qué tenemos ese concepto de sufrimiento en torno a la vida? ¿Acaso no se puede revertir y poder convertirte en un ganador toda tu vida? Tenemos motivos para ser dignos y por tanto, pesimistas.

Porque digno fue nuestro papel en Méjico, donde un Buitre, no precisamente un ave de bella estampa, nos hizo soñar con volar hacia cotas más altas. Porque digno también fue nuestra primera incursión en Estados Unidos, donde tuvimos la conciencia tranquila a pesar de volvernos con la nariz rota. Y porque digno fue el comportamiento en lejanas tierras asiáticas donde tuvimos que enfrentarnos a elementos que se escapaban de nuestro alcance. Y podríamos remontarnos más en la historia para recordar papeles dignísimos y demostrar que a dignidad no nos gana nadie. Pero eso ya se acabó. Por una vez, ya nos toca ser los héroes de la película.

De Conexiones y Planes Mercantiles


(Conexión: Enlace, atadura, trabazón, concatenación de una cosa con otra. Amistades, mancomunidad de ideas o de intereses.

Mercantilismo: Sistema económico que atiende en primer término al desarrollo del comercio, principalmente al de exportación, y considera la posesión de metales preciosos como signo característico de riqueza).



El éxito no se compra, sino que se cocina a fuego lento como los buenos pucheros. Nunca estuvo tan claro como esta vez.

Imaginemos una cadena de montaje. Es un proceso productivo donde intervienen muchos factores y donde la acción de uno condiciona el desarrollo del otro. Es un equipo de tal manera que éxito general depende del correcto cometido de todos los implicados en el trabajo. La mayor productividad y eficiencia se consigue cuando todos los elementos se interrelacionan a la perfección y son capaces de adquirir una serie de automatismos que les permiten realizar su tarea con los ojos cerrados. En definitiva, funcionan como una verdadera conexión es decir, llegan a ser una mancomunidad de ideas o intereses.

En el mundo industrial el espionaje está a la orden del día y si algo funciona, se copia. Si tu competidor tiene éxito y tú consideras que no tienes las armas suficientes para plantarle cara, las compras. Aunque sean muy caras, consideras que si esa mano de obra fue capaz de funcionar en otra empresa no tendrá problema alguno de funcionar en la tuya. Es más o menos lo que promulgaba el Mercantilismo, que consideraba la posesión de metales preciosos como signo de riqueza. Este plan sobre la base parece perfecto pero le falta algo: la conexión.

Porque tú puedes importar la mejor mano de obra de mercado que, como no haya una serie de automatismos entre ellos, el proceso no funciona. Y más si te quieres medir a un modelo que ha sido el más exitoso en los últimos años y que además apenas se ha gastado un duro en comparación contigo. ¿Por qué? Pues porque desde pequeños han mamado una forma de trabajar inequívoca e inalterable de tal manera que, cuando han tenido que dar el salto a cometidos mayores, no han sentido pánico ni vértigo dado que tan sólo se trataba de poner en práctica lo que llevaban tantos años aprendiendo. Es una filosofía de trabajo.

Si además, el patrón es alguien al que todos admiran e idolatran pues es una persona hecha a sí misma en esa fábrica ( y por tanto modelo a seguir por todos), poco hay que hacer dado que, a una cuasi-perfecta forma de hacer las cosas se une una fe inquebrantable en lo que están haciendo. Y no dudo que tú, como competidor, estés haciendo mal las cosas, ni que hayas intentado suplir lo mejor que has podido los puestos en los que creías que tenías carencia. Pero ante un sistema de producción tan perfecto, poco se puede hacer. Tan sólo tienes que trazar un plan y éste no pasa por sacar la billetera sino por inculcar una filosofía que se inocule tanto en el ADN de tu empresa que ésta llegue a convertirse en invencible.

EL MIEDO ESCÉNICO


El fútbol acuñó este término para aquellos escenarios deportivos en los que, debido a su majestuosidad y amplitud, eran capaces de infundir tal grado de pánico a los equipos rivales que estos quedaban paralizados y a merced del equipo local.

Hoy no vamos a hablar de fútbol, aunque todo lo que aquí vamos a contar perfectamente podría haberse producido en un estadio.

