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LAS PRINCESAS NO QUIEREN PRÍNCIPES INDECISOS


Lo más interesante de las historias es que muchas de ellas surgen fruto de la más pura casualidad. Ésta que aquí vamos a contar es una de ellas. 

Había una vez una princesa y un príncipe que la vida quiso que sus caminos se entrecruzasen sin que ellos se lo hubieran propuesto. Ambos de naturaleza tímida y discreta, en un primer momento guardaron las distancias como si de una fase de tanteo se tratara. Como si, cansados de haberse llevado varapalos en la vida, no quisieran llevarse otro más. Pero el destino en ocasiones se empeña en ser caprichoso y, aunque ellos hubieran decidido que lo mejor era que cada uno siguiera su propio camino, éste se empeñaba en volverlos a juntar.

Pasó una primera fase y las dudas iniciales empezaron a no ser inquebrantables, y él empezó a ver resquicios de luz en el muro infranqueable que ella había creado entre ambos. La curiosidad por conocer al otro se impuso a la posibilidad que aquello condujera al más estrepitoso de los fracasos.

Poco a poco, sin ningún plan preestablecido, se fue tejiendo un halo de complicidad entre ambos. Eso inevitablemente iba unido a un interés cada vez mayor por conocer a la otra persona, lo cual provocaba cierta ansiedad porque cada cita se hacía excesivamente corta y no abarcaba todas las expectativas por saber más del otro. Esta fue la fase donde la parte emocional de ambos se impuso sobre la racional. Era como si los dos hubieran quitado el freno de mano de sus sentimientos y, aunque el coche no consiguiera velocidad de crucero, al menos avanzaba. Sin duda, sin darse apenas cuenta, estaban perdiendo el miedo a fracasar.

Todo lo que nos pueda ocurrir en la vida está supeditado a dar pasos hacia delante. Está en el sino de todo ser humano evolucionar y no quedarse estancado. Así que, llegó un momento en el que el príncipe y la princesa se dieron cuenta que lo suyo poco a poco se estaba convirtiendo en un bucle de círculos concéntricos, que transitaban por un lugar ya visitado y que no se exploraban nuevos caminos. Pronto vieron que, o alguien daba un paso adelante, o aquello podría estar condenado a ahogarse en la orilla.

Y fue en ese momento cuando volvieron a surgir las dudas. El dar un paso adelante suponía un punto de no retorno, el asumir el riesgo que aquello pudiera salir mal y que, con el fracaso, no sólo terminara esa relación especial si no también, lo que podría ser más importante, su amistad. Así que, ella, a modo de protección, volvió a alzar aquel rocoso muro que a él tanto le costó desmontar. Y esta vez la luz que salía de los resquicios de aquel nuevo muro era mucho más tenue que al principio. Esa percepción provocó que toda la seguridad que él había conseguido afianzar ante ella, se evaporase y se le escapase sin que él pudiera poner remedio alguno. Aquella situación le bloqueó e hizo que no tuviera el valor suficiente para dar un golpe de mano y revertir la situación. Eso fue mortal de necesidad.

Poco a poco se fueron dando más tiempo, tiempo que se tradujo en distanciamiento, distanciamiento que derivó en indiferencia e indiferencia que terminó en un Océano de olvido.

La princesa conoció a otro príncipe que sorteó con valentría aquel muro porque no tuvo miedo al fracaso. Mientras el indeciso príncipe se dedicó a recomponer los pedacitos de su fragmentado corazón convencido que, aunque le quedase mucho camino para conocer a otras interesantes princesas, ninguna llegaría a ofrecerle lo que ésta le podría haber ofrecido.

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La mayoría de la gente no se pregunta qué hace en este Mundo, qué sentido tiene lo que hace y cuál es el objetivo que se persigue.  Hacen bien, se ahorran así muchas preocupaciones porque, si se hicieran estas preguntas, seguramente se deprimirían.

Está claro que no conviene ser tan profundo. La vida nos enseña a ser pragmáticos y materialistas, a buscar el éxito individual por encima del colectivo y a no contar los cadáveres que, en búsqueda de ese objetivo, se dejan tirados por el camino.

En una Sociedad que va irremediablemente hacia la deriva y se dirige hacia el desastre más absoluto, conviene aprovisionarse del bote salvavidas más grande para evitar así el naufragio. No importa los medios que se utilicen para ello ni los principios y valores que se hayan dejado en el más lejano de los olvidos. Sólo cuenta el que sobrevive. Ese es el líder de la manada.

La inocencia infantil se olvida pronto y empiezan a brotar los instintos de supervivencia que, como todo ser humano, poseemos. Y el camino llano y sin recovemos pronto se torna en sinuoso y tortuoso. Al menos queda el consuelo  que, mejor o peor, todo camino tiene un final.

Pero a veces en este horizonte sombrío se vislumbran rayos de esperanza. Esperanza proyectada por aquellas personas que aún creen que el Mundo puede cambiar. Personas que son capaces de anteponer sus intereses individuales si estos capaces de perjudicar a los de otras personas. Gente que piensa primero en los demás y luego en sí misma. Eternos soñadores que, por más golpes que les de la vida, siguen viendo a ésta como algo maravilloso. Seres humanos que consideran que todas las preocupaciones y desilusiones son el peaje para conseguir aquel sueño utópico que tuvieron de pequeños.

En definitiva, gente que quiere escribir su paso a la historia desde la más visible de las discreciones. Aunque sólo sea por eso, por intentar ser mejor persona, por tener un sueño y perseguirlo, merece la pena haber vivido 33 años y seguir viviendo otros muchos más.