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Y ahora, ¿que?

Y llegado a este punto, ¿hacia dónde tiramos? ¿Seguimos avanzando por el escarpado camino hasta llegar a una cumbre que aún se presume lejos y desde la cual no sabemos qué vamos a divisar? O por el contrario, ¿desandamos el camino, volvemos por senderos transitados con la tranquilidad de saber por dónde se circula, con la posibilidad de comenzar de nuevo y emendar errores?

El sentido común te dirá que, ya que has llegado hasta ahí, continúes hacia delante, aunque eso suponga abandonar tu zona de confort y hayas de enfrentarte a nuevos desafíos donde tengas que hallar la solución sobre la marcha. Enfrentarte a los problemas, no dejarlos de lado, seguramente te hará más fuerte pero, ¿estás seguro que ese es el camino que quieres tomar? Es más, ¿te has preguntado con qué objetivo empezaste a caminar?

Ese son el tipo de preguntas que uno no puede hacerse cuando toma un camino porque, si no hallas la respuesta, probablemente la desazón se apodere de ti, te apartes de la calzada y te sientes a esperar la respuesta. Pero no sabes cuándo ésta puede llegar…si es que llega.

Lo verdaderamente arriesgado es volver hacia atrás y empezar de nuevo. No descubrir nada nuevo no es el mayor de los problemas de esta decisión. El mayor problema al que te debes enfrentar es el de la incomprensión de la gente. Incomprensión que cuanto mayor sea la firmeza de tu decisión, ésta se tornará seguramente en desaprobación. Será ese el momento en el que más fuerte has de mantenerte mentalmente. No es más valiente el que consigue llegar arriba (independientemente de cómo haya llegado) si no el que más fortaleza demuestra en sus convicciones.

Por tanto, todo al final se reduce a una lucha entre tu cabeza, la parte más racional de ti, y tu corazón, la más pasional. Ahora que el camino es tortuoso y difícil para todos, ¿qué prevalece? ¿Arriesgarse a vivir lo que uno siente? ¿O vivir cosas que uno no siente? ¿Merece la pena convertirse en un autómata de sentimientos inocuos? ¿O que tus pasiones dominen tu vida aunque eso implique mayor inseguridad?

Estabilidad vs incertidumbre. Ir a favor de corriente vs ir a contracorriente. Ser una rara avis o ser uno de tantos. Se podrían poner tantos ejemplos…Pero los ejemplos solo muestran el camino; éste hay que andarlo. Treinta y cuatro después los caminos están difusos.

PASAPORTE A DUBLÍN


A pesar de haber miles de kilómetros de distancia se podría decir que la conexión entre españoles e irlandeses es más grande de lo que a primera vista se puede suponer. Quizá tenga que ver que ambos pueblos hayan forjado su Historia más por sus derrotas que por sus victorias y que a pesar de eso, sean obstinados para levantarse una y otra vez.

Lo primero que llama la atención de Irlanda, y de Dublín en particular, es su climatología la cual se podría definir como una efervescente adolescente que emocionalmente pasa por todos los estados. En un mismo día se puede pasar del nostálgico otoño, a la plenitud primaveral, al tímido verano o al húmedo invierno. Por tanto, es conveniente llevar ropa que cubra toda esa variedad y estar preparado para quitarse o ponerse capas como una cebolla, eso sin olvidar a un inseparable compañero: el paraguas.

Quizá Dublín no tenga un monumento especialmente significativo o relevante pero lo que no se puede negar es que la ciudad rezuma arte, especialmente en el apartado musical. Bien sea en los pubs (los cuales hay a patadas) donde la música en directo es un elemento más, o bien en la calle, donde los artistas son capaces de ofrecer un espectáculo de altísima calidad. No extraña que, con semejante cantera, la nómina de músicos relevantes que ha dado este país sea tan importante. Tampoco se puede olvidar la literatura irlandesa, prolija en géneros y autores donde particularmente Dublín ha sido profundamente descrita.