¿Cómo se puede llegar a esta situación de pánico? Pues de la manera más tonta. Tú puedes estar disfrutando de una agradable noche con tus amigos, en un garito donde te encuentras a gusto y que para nada te infunde miedo. Pero basta que una suave mano surja entre la multitud, se alargue, te coja por la muñeca y te lleve hacia su cuerpo, para que todo se ponga "patas arriba".

Sin comerlo ni beberlo te encuentras bailando salsa, ese tipo de música que tanto te gusta, con una chica que no conoces de nada. Como no es la situación que esperabas, ni el tipo de música en la que mejor te desenvuelves (si al menos hubiera sido un pasodoble), deambulas por todo el bar como un pato mareado. Te dejas llevar, pero aquello va de mal en peor.

Agradeces la sinceridad de la chica, dado que no se corta ni un pelo en decirte lo mal que bailas. Pero de sobra sabes que eso no es lo que te mantiene paralizado. Lo que te deja sin respuesta es constatar que tú no controlas la situación y darte cuenta, por enésima vez, que son ellas las que mandan.

Vuestra conversación pasa a los anales de las charlas más anodinas de la Historia. Necesitas pedir tiempo muerto, pero sabes que no puedes dado que este partido se juega a tiempo corrido, sin pausas. Así que, despidiéndote de ella con la sensación de haber presentado una pobre versión de ti mismo, no te queda otra que ponerte a meditar sobre lo sucedido pues está claro que te ha pillado el toro.

Tan sólo los toreros con suerte y con caché son capaces de torear más de una tarde en una misma feria taurina. Dado que no tienes caché, puede considerarse suerte el hecho que te vuelvas a encontrar con la misma chica en el mismo sitio.

Esta vez la situación la controlarás tú...o eso creías dado que, tras los primeros capotazos, ella te ha vuelto a desarmar. Una serie de respuestas cortantes por su parte te hacen comprender que ese "toro" está muy resabiado y embiste por menos de nada. Como te consideras un torero más de oficio que de clase, decides llevar a cabo una faena de "aliño" es decir, sin dejar levantar la muleta del suelo no siendo que en una de estas el "toro" descubra el engaño y vaya de lleno a por ti. Este tipo de faenas requieren de mucho temple, esfuerzo, concentración y no suelen ser lucidas, pero el público siempre acaba siendo agradecido valorando tu entrega y valor, aunque no te obsequien con una oreja.

De todas formas, no lo puedes negar. Disfrutas con este tipo de faenas y...con este tipo de "toros". Y éste en particular, acaba estando de por vida en tu imaginario.

GRIS


Como se quedó en tierra de nadie, el gris es por naturaleza resentido. Quizás no lo exteriorice pero el resentimiento le carcome por dentro. Él iba para ser destacado y le quedaron las migajas. Le hubiera gustado también no complicarse la vida, pasar desapercibido pero la vida no le concedió esa oportunidad.

El gris no es brillante, no es resplandeciente sino que es plomizo como él solo. Aburre, entristece porque sus argumentos no interesan y él lo sabe, se ofusca y se vuelve más huraño y se empieza a aislar…o a agruparse con otros grises que, tan cabreados como él, juntos acaban volviéndose casi negros como los nubarrones que son la antesala de la tormenta.

El gris intentará hacerse el gracioso y lo único que conseguirá será no caer en gracia. Se dará cuenta que no tiene atractivo y que otros colores, sin ser tan solemnes como él, tienen más suerte en la vida. Por ello, su vida social se vuelve nula, si entendemos por vida social todo aquello no sea trabajar, porque el gris vive para trabajar. Es su consuelo, no le queda otra que refugiarse en su trabajo ante la poca aceptación que tiene y es desde allí donde quiere construir su imperio de grandeza. Ganar dinero será su objetivo para intentar amasar pequeñas fortunas y luego restregárselas a la concurrencia en definitiva, porque ello es la única manera que tienen para sentirse aceptados.¡¡Cómo si el dinero fuera lo más importante!! Pero hasta eso les sale mal porque en realidad son pobres de solemnidad, tanto trabajar, tanto dinero amasado para luego no tener ni tiempo ni amigos con los que disfrutarlo.

Las grandes ciudades están impregnadas de este color que, como una mancha de aceite, se extiende sin límite. Hay que tener cuidado para que no te atrape con sus tentáculos y te gane para su causa, porque sino estás perdido. Te volverías uno de ellos y tomarías distancia con la realidad.

