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UN AÑO MÁS O UN AÑO MENOS


Una vez más arrancadas todas las hojas del calendario, llega la fecha indicada. El momento de realizar balance, analizar de dónde se viene y pararse a pensar a dónde se va.

Puede que, con la perspectiva del tiempo, se piense que los primeros años no son relevantes, pero el ser humano es competitivo por naturaleza y siempre se está planteando retos para poderlos superar. El primer reto en la vida es poder andar y comunicarse. Este es tan sólo el principio de todo un proceso que culmina con la independencia personal. Y es en la culminación de este primer proceso cuando todo chirría.

Porque ahí surge la gran pregunta. ¿De verdad el ser humano llega a ser independiente? Hay dudas al respecto. Desde nuestro punto de vista, lo que se crea a ciertas edades es otro tipo de inter-dependencias, no tan centradas en el ámbito familiar (este lazo nunca se rompe) pero sí igual de férreas. Y a determinadas edades, la línea que separa una dependencia de otra está muy difusa.

Quizá por las circunstancias que nos tocó vivir, donde conseguir ser independiente económicamente cuesta “sangre, sudor y lágrimas”, los vínculos familiares se estiran como un chicle y se solapan con los no familiares. Y claro, como el ser humano a parte de evolutivo es un ser acomodaticio, piensa que comportarse como el “rey de la casa” será su sino hasta el final de sus días. Pero quizás no ha parado a pensar que su familia lo que quiere es echarle con “cajas destempladas”.

Total, que se puede uno encontrar a una edad ya madura sin haber si quiera comenzado ningún proyecto vital, sin empezar a andar el camino para dejar rúbrica de su existencia, sin tener responsabilidades sobre otras personas y lo que es peor, viendo que muchos te adelantan por la derecha y se pierden en el horizonte sin esperarte.

Es ahí donde entra el vértigo y, a modo de luz al final del túnel, repasas tu existencia hasta ese momento y te formulas la famosa frase: “Mis padres a mi edad ya…” Respiras hondo hasta que se te pase la taquicardia y concluyes que esto es un proceso donde todo fluye y donde cada cosa llegará en su (lejano) momento. O eso esperas.

EN LOS TERCIOS DE FLANDES (y VII): El silencio frío


Entrar en una habitación vacía, desprovista de muebles y tan sólo decorada por sus cuatro paredes, no es algo que se realice habitualmente. Pero aquella no era una habitación cualquiera. No creo que ni siquiera el abrigo de los muebles le hubiese conferido el rango de habitación de un hogar. Aquello no era un hogar, parecía una cárcel.

Daba la impresión que la gente que habitó allí estuvo enterrada en vida. Moviéndose en la oscuridad como cucarachas porque temían ser descubiertos. Desplazándose sigilosamente como serpientes porque cualquier ruido podría delatarlos. Aquello era lo más parecido a vivir con una angustia constante.

La única decoración la componían los recortes de revistas de cine, aquel arte que les permitía vivir las vidas que jamás vivirían. Aquellas fotos eran una válvula de escape, un pequeño halo de esperanza sobre el futuro que podría llegar. Aquello era lo único que hacía no perder la cordura a la inquilina de esa habitación.

Y luego estaban los sueños. Inherentes a cualquier ser humano, desbordantes en cualquier adolescente. El sueño de ser escritora y transmitir sus sentimientos. Al menos sus captores le habían dejado intacto este sueño. Aquello era lo único que nos queda hoy de ella.

Pero a veces los sueños nos despiertan abruptamente, convirtiéndose en pesadillas. Tanto esfuerzo para nada. Justo en el momento en el que tocaban con la yema de los dedos su liberación.

Esa habitación transmitía frío, mucho frío que, unido al sepulcral silencio que allí reinaba, hacía que por momentos se sintiera angustia. Angustia por lo que allí aconteció hace 60 años. Aquella era la habitación de Anna Frank.

EN LOS TERCIOS DE FLANDES (VI): El papel verde no sirve para liar porros


No sólo de sexo vive el hombre, ni sólo de sexo se alimenta la oferta de ocio de Amsterdam. También están los Coffee Shops. Curioso nombre el de estos garitos, (porque no dejan de ser unos antros) donde lo que menos te sirven es cualquier variedad de café.

Y no será por carta, pues suelen tener 2, una para refrescos y zumos y la otra…la otra no sabríamos cómo definirla porque, aunque aparecía chocolate, éste no era el que nos daban nuestras madres a la hora de la merienda.

Si uno esperaba encontrarse en esos garitos la típica taberna española donde también se fuma a cascoporro (la faria es uno de nuestros elementos diferenciales), estaba muy equivocado. El antro, por norma general, era pequeño, oscuro y silencioso. Estaba ambientado con música suave para no alterar los elevados pensamientos que allí se tenían, concentración a la que también contribuía el mobiliario trufado de cojines y sillones varios.

Uno puede tener la sensación de sentirse en parte estafado en un coffee-shop. Primero, no es una tienda de café. Segundo, no es un bar para hablar con amigos. Y tercero, la carta de los chocolates varios no es que fuera precisamente barata. De hecho, mucha gente optaba por traerse la mercancía de casa.

Como ese ambiente no nos terminaba de convencer, optamos por visitar algo que conocemos bien en nuestra tierra: las terrazas. Con respecto a este tema, estamos muy equivocados en relación a nuestra supremacía. Los holandeses, a pesar de su mal tiempo, nos ganan por goleada. Aunque la forma de servir en ellas no es la misma.

Después de un día agotador, cansado y sediento, decides sentarte en una terraza para descansar. Pocas cosas pueden estar mejor que estar sentado en la calle con una consumición en la mano y ver la vida pasar. Pero no era precisamente la vida lo que pasaba. Lo que pasaba era el tiempo sin que viniera un camarero.

Al principio lo puedes achacar a que tuviese mucho jaleo. Luego, a que no te haya visto. Finalmente, y tras una ardua investigación, concluyes que allí no hay camarero pero sin embargo si hay consumiciones en las mesas de las demás personas. Curioso. Como curioso es el papel verde que hay en la mesa con el que jugueteas pensando que es un flyer.

Así que, dado que la actitud contemplativa nos dio resultado anteriormente (ver “Qué fácil es colarse en el Tranvía”), nos dedicamos a ver qué hacía el resto de la gente. A parte de observar como todo el mundo estaba completamente enganchado a las Blackberries (¿las regalarán en Holanda?), comprobamos que el folio verde, que tanto habíamos arrugado, tenía un papel principal en el desenlace de aquel acto. El tema era bien sencillo. Se cogía el papel, se apuntaba lo que se quería beber y se llevaba a la barra del bar. Allí, el camarero te lo servía y tú te lo llevabas a tu mesa. Por lo que se ve el camarero era un reo atrapado en su propia celda; en este caso, la barra del bar.

Menos mal que al caer la noche, comprobamos que el funcionamiento de los bares de copas es universal en cualquier parte del mundo. Aplicando 3 sencillos actos (alzamiento de dedo índice, petición de la consumición y abono de la misma) estás más que servido. Además, constatas una vez más la gran labor socializadora que tiene el alcohol, dado que terminas confraternizando con el camarero. Pero la parte mala del alcohol es que bajas la guardia, coges demasiadas confianzas y una amistad tan idílica como la que tenías con el camarero se hace añicos en el momento en el que le mencionas el gol de Iniesta a Holanda.