En cuanto a los monumentos estos no llaman la atención por ser una referencia en su estilo sino más bien por su carácter reivindicativo. Entrar en la catedral de San Patricio es adentrarse en la historia de este pueblo aguerrido. Las referencias a batallas y militares que en ellas participaron son constantes gracias a los estandartes, escudos, placas y sarcófagos que allí hay. Llega un momento en que se puede sentir cierta saturación y que se puede llegar a pensar que aquello más que una catedral es un parque temático de las mil y una batallas a las que los irlandeses se enfrentaron. Pero no sólo se dedican las catedrales o iglesias a la gloria de los héroes de guerra. También las personas más pudientes de la sociedad irlandesa por un “módico” precio podían tener su pequeño lugar en la Historia. El dinero es el dinero y el mantenimiento de esos templos caro, así que a día de hoy todavía se aceptaban donativos.

Pero dejemos atrás la Historia y fijémonos en pequeños detalles. Al igual que comentábamos en Berlín, Dublín es una ciudad eminentemente oscura. Las nubes predominan frente al sol por tanto, hay que aprovechar los escasos rayos de sol que se pueden disfrutar al año. De ahí que los grandes ventanales predominen en sus construcciones. Pero la falta de luz no ensombrece el carácter de los dublineses. Suelen ser personas afables que por menos de nada se lanzan a cantar, sobre todos si son guías turísticos-conductores. ¡Qué mejor manera de conocer la cultura y tradiciones de un país que a través de sus canciones!

Y si en Praga decíamos que la gente estaba en forma porque, entre otras cosas, había que cruzar el semáforo con celeridad, en Dublín para poder atravesar una avenida quizá sea necesario pedir un café para amenizar la espera. Lo peor de todo es que tampoco se puede jugar uno mucho el tipo cruzando en rojo porque aparecen vehículos por todas partes.

Como país duramente golpeado por la crisis, los irlandeses intentan atraer el consumo a través de Ofertas.  Pero les falta práctica en ese sentido. Será por falta de costumbre o porque las matemáticas no son lo suyo, pero las promociones apenas suponen un ahorro como mucho de unos 10 ó 20 céntimos. Quizá cosas como estas expliquen en parte el fenómeno Ryanair.

Uno de los productos típicos irlandeses, que no está en oferta dado que muchos turistas lo reclaman por ser algo típico de allí, es el café irlandés. Antes de tomarlo por primera vez, conviene tener en cuenta una recomendación: que se sirva preferiblemente frío. Puede ser una recomendación extraña tratándose de un café, pero tiene toda su lógica. Teniendo en cuenta que, la cantidad de whisky que lleva el café irlandés no se mitiga por más que se eche terrones de azúcar, ya sea blanquilla o morena, lo que hay que hacer es pedir un par de hielos, quizá una Coca Cola y auto-convencerse que aquello es una copa de whisky con una gotita de café.

En definitiva, después de unos días allí, sobre todos cuando se vuelve a la rutina, se acaba echando de menos no sólo los graznidos matutinos de las gaviotas si no también ese componente bohemio de un país que, aunque golpeado por enésima vez (en esta ocasión por la crisis económica), rezuma optimismo y ganas de vivir, y en los tiempos que corren eso ya es mucho.


PETER PAN NO VA A VOLVER

Atrás quedan los tiempos en que dejabas volar la imaginación y todo parecía de color de rosa. Tiempos en los que eras capaz de sobrevolar nubes imaginarias y verlo todo en una perspectiva de luz y de felicidad. Tiempos en los que te sentías como Peter Pan.

Pero la vida no permite respiro, avanza y no hay manera de paralizarla justo en el instante. Sólo cuando te quedas anclado en un (feliz) pasado te das cuenta que no seguirle el ritmo te dirige irremediablemente a la frustración. Es una negación constante, es no asumir que las cosas por más que lo desees no van a volver a ser como antes. Y eso, cuando idealizaste el futuro puede a llegar a ser muy duro.