¿Quién no ha visto el gris? ¿Quién no ha tenido la tentación de combinarlo con otro color porque con ese no se sentía atractivo? Pero la gran pregunta es, ¿podríamos vivir sin el gris? Tengo mis dudas, pero probablemente no, dado que alguien ha de hacer el trabajo sucio y que mejor que aquellos que se sienten al margen de ese arco iris de colores que es la vida.

TE BUSCO...PERO NO TE ENCUENTRO



Una vez más me has vuelto a dejar tirado. No hay derecho. No es que las veces anteriores me haya sentido mejor pues estuve igual de fastidiado, pero esta vez, que me había preparado a conciencia para que esto no pasase, mi pena no tiene consuelo.

Ya sé que quizá en todos estos años, por mis conflictos internos, no te he prestado la atención que merecías. Tú y yo que hemos mantenido relaciones tan fructíferas… Me equivoqué; es lo que tiene la confianza que te terminas relajando, descuidando una relación y luego, cuando te das cuenta, ésta empieza a resquebrajarse. En el mejor de los casos, llegas a tiempo para que esa vía de escape no termine en naufragio. Pero contigo tuve mala suerte y cuando quise darme cuenta, ya estaba hundido en medio de un océano de soledad.

De las veces anteriores, puedo entender que te sintieras seducida por el carisma británico, la vigorosidad alemana o el sentido artístico que tienen de la vida los italianos pero en esta ocasión, preferir el aburrimiento francés, sí que no lo entiendo. No este año, cuando por fin comprendí (o creí comprender) cuáles eran mis errores pasados, cuando me había preparado a conciencia para este momento, nuestro momento. Jugábamos en casa y preferiste ir en brazos de otro. Otro que no te quiso, ni te quiere, ni te querrá como yo.

Estoy dolido, no te voy a engañar. Pero seguiré intentándolo, de sobra me conoces. Me centraré en solventar mis demonios interiores y el año que viene volveré. Y retornaré con toda la rabia acumulada que este dolor me ha causado; y esa rabia será el motor que me motive. Ahora bien, una cosa te pido. Está mal que me abandones por un francés de medio pelo, pero no te perdonaría que acabaras en los brazos del OTRO y menos este año, que encima pongo yo la casa.

LA TEORÍA DE LOS 3 CAFÉS


Más de 2000 años de Historia civilizada y el Hombre aún no se ha enterado de qué va el tema. La mujer es el ser más astuto que hay sobre la faz de la Tierra. Así que, si hay que lanzar un plan de ataque, éste tiene que ser milimetrado porque cualquier zarpazo de ellas puede ser mortal de necesidad.

Dado que ella es un rival más fuerte que nosotros, para abordarla hay que buscar un momento de debilidad. No hay mejor momento que cuando lo acaba de dejar otro chico. Es ahí, cual buitre, donde el hombre huele la sangre de su carroña. Somos carroñeros, qué le vamos a hacer.

En este post pretendemos dar unas pautas de cómo conseguir que la misión tenga éxito antes que tengamos que abortarla. Todo en su justa medida y sin exagerar. Como decían en EL PRECIO JUSTO, se llevará el escaparate final aquel que se aproxime al Precio sin pasarse.

No hay mejor técnica para acercarse y escuchar a una pobre víctima desvalida, que tomándose un café con ella. Y dos. E incluso, tres. Pero nunca más de 3 y ahora explicaremos el porqué:

1er Café: El confidente

Este es el café de las confidencias. Te limitas a escucharla y a no tomar partido, lo cual te confiere de un gran componente cínico dado que ella te hablará de lo mal que se lo ha hecho pasar su ex, y tú sin embargo verás que la cosa no es para tanto, ya que en las mismas circunstancias hubieses actuado igual. Le darás la razón aunque no compartas su punto de vista. Es más, a medida que te vayas animando terminarás por echar más leña al fuego y soltando por la boca esa frase que les gusta tanto a las mujeres: “Es un cabrón”. No lo sabes pero en ese momento acabas de sellar una amistad inquebrantable con ella.



2º Café: El asesor.

El plan va tomando cuerpo. Gracias a tu paciencia has conseguido ganarte su confianza. A pesar que para ello hayas tenido que tirar piedras sobre su propio tejado pero…¿acaso para ganar una batalla no hay que practicar antes “guerra de guerrillas”?

Teniendo en cuenta que sólo tienes 3 oportunidades, este café se antoja crucial para el éxito de tu misión. Este es el momento de postularse como un candidato.

