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PENSAR QUE LAS COSAS ERAN COMO ANTES

Los recuerdos son aquellos momentos de nuestra vida que se esconden en el lugar más recóndito de nuestra memoria. Son instantes donde la delgada línea que separa la realidad y la idealización está completamente difuminada, sin llegarse a saber si ese momento lo vivimos o simplemente lo soñamos.

Los sueños son otros inquilinos que también se almacenan en nuestra memoria. Son el motor que da alas a nuestra imaginación permitiéndonos creer que podemos conseguir lo inalcanzable. Son esa anestesia que nos permite olvidar los aspectos más ásperos de nuestra existencia. Nos dan fuerzas cuando el camino se vuelve más empinado. Pero también son de lo más traicioneros.

Nos hacen creer que somos el tipo de persona que nunca llegaremos a ser. Permiten hacernos ver un futuro tan sumamente perfecto que nunca podría ser real.

Llega un momento en que acabas viviendo dos vida en el mismo instante: la que realmente vives (y de la que apenas te das cuenta) y la que te gustaría vivir (de la que exprimes cada instante como si fuera el último).

Con lo cual, aplicar estos elemento almacenados en nuestra memoria al Mundo Real puede acabar teniendo consecuencias nefastas. La realidad no se anda con tapujos y nos puede despertar de nuestro sueño de manera abrupta y despiadada, despojándonos de ese halo de invulnerabilidad que nos infundía ese futuro soñado y dejándonos sin capacidad de respuesta para interpretar lo que realmente ocurre.

No se puede vivir exclusivamente de recuerdos y sueños. No se puede pensar que lo que ocurrió en el pasado puede volver a ocurrir en el presente. El Mundo evoluciona, la gente cambia y los hechos no tienen por qué ser los mismos. Esa mirada y esa sonrisa que antaño nos retrotraían a futuros edulcorados ahora puede que sean eso, una simple mirada y una simple sonrisa.

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