Porque el futuro no es como lo pintan. De primeras, por su propia naturaleza, es incierto. Ni tú ni nadie lo puede controlar. Pero independientemente de eso, tampoco te preparan para afrontar los inconvenientes con los que te vas a encontrar, más bien vas aprendiendo a base de golpes, algunos de ellos difíciles de encajar.


No son buenos tiempos para el futuro. El presente es desalentador y no hay perspectivas para que las cosas sean como antes. Por tanto, toca aguantar. Encima puede resultar hasta obsceno quejarse, cuando hay gente lo está pasando realmente mal y tú lo único que tienes frustración. Asumes que el estrés y la ansiedad se hagan un hueco en tu vida. Digieres más mal que bien que tener responsabilidades implica ganarse desilusiones y no ser siempre justo. Que por todos los lados estás desprotegido y que no te queda otra que cubrirte para sobrevivir en esta jungla en la que todo se ha convertido.

En definitiva, hacerse mayor puede llegar a tener más inconvenientes que ventajas. Cuanto antes asumamos que Peter Pan que nunca existió y que es un mero vestigio de nuestra infancia, más tranquilos afrontaremos el futuro. 

Y FUERON FELICES…

…y comieron perdices. Los cuentos clásicos con pareja por medio suelen terminar con esa frase. Pero seamos serios, nadie se ha alegrado por comer perdices en una boda (si es que las ha llegado a comer) ni todo en la vida termina felizmente.

No siempre lo que se proyecta es lo que realmente está ocurriendo. Una buena actuación puede disipar dudas temporalmente pero al final la realidad es caprichosa y no cabe interpretación alguna que solvente una mala película.

Una de las cosas que se desarrolla más con los años, a parte de la experiencia, es el escepticismo. La vida no puede ser perfecta porque el ser humano no lo es. Las relaciones personales no pueden ser idílicas porque la raza humana es egoísta por naturaleza. Por eso quizá sea cierta aquella definición del amor que lo define como en hacer lo que a tu pareja más le gusta y a ti más te fastidia.

Por tanto, ¿hemos de creernos demostraciones de amor eterno y de perfección absoluta? No en la mayoría de los casos. Quizá detrás de esas muestras y exposiciones públicas de amor se encuentre una necesidad de reafirmación de esa relación más allá del ámbito de la propia pareja. Como si ellos mismos no estuvieran seguros de su relación fuera a funcionar y necesitaran que su entorno la confirmase. Es decir, se intenta ocultar inseguridad bajo la premisa que todo va fenomenal.

También puede ocurrir que esas demostraciones sean realmente verdaderas, que el amor produzca tal nivel de felicidad que ésta ya no tenga espacio en tu propio cuerpo y necesite expandirse. Pero no hay estallido de felicidad que dure eternamente y el vivir intensamente tantas experiencias en tan poco tiempo tiene un duro enemigo: el desgaste. Si una relación la interpretas como una carrera de velocidad ésta se verá abocada tarde o temprano a un fracaso. Hay que plantearla como una carrera de fondo. No se puede jugar con todas las cartas marcadas, no se pueden compartir tantas experiencias en tan poco tiempo porque al final se acaba rompiendo el factor sorpresa y esto acaba desembocando en la más absoluta de las monotonías.

También puede ocurrir que en tu fuero interno reconozcas que el comenzar esa relación haya sido un error y por no tener valentía suficiente para romperla, intentes autoengañarte expresando una felicidad ficticia creyendo que la situación pueda revertirse. Verse atrapado en semejante laberinto es una tarea inútil habida cuenta que si la cabeza y el corazón no están alineados, nada podrá unirlos en la misma senda.