Como ella ya confía en ti, abrirá más su corazón y los temas de conversación, a priori, no versarán exclusivamente en torno a su ex. A este café hay que ir con la lección bien aprendida y por eso es recomendado un estudio concienzudo del último ejemplar de la revista COSMOPOLITAN. Con dicha publicación se aprende más psicología femenina que tomando mil cafés con una mujer. Se asombrará con todo lo que sabes sobre cómo se siente ella en uno de esos días y llegará a confiar en tí tanto como en su mejor amiga. Pero al final va tanto el cántaro a la fuente, que se acaba rompiendo.

Como bien sabes, si te has leído la COSMO, al final todos los temas a los que les dan vuelta las mujeres giran en torno a lo mismo: los hombres. Y como ya has pasado a ser de su círculo de amigas, te empezará a plantear sus dudas en torno género masculino de modo general…y a título personal.

No te lo puedes creer. ¡¡Te está preguntando qué te parece otro chico!! ¿En qué momento ha podido fallar esto? Aunque esta situación no te la esperases, hay que mantener la cabeza fría. Y dado que te han planteado batalla, no serás cobarde y plantarás cara.

La estrategia está clara: menospreciar al otro. Cuanto más mierda le eches encima, mejor. Si te dice que es muy mono, tú dirás que no es para tanto, que es muy chaparrito (dirás esto infligiendo una norma no escrita entre los hombres que se trata de no opinar sobre el físico de otros hombres). Si ella opina que es un tío encantador, invéntate una excusa y dile que un día le viste hacer algo abominable (puede valer el hecho que se hurgue la nariz). Si ella te dice que es una persona que siempre le escucha y está ahí siempre que la necesite, plántate. Ponte serio porque, ¿qué es si no lo que estás haciendo tú más que aguantar sus monólogos y como pone a parir al género masculino? Claramente llegado a ese punto, tienes que pasar al ataque.


3er Café: El conquistador (¡¡Al Ataque!!)

Esta fase es como una ruleta rusa: puedes conseguir todo o nada. Es tu última bala en la recámara, el momento de presentar credenciales y de echar del camino a cuantos rivales se te pongan por delante.

Aquí no hace falta tanto leerse la COSMOPOLITAN como tomarse un copazo antes de la cita. Hay que ir a por todas. Dejarle muy claro que no ande buscando fuera lo que ya tiene en casa y que mejor que tú, no va a encontrar a nadie en la faz de la Tierra.

Para encontrarle más receptiva, pasa del café e invítala a una copa. A ti también te vendrá bien otro lingotazo. Teniendo en cuenta que las mujeres, por ciertas cosas, se comen mucho el tarro, seguirá hablándote del otro. La táctica está clara. Por cada vez que vanaglorie al otro, tú dirás que eres más o mejor. Véndete en el sentido más comercial de la palabra, preséntate como casi la reencarnación de Dios en la Tierra.

Esto tiene que ser como el txirimiri, una lluvia fina que apenas crees que moja y sin embargo estás calado hasta los huesos. Y como los hombres somos un poco cobardes cuando una mujer está delante y no nos atrevemos a decirle claramente lo que pensamos, reclamas la ayuda del camarero. Éste posee lo único que te puede ayudar: el alcohol.

Ahora no valen las excusas y hay que tirar hacia delante con todas las consecuencias, aunque eso pueda implicar romper su amistad con ella. Pero, pensado fríamente, ¿era la amistad lo que buscabas? Pues, no. Así que empinas la copa y te la bebes de un sorbo, respiras hondo y te propones a declararle todo tu cariño y amor. En ese momento en el que tú deberías llevar la iniciativa, ella de nuevo te vuelve a interrumpir para decirte: -Ya está ahí.

¿Quién? ¿De qué me está hablando? Ves que saluda a alguien a lo lejos, giras la cabeza con aire indiferente y lo ves. Le he dicho que viniera, para que así os conociérais- interrumpe ella. Después de presentarte al susodicho como su mejor amigo, decides levantarte para así no romper ese momento tan íntimo y también porque, esa copa tomada de un sorbo ha sido una auténtica bomba de relojería en tu estómago. Según vas camino del WC te vas preguntado, ¿podremos ser amigos las mujeres y los hombres? Quizá con otro café por medio lo podremos descifrar.

*Dedicado a David B., por darme la idea.

LA CHISPA ADECUADA


En ocasiones cuando se apaga una lumbre puede quedar un rescoldo que vuelva a avivar el fuego. Es un hecho impredecible y hasta cierto punto inexplicable. Quizá es pura Química.

Estas cosas te recuerdan que no se deben dar las cosas por perdidas, que a veces simplemente se trata de una muerte temporal, de un letargo, pero que el día menos pensado la historia se puede revertir y puede ser muy diferente a cómo se había imaginado.

La chispa a ojos de otras personas puede que sea imperceptible pero tú, que has estado atento a todo lo que ocurría a tu alrededor, no has perdido detalle y te has dado cuenta. A veces, un simple gesto, una mirada risueña o una sonrisa sincera, pueden decir mucho. No se sabe qué o por qué se ha producido ese chispazo, pero lo que está claro es que éste ha existido y que a partir de ese momento, puede que nada sea como antes.

Si le buscamos una analogía a ese momento ésta sería como cuando un surfista encuentra la ola “buena” para surfear. Tiene que aprovecharla al máximo porque no sabe cuándo puede volver a encontrar otra ola similar. Tiene que afrontarla con aplomo y destreza pero en ningún momento le conviene relajarse, ya que al más mínimo error se va al agua.

Así que hay que preservar la tenue llama que provoca la chispa. Protegerla del viento para que no se extinga. Alimentarla de ilusiones y buenos propósitos para así granjearle un futuro.

Pero, ¡ojo! No siempre que se ve humo entre los rescoldos hay garantía que allí vuelva a haber fuego. No hay que volverse loco en buscar chispas que no existen o interpretar gestos que realmente no se han llegado a producir.

LO QUE NO PUEDE SER, NO PUEDE SER…Y ADEMÁS ES IMPOSIBLE


Habrá quien no crea en el destino, que piense que las cosas ocurren por designios lógicos y que no hay nada escrito. Tienen razón, pero han de pararse a pensar en un pequeño detalle: hay determinadas personas que por más que lo intenten, el destino se ha empeñado en no unirlas.

Es algo parecido a lo que ocurre con el agua y el aceite, que no son capaces de mezclar por más litros que se viertan de ambos en un cazo. La predisposición y las buenas intenciones de ambos no son suficientes.

Ahora bien, se plantea otra cuestión. Si está claro que esas dos personas vivirán vidas separadas, ¿por qué el destino les hace creer que no y les hace albergar falsas esperanzas? Si está claro que hay un componente fuera de toda lógica que ya ha decidido que no puedan acabar juntos, ¿por qué no se dejan de emitir señales que indican lo contrario? Es como nadar y ahogarse en la orilla. Todo funciona hasta que llega el momento que todo se desmorona. No se sabe quién y por qué se crea el roto, no hay que buscar culpables, simplemente se produce el estropicio porque sí.

Da igual que se intente una, dos o tropecientasmil veces. Cuando es que no, es que no y además es imposible. No conviene hacerse falsas ilusiones y aceptar nuestro sino. ¿Quién decide eso? No lo sé, quizás haya algún ser divino que se divierta con estas cosas, pero está claro que ese divertimento es bastante cruel.

50 Historias


Parece que fue ayer el día que se inició todo. Lo que empezó como una simple crónica de lo que nos acontecía mientras otros se embarcaban en una aventura ERASMUS, se ha convertido en una mirada parcial, soñadora, ilusionante, desencantada o hipotética de la realidad.

En todo este tiempo hemos aprendido lo que se debe de hacer, lo que no se debe hacer o lo que se debía haber hecho y no se hizo. Pero bueno, al fin al cabo en eso consiste la existencia, en tomar decisiones; unas veces con acierto otras con algo de infortunio.

La vida no tendría aliciente si después de haber perdido tu móvil no montas tal cirio que terminas haciendo una rueda de reconocimiento (¿Qué hacer cuando un móvil se cae al suelo?) o terminas tirando piedras sobre tu propio tejado (nunca mejor dicho) y destrozas un cuarto de baño para hacer creer que, en la obra en la que trabajas, has sufrido un robo (“La azarosa vida de Rinconete y Cortadillo”)

Y no sólo nuestra particular concepción del orden público y la justicia nos puede causar problemas. El nulo desconocimiento del universo femenino puede llevarnos a barrer como un poseso un bar cuando en nuestra la vida hemos cogido una escoba (“Cuando una camarera te entra por los ojos…y por sus labios”). Está claro que para entenderlas y complacerlas, tenemos que llevar la lección muy bien estudiada y no dejar ningún tipo de cita al azar (“Cuatro maneras de enfrentarse a una cita”) y es que, como dice una copla, ni contigo ni sin ti tienen mis males remedio (“Condenados a no olvidarse”). ¿Qué haríamos sin ellas?

Más mal que bien, al menos en el tema de relaciones con mujeres nos hemos ido manejando y se ha controlado la situación. Al fin y al cabo, todo es “Cuestión de Iniciativa”, aunque a veces nos quedemos a medio camino “De lo que pudo haber sido y no fue”. Pero en la vida surgen imprevistos y gente a la que aprecias, desaparece de repente justo en el momento en el que “Tenías tantas cosas que contarle”. La vida en ocasiones no es justa y “Se empeña en escribir sobre renglones torcidos”.

Al menos tenemos el fútbol, ese opio del pueblo que nos tiene narcotizados. No se puede considerar que hayamos vivido una mala época para este deporte. Como no olvidar aquellas tardes de verano en el que la Roja fue prolongando un sueño que, en contra de lo que solía ser tradición, tuvo final feliz (“El Sueño de una noche de verano”). Y descubrimos que a este deporte juega gente muy variopinta (“El chico de El Palo”) o que hay posiciones en el campo de lo más desagradecidas (“La soledad del Portero”)

Pero no sólo hay que buscar vías de evasión a través del fútbol. Viajar es una buenísima manera de desconectar y de descubrir que hay otras culturas a parte de la tuya. Quedándote en casa, no vas a descubrir que existe una variedad de árbol con más poderes que cualquier superhéroe de la era moderna (“El increíble Pino Canario”) o que en otros páramos se emplean novedosas artes de seducción (“El Teorema de la Camarera”), eso sí, con el mismo o peor resultado que las que tú conocías.

La vida pasa rápido. Parece que fue ayer cuando empezaste (“Los tiempos del Baby”) y ahora ya eres un joven carroza que las ha visto de muchos colores (“2 siglos, 4 décadas y 30 años”) y que para algunas cosas, tienes que dejar paso a las nuevas generaciones (“El chico que quería emular a Buyo”). Lo importante es relativizar las cosas. Para una vez que se vive, tratemos de ser felices porque quedan aún muchas más historias que contar.

El ASESINO SIEMPRE VUELVE A LA ESCENA DEL CRIMEN


Será por el penetrante olor de la sangre o por el placer de ver reflejado un trabajo bien hecho, la cuestión es que el asesino siempre vuelve al lugar donde cometió el crimen.

Cuando nadie ya le espera y casi nos habíamos olvidado de él, de repente aparece y su abrupta presencia vuelve a perturbar el ambiente. Pero en esta ocasión ha vuelto porque no terminó de perpetrar el crimen.

Su plan está minuciosamente estudiado. Han sido muchos éxitos para que un fracaso como éste se le resista. Ha dejado pasar el tiempo para enfriar el ambiente, dosificando sus apariciones, pero siempre certero para que su víctima no lo olvide.

La víctima se siente atrapada por ese poderoso influjo que el asesino cierne sobre ella. Sabe que le puede hacer daño pero no termina de dejar de pensar en él. De alguna manera, ese es el pequeño triunfo del asesino.

Pero no le vale con ganar batallas, él quiere ganar la guerra. Por eso, planea un elaborado plan, tan sorprendente, que ella no podrá resistirse. Busca el efecto sorpresa, el hacer algo que ella no imagine para que cambie la sombría impresión que tiene de él. En definitiva, se trata de ganar su confianza.

El asesino diseña una cena romántica, a la luz de las velas de su humilde morada y bajo una amalgama de olores que recuerdan que ya es primavera. Para que las incomodidades de ella sean las mínimas, como buen caballero va a buscarla a casa.

La cara de asombro de ella le produce un profundo placer. Sabe que va por el buen camino y que el triunfo está cerca. Tan sólo falta la estocada final; esta vez nada puede fallar…pero falla.

No contaba con la astucia de ella, ésa misma que le permitió salir vivita y coleando en la anterior ocasión. Ella bajó de la nube y se dio cuenta que todo era impostura, y no sólo porque se diera cuenta que la cena era encargada (¡mira que no molestarse en prepararla!), sino porque algunas veces los asesinos no son tan listos como se cree ni las víctimas tan pardillas como aparentan.