La felicidad eterna no existe. Cuanto antes lo asimilemos, antes sobrellevaremos los futuros desengaños. Si estamos seguros de lo que proyectamos, más fácil solventaremos las dificultades y más reforzadas saldrán las relaciones. Disfrutemos de ellas pero seamos conscientes que habrá altibajos. Cuidemos las relaciones, no pensemos que por ir todo rodado al principio todo está hecho. Pongamos soluciones a los problemas. Pero sobre todo, no tomemos decisiones por desesperación, porque creamos que ya no tenemos más alternativas. Siempre se tienen, sólo hay que saber buscarlas y luchar hasta la extenuación por ellas.

QUERER COMPRENDER…QUERER EXPRESAR

Lo que sabemos es una gota de agua; lo que ignoramos es el océano.
(Isaac Newton)

Dicen que estamos hechos en nuestra mayoría de agua y que cuando nos muramos, nos convertiremos en polvo. Yo no lo tengo muy claro. Algunas veces creo que mi cuerpo está hecho de papel y que por mis venas, en vez de sangre, corre tinta.

Quizás sea exagerado, no lo dudo, pero he de reconocer que una parte de lo que soy se lo debo a la lectura, a lo más importante que ésta me ha enseñado: interpretar el mundo en el que vivo. Porque uno nace sin saber el motivo y sobre todo, sin saber la razón. Tienes que ir poco a poco labrándote tu camino y aprender de experiencias pasadas para poder cimentar tu futuro. Pero el mundo es tan sumamente grande y tu mente está tan influenciada por tus propios sentimientos, que necesitas otros puntos de vista para intentar comprender el entorno en el que vives.

Ahí radica todo, en contrastar opiniones, en ver que la realidad no es plana y en ocasiones tiene aristas, en que otras visiones son posibles y en que nadie se encuentra en posesión de la verdad absoluta. Todo tiene matices, pero la verdadera sabiduría consiste en saber el porqué de su existencia.

A lo mejor nosotros mismos no somos capaces de crearnos una visión objetiva de la realidad (suponiendo que la objetividad exista), porque somos parciales, nuestros actos son fruto de nuestros sentimientos y de las experiencias vividas y, cualquier cosa que desarrollemos en el futuro, va a estar supeditada a eso.

Si no hubiera alguien que nos sirviera en bandeja lo que otros opinan, lo que otros sienten o los que otros padecen, estaríamos condenados a vivir una existencia sórdida y monótona, carente de sentido y, aunque es verdad que nunca sepamos con certeza el porqué de nuestra venida al mundo, nos iríamos de él sin haber evolucionado. Yo no quiero eso, yo quiero saber comprender.

La opinión de cada uno es libre y muy respetable, pero ha de ser abierta y contrastable. Ha de ser expuesta para que pueda ser rebatida porque, tras el debate, siempre saldrá más reforzada y más argumentada, en definitiva más sólida.

La vida es una serie de colisiones con el futuro; no es una suma de lo que hemos sido, sino de lo que anhelamos ser.

Todo lo que he comentado antes no tendría sentido si no puedo expresarlo, si no existe un altavoz donde poder contar lo que veo. Con el paso del tiempo me he dado cuenta que tengo mucha necesidad de expresarme. Ese sentimiento de querer contar cosas, de intentar desentrañar la realidad siempre ha estado latente. Sólo con el paso del tiempo eres consciente de que no debes traicionar a tus sentimientos y has de explotar tus cualidades, dado que siempre se ha de intentar buscar la excelencia (aunque casi nunca se consiga) en tu vida y la manera más rápida de conseguirlo es explotar aquellas cualidades que se te den mejor y  más te puedan distinguir.

TODAS LAS CANCIONES ME RECUERDAN A TI


A veces tienes la sensación que, llegado un determinado momento, las cosas no te parecerán como antes, la interpretación que haces de la realidad o del entorno nunca volverá a ser igual.

La música tiene ese poder, aparentemente inofensivo, que hace que asociemos determinados momentos de nuestra vida a canciones y que cuando escuchemos una de ellas, inmediatamente salte un resorte en nuestro cerebro que nos permita recordar ese momento, ese instante que, de no haber sonado la melodía, probablemente seguiría escondido en lo más recóndito de nuestra mente.

Y como todo en esta vida, hay canciones que asocias con momentos mágicos y sin embargo hay otras que te retrotraen a períodos trágicos. Dicen que las mejores canciones de amor surgen cuando se está atravesando desengaños amorosos. Es probable que así sea dado que la mejor terapia en esos momentos es no guardarte los sentimientos, expresar toda la pena que llevas dentro y compartir tu dolor. Si te lo guardas dentro, es probable que esa herida nunca se cure (aunque también es difícil que ésta se suture del todo).

De la misma manera, cuando en la vida todo te sonríe tu banda sonora se llena de canciones vitalistas, canciones que te hacen creer que eres invencible, adalid del éxito. Si analizáramos ese tipo de canciones, probablemente no encontráramos un mensaje muy sesudo en ellas, sería más bien liviano e inocuo. Da igual, en esos momentos tu mente no se para a pensar, sólo estás programado para disfrutar y por tanto, no te importa que esa música no te aporte nada.

Habría una tercera vía en cuanto a la forma de interpretar las canciones. Es cuando éstas están asociadas irremediablemente a una persona. Aquí no son recuerdos los que asaltan a tu mente, si no un ser humano de carne y hueso. ¿Y cómo desligar una canción a una persona? Difícilmente eso podrá desunirse. Es como un archivo mp3 que se almacena en el disco duro de nuestro interior. Podrás bajar el volumen de la música pero la tienes tan interiorizada que terminarás tarareando la letra. Intentarás buscarle otro sentido a lo que escuchas pero al final el estribillo te terminará llevando al mismo punto de partida. Siempre terminarás proyectando una imagen, un instante, un momento irrepetible en el que la música te recordará, a modo de condena, que aquello nunca más se volverá a repetir y que tendrás que vivir de recuerdos el resto de tu vida.

LA CIUDAD DE LAS CUATRO CIUDADES


La primera impresión que tiene uno en Praga es si realmente se encuentra en una ciudad o en cuatro diferentes donde el río Moldava y sus innumerables puentes hicieran de nexo de unión.

Poco a poco cuando vas adentrándote en esta atractiva ciudad vas percibiendo ciertas características y particularidades sobre el pueblo checo. En primer lugar, te das cuenta que es un pueblo muy en forma, donde la obesidad brilla por su ausencia. Prueba de ello son los pasos de peatones ultrarápidos que tienen instalados en varios puntos de la ciudad. Salvo que seas Usain Bolt, es casi imposible que cuando los termines de cruzar el monigote esté en verde, así que te quedas en menos de nada a merced de los tranvías y los vehículos checos. Menos mal que, aparentemente, tienen más paciencia que los conductores madrileños, porque si no serías hombre muerto. Otra prueba que en esta ciudad se practica mucho el deporte es la amplia flota de carteras ciclistas. Parece que ese no era un trabajo reservado para hombres.

En cuanto a idiomas, claramente el inglés es su segunda lengua. Era fácil hacerse entender en ese idioma y casi era mejor que así fuera dado que, cuando detectaban tu origen y se esforzaban en hablarte en castellano (un gesto muy loable, por cierto), veías que tenían un poco de batiburrillo con nuestro idioma. Realmente ellos creían que te estaban hablando en castellano cuando en realidad lo hacían en un italiano francamente chungo. En algunos momentos se podía llegar a creer si el problema era más cultural que idiomático, más cuando allí a Julio Iglesias lo llaman Don Juan. A lo mejor es que se han quedado un poco desfasados en nuestros referentes en el tema de la seducción y no conocen a José Coronado o a El Duque.

Praga es una ciudad eminentemente turística por tanto, el trato a sus visitantes es bastante bueno. Eso no quita que, como todo el mundo, tengan sus particularidades. Por ejemplo, el tema del agua. Da igual que tú lo intentes por tu cuenta, si no andas rápido un camarero/a te servirá agua en tu copa siempre que lo necesites. Está bien que eso se haga, pero con una primera vez basta dado que puede haber equívocos y un leve gesto de acercamiento a la copa (sin intención de rellenarla) puede acabar con que tengas que beber agua, quieras o no quieras. En algunos momentos te puede llegar a poner tenso saber que tienes a una persona detrás pendiente de tus movimientos. Contrasta este derroche de agua con el ahorro en otro tipo de bebidas por ejemplo, refrescos. Deben de estar cotizando al precio del petróleo porque si no se entiende que si una avispa glotona decide compartir contigo el refresco zambulléndose en él, el camarero/a de turno no te lo cambie por otro e intente, infructuosamente, sacar con una cucharilla a la pariente alada de Michael Phelps. Ante la negativa del cambio, la avispa acaba ganando y disfrutando ella sola del líquido elemento. ¿Será una especie protegida? En fin, que cuando te vas y pides la cuenta, empieza otra dialéctica con el servicio de hostelería. Todas las facturas tienen su explicación por parte del camarero/a. En ellas se desglosa, el coste de los productos consumidos, los impuestos incluidos y por último, la propina que, en el caso del episodio del refresco, se la podrían haber dado a la avispa por espabilada.

Con el tema de los cuartos baños, decididamente en España debemos ser un verso suelto e ir claramente por detrás (o por delante, nunca se sabe) de Europa. Después de haber pasado muchas vicisitudes en otros países con este tema (http://pedalier.blogspot.com.es/2011/10/berlinaleii-el-hombre-de-la-bata-blanca.html) , casi siempre resueltas con dinero, aquí te puedes encontrar con dos tipos de obstáculos. Uno, físico porque de camino al baño tengas que sortear un torno (¡como para ir con una prisa!) Una vez más, este obstáculo se pasa soltando pasta. El otro obstáculo, va más relacionado con la tecnología y el conocimiento. En España, que uno recuerde, tenemos dos sistemas de secados de manos: el aire caliente o el papel. Pues en Praga hay una tercera vía. Bajo la apariencia de un secamanos se escondía un artilugio hasta ahora desconocido para quien escribe estas líneas. Tras un buen rato poniendo las manos abajo esperando que saliera aire, de buscar en el lateral de dicho aparato alguna palanca que activara el mecanismo, decides irte con las manos mojadas y cuando le estás dando la espalda al aparato, éste emite un ruido. Lo primero que piensas es que al menos no estaba roto como podía pensarse en un primer momento. Vuelves a hacer una inspección a ese cacharro y no ves por dónde atacarlo. Lo dejas por imposible y reemprendes la marcha cuando, otra vez, vuelves a escuchar un ruido similar al de un carrete enrollándose. Ya por amor propio, decides investigar qué está pasando, por qué semejante aparatejo te está tomando el pelo. Incluso llegas a pensar en desmontarlo para descifrar su secreto. Y en el momento más inesperado se enciende una lucecita roja y el aparato te dispensa automáticamente una toallita de papel dispuesta a ser rasgada milimétricamente. Lástima que ya para aquel entonces, se tengan las manos secas.

En definitiva, cada vez que uno conoce mundo se da cuenta que cada país-región tiene sus particularidades, ni mejor ni peor que las nuestras, simplemente diferentes. Ahora bien, aunque los checos demostraron ser encantadores, conviene no enfadarles dada su tendencia por defenestrar (tirar por la ventana) a la gente. No andan mirando ni estado ni condición, ni sería la primera que lo hiciesen.

SIETE


La perspectiva cambia con el tiempo de la misma manera que muchas ilusiones pueden tornarse en decepciones amargas. Del mismo modo, la imagen proyectada puede ser tan solo la fachada de un edificio carente de las estructuras más básicas o éticas.

Admitámoslo, en nuestra vida nos podemos encontrar con prestidigitadores que son capaces de venderte una idea, de crearte una ilusión con ella y luego encontrarte que todo ello era un juego de máscaras cuyo objetivo era conseguir el beneficio propio. La palabra solidaridad no entra en su vocabulario.

Con la óptica de la experiencia el tránsito por el mismo camino se ve de manera diferente. De verlo en un primer momento como un camino largo e ilusionante, con grandes expectativas por delante se pasa a ver como un camino tenebroso y sinuoso con múltiples trampas al acecho. El camino es el mismo pero tú ya no lo eres. ¿Qué ha cambiado? El haber caído en la cuenta que todo era lo más parecido a una farsa.

Está en la conciencia de cada uno aceptar esas condiciones de juego. Cada uno es libre de hacer lo que quiera y hay que respetar todo tipo de decisiones pero, continuar participando en ese juego, aparte de producirte en la mayoría de los casos más disgustos que alegrías, puede tener una consecuencia muy grave: que acabes terminando perdiendo gran parte de tu dignidad.

En el mundo que nos ha tocado vivir parece que esta idea está empezando a calar. Es la idea de “o yo o tú, no hay posibilidad de crecimiento para los dos”. Es el mundo del fomento de la competitividad sin límites, donde parece que sólo los que menos escrúpulos tienen pueden llegar lejos…pero lejos, ¿a dónde? ¿Merece la pena haber avanzado dejando el camino sembrado de cadáveres y habiendo comprometido tu dignidad? Dime de lo qué presumes y te diré de lo que careces.

EL EFECTO PELLEGRINI


Asumir grandes responsabilidades supone asumir grandes retos y a veces, lo que se presupone que va a ocurrir no acaba ocurriendo. La delgada línea que supera el éxito del fracaso muchas veces se alimenta de un componente de azar que se nos escapa de control.

Tampoco es que quede claro qué se puede considerar éxito o qué se puede considerar fracaso. ¿Es un éxito conseguir resultados a costa de poner en peligro tu futuro y tu reputación? ¿Es un fracaso hacer bien tu trabajo y que tu entorno te valore pero sin embargo por haber otra persona que se venda mejor tú (y que no necesariamente sea mejor) todos tus resultados se queden en papel mojado?

Lo mejor para intentar resolver estos planteamientos es analizarlos desde la perspectiva que da la distancia. No quedarse en los resultados a corto plazo sino en los del medio y largo plazo. Tener en cuenta la consecuencias que puedan tener nuestros actos para que estos no hagan prisionero nuestro futuro.

El fútbol es muy ingrato y tiene poca memoria. La verdad es que guarda grandes similitudes con la Biblia, dado que un día te aclaman como el nuevo Mesías y al siguiente, los mismos que te aplaudían, te crucifican. Y después, “otro vendrá que bueno te hará” con lo cual acabarás resucitando.

Entrenar a un equipo grande supone un alto nivel de exigencia y compromiso. Si se consigue el reto, todas tus expectativas puede que se hayan cumplido y que se tenga cierta sensación de estar haciendo algo que pasará a la posteridad. Es decir, conseguir un reconocimiento social que hace que el ego se eleve muy alto. Por otro lado, es tanto lo que a veces se expone para conseguir un objetivo que, cuando no se consigue, el más absoluto de los vacíos invade tu cuerpo. Acabas perdiendo referencias de cara al futuro porque sencillamente no ves otro reto de tal envergadura como este en el que fracasaste.

Pero la vida te da dos, tres o infinitas oportunidades. Tan sólo es necesario saber cuándo aprovecharlas y recomponer tus objetivos, en el caso de haber tenido fracasos anteriores,  hacer estos más asequibles. Puede que de una montaña de pequeños retos se recorra una distancia más grande que la que podrías alcanzar con un gran